viernes, 9 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 9)

Agosto 9
Salsa, ritmo y son

A las siete de la mañana me encontraba haciendo ejercicios “reductivos”, según así le dicen a esa rutina de ejercicio. En un par de días el cuerpo comenzó a acostumbrarse al ejercicio, aunque terminara destrozado y sin ganas de mover ni un solo dedo al día siguiente. Después del ejercicio, pasé por un jugo verde (que me recomendó Violeta para estos menesteres) y llevé el coche con el mecánico. En el trabajo me enteré de una grata noticia. Resulta que al Coordinador Moreno lo restituyeron de su puesto, enviándolo a otra casa editorial hermana (gracias a esos convenios que tienen para laborar las editoriales). Jimena, una compañera del trabajo, me dio la noticia y yo no pude evitar alegrarme. Por fin se había ido mi verdugo. El señor Moreno se encargó por un largo tiempo de hacerme, como quien dice, la vida de cuadritos. Desde que lo corregí frente a todos en una junta, él me tuvo en la mira y, como si se tratara de una estrategia deportiva, ejerció sobre mí una cobertura y marcación personal. Por si fuera poco, llegó a tener la osadía de ofrecer un mejor puesto de trabajo a conocidos suyos y que trabajaban en el mismo piso que yo, como una señal de “mientras estés bajo mi supervisión seguirás donde siempre”. Sin duda alguna el día pintaba favorable.

Mientras comía en la fonda recibí una llamada de mi novia. Me dijo que su mamá le había dado permiso de salir hoy por la noche, por lo que podíamos aprovechar para vernos. Le dije que pasaría a su casa alrededor de las nueve de la noche. Teníamos tiempo para idear qué hacer. Después del trabajo regresé por el choche, que ya había sido arreglado por el mecánico. “Fue el termostato, nada grave”. Y ese nada grave se tradujo en una cuenta menos elevada. A las ocho y cuarto iba rumbo a la casa de mi novia. Al llegar pasé a saludar a la familia que se encontraba con ella: su hermana mayor y su mamá. Minutos después nos encontrábamos dentro del auto platicando qué podríamos hacer. Terminamos por salir a bailar. 

Media hora más tarde nos encontrábamos en la entrada del salón de baile. Pagué las entradas y subimos al primer piso donde se encontraba la pista. Dicen los abuelos que bailar con la pareja resulta ser una prueba de fuego. En la mayoría de los estilos de baile, más en los ritmos como la salsa o el tango, debe de existir una total comunicación con el otro, una simbiosis de cadencia, un péndulo unísono de pies, manos y caderas. Los abuelos creyeron creen y creerán que si una pareja no sabe bailar entonces no pudieron pueden ni podrán complementarse al cien por ciento, y que quizás no fueron son ni serán el uno para el otro. En aquellos tiempos, como ahora, el baile es la invitación inconfundible de los cuerpos a la fiesta que es el sexo. Es provocar en el otro la debilidad del deseo. La cuenta de cigarros, bebidas y canciones dejaron de ser nuestra preocupación y justo en la canción Por retenerte, interpretada por Charlie Cardona para el Tributo a la Salsa Colombiana de Alberto Barros, la tomé por la cintura y acerqué mis labios a los suyos. Entonces, en el beso, nos lo contamos todo.


R. O.

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