Agosto 9
Salsa, ritmo y son
A las siete de
la mañana me encontraba haciendo ejercicios “reductivos”, según así le dicen a
esa rutina de ejercicio. En un par de días el cuerpo comenzó a acostumbrarse al
ejercicio, aunque terminara destrozado y sin ganas de mover ni un solo dedo al
día siguiente. Después del ejercicio, pasé por un jugo verde (que me recomendó
Violeta para estos menesteres) y llevé el coche con el mecánico. En el trabajo
me enteré de una grata noticia. Resulta que al Coordinador Moreno lo
restituyeron de su puesto, enviándolo a otra casa editorial hermana (gracias a
esos convenios que tienen para laborar las editoriales). Jimena, una compañera
del trabajo, me dio la noticia y yo no pude evitar alegrarme. Por fin se había
ido mi verdugo. El señor Moreno se encargó por un largo tiempo de hacerme, como
quien dice, la vida de cuadritos. Desde que lo corregí frente a todos en una
junta, él me tuvo en la mira y, como si se tratara de una estrategia deportiva,
ejerció sobre mí una cobertura y marcación personal. Por si fuera poco, llegó a
tener la osadía de ofrecer un mejor puesto de trabajo a conocidos suyos y que
trabajaban en el mismo piso que yo, como una señal de “mientras estés bajo mi
supervisión seguirás donde siempre”. Sin duda alguna el día pintaba favorable.
Mientras comía en la fonda recibí una llamada de mi novia. Me dijo que
su mamá le había dado permiso de salir hoy por la noche, por lo que podíamos aprovechar
para vernos. Le dije que pasaría a su casa alrededor de las nueve de la noche.
Teníamos tiempo para idear qué hacer. Después del trabajo regresé por el
choche, que ya había sido arreglado por el mecánico. “Fue el termostato, nada
grave”. Y ese nada grave se tradujo en una cuenta menos elevada. A las ocho y
cuarto iba rumbo a la casa de mi novia. Al llegar pasé a saludar a la familia
que se encontraba con ella: su hermana mayor y su mamá. Minutos después nos
encontrábamos dentro del auto platicando qué podríamos hacer. Terminamos por
salir a bailar.
Media
hora más tarde nos encontrábamos en la entrada del salón de baile. Pagué las
entradas y subimos al primer piso donde se encontraba la pista. Dicen los abuelos que bailar con la pareja resulta
ser una prueba de fuego. En la mayoría de los estilos de baile, más en los
ritmos como la salsa o el tango, debe de existir una total comunicación con el
otro, una simbiosis de cadencia, un péndulo unísono de pies, manos y caderas.
Los abuelos creyeron creen y creerán que si una pareja no sabe bailar entonces
no pudieron pueden ni podrán complementarse al cien por ciento, y que quizás no
fueron son ni serán el uno para el otro. En aquellos tiempos, como ahora, el
baile es la invitación inconfundible de los cuerpos a la fiesta que es el sexo.
Es provocar en el otro la debilidad del deseo. La cuenta de cigarros, bebidas y
canciones dejaron de ser nuestra preocupación y justo en la canción Por retenerte, interpretada por Charlie
Cardona para el Tributo a la Salsa
Colombiana de Alberto Barros, la tomé por la cintura y acerqué mis labios a
los suyos. Entonces, en el beso, nos lo contamos todo.
R. O.
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