Agosto 11
Tianguis
“Todo se compra
en un tianguis sabiéndolo encontrar”. Elotes cocidos, aguas de horchata, vasos
con fruta picada, zanahoria rayada y cacahuates y doritos locos, ropa de marca
y otras que son de “a veinte la prenda”, herramientas para todo oficio,
micheladas en cada diez puestos, mochilas para los de nuevo ingreso, libros que
quién sabe por cuántos ojos han pasado, cachorros traficados, celulares
robados, agujetas de color de rosa… telenovelas, series gringas y películas
porno, la llave del agua o todo el lavamanos, fusiles y focos, faros y
marlboros, garapiñados salados japoneses y pepitas, la birria por taco y el
pulque curado, los chamorros de carnitas, las empanadas de camarón y los vuelve
a la vida, el jabón por kilo y el papel por rollo, la música de todos los
géneros ambientando todo a su paso, las quesadillas en comal y la barbacoa de
penca, los videojuegos mandos y consolas rearmadas, el guacamole en vasito de
plástico y las flores en maceta de lata, los Bon ice en cada salida y entrada, hierbas
por manojo, frutas y verduras de todos los colores y olores, nieves de mango
con miguelito, jicaletas con tajín y tajín a los esquítes, las chacharas sin
mayor presentación que una lona maltrecha, carritos de supermercado con
naranjas y extractores, hiters y
tatuajes a plena luz del día, el pasón de mota para el aguante, el rímel y barniz,
los juguetes de madera, las refacciones del carro y alguna que otra llanta para
servir de “gallito”, los tacos de tripa y cecina enchilada, las papas a la
francesa y los jeans entubados, las piezas para una patineta y los piercings esterilizados, “se compran
botellas de perfume y monedas viejas”, “pásele marchanta, güerita, ¿qué le
vendo? lléveselo aunque le pierda, que tenga buena mano”.
Los domingos, como para la mayoría de las personas, es un día de
descanso, intocable y si se trabaja se debería pagar al doble. Aquellos días
los ocupo para dormir lo que no puedo entre semana –aunque hoy me levanté
temprano y sin sueño–, para ir con la familia de paseo o bien visitar a un
conocido lejano. Los parques y plazas comerciales están hasta el tope de gente
y pocos –quizás muchos– encontramos en los tianguis que se colocan en varios
puntos de la ciudad, del país mismo, un espacio de distracción. Desde que tengo
memoria siempre me ha encantado pasear por los tianguis, y más cuando los
reconoces como una tradición prehispánica. Compré un par de agujetas para mis
tenis, un morral pequeño donde pudiera cargar mi agua, toalla y cuerda para el
ejercicio, además de una serie de anime japonés que hace tiempo me habían
recomendado. Comí unas quesadillas y no pude resistir empacarme una torta de
carnitas, con la mentira de que al día siguiente con la rutina de ejercicio
pagaría mi “gustito”. Ya en casa, encendí la computadora y me conecté casi de
inmediato a Facebook, ahí ya se encontraba Itzamarai, por lo que aproveché para
platicar con ella. Abrí mi correo electrónico para saber si había llegado un
correo que estaba esperando, pero nada, debía de seguir esperando. Se abrió una
convocatoria para otra editorial en la que podía aspirar a una ocupación más
alta que en la que me encontraba actualmente –a nadie le viene mal un poco más
de dinero–. Por suerte, el plazo termina en la semana que inicia. El contenido
del correo marcará, sea la noticia que sea, un parteaguas en mi vida. Es un
gran puesto, una oportunidad que permitiría ilusionarme en una nueva etapa, una
donde cada instante valiera la pena.
R. O.
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