Agosto 20
Una discusión, una
reconciliación, un novenario y un intenso dolor de cabeza
Después del
trabajo acompañé a mi novia a comprarse una camisa para su práctica de campo de
la universidad. En compañía de todo su grupo, cerca de unas veinte personas,
caminamos por las calles del centro de la ciudad para buscar un local donde
vendieran camisas tipo polo a un precio accesible, pero que tampoco se
destiñeran a la primera lavada. Casi una hora después terminaron por comprar
las camisas en el primer local donde preguntaron. Y ahí se suscitó una
discusión con mi novia. En esas de querer cambiar un billete de doscientos
pesos, para poder hacer cuentas, le dije “a ver zoquetín” mientras le intercambiaba
el billete por otros de menor denominación. Y ese “a ver zoquetín” pareció
haber sido una de las más graves afrentas e insultos del mundo mundial. Siento
que exageró, pues enseguida su rostro se tornó serio y me dijo: “¡Oye, pero no
me digas así!” hecho que me hizo sentir mal, pues no pensé que ella se tomara a
mal lo que le dije. Son pocas las veces en que ella y yo hemos tenido
diferencias, pero para suerte nuestra nos ocurren cuando estamos con más
personas, y personas que nos conocen. No es que me preocupe el qué dirán sobre
nosotros, bueno… quizás un poco, pero simplemente es innecesario que lo sepan,
pues como bien dicen por ahí: “la ropa sucia se lava en casa”.
Al terminar pudimos estar a solas y platicamos lo que momentos antes
había sucedido. Y eso es algo de lo más valioso que tiene nuestra relación:
siempre podemos platicar las cosas y nunca hemos tenido que recurrir a otras
cosas que nos parecen nefastas en una relación como lo son los gritos o de
plano los golpes. Entendí que a ella no le agradó lo que le dije porque lo sintió
como una ofensa y ella entendió que yo se lo dije de cariño y nunca por querer ofenderla.
Terminando la plática, como si nada, y eso es otra de las maravillas que tiene
nuestra relación y por la que hemos trabajo mucho, esto es, que una vez agotado
el tema no se vuelve a tratar. ¿Cuántas parejas no hay que en cada discusión
siempre sacan la lista de todo el pasado?
Me despedí de Itzamarai en el metro y, viendo la hora y con el resto
de la noche libre, me conduje hasta la casa de Esteban para asistir al
novenario de su abuelo. Lo encontré más tranquilo que los primeros días, aunque
un poco cansado. Sé lo que es pasar por la muerte de un familiar cercano y si
hay algo que cansa de todo ello es que se traduce en un cansancio mental. Poco
tiempo después llegó Luis y al finalizar el novenario platicamos con Esteban y
planeamos una próxima reunión con el resto de nuestros amigos, Daniel y
Santiago.
Durante la plática Luis nos ofreció cigarros para fumar, cosa que
acepté, aunque tenía bastante tiempo que había dejado aquel vicio del demonio.
Lo dejé porque quiero que Itzamarai lo deje, pues ella fuma mucho; en una
plática con su madre le dije que quería ser un ejemplo para su hija, un ejemplo
de que las cosas se pueden lograr con esfuerzo. No podía pedirle que dejara de
fumar si yo no era capaz de hacerlo. Por eso dejé de fumar, esperando que ella
se dé cuenta que no necesita el cigarro para nada. Fumé un par de cigarrillos,
nos despedimos de Esteban y Luis me dio un aventón a mi casa. Y ya en casa
comenzó el dolor de cabeza insoportable, la boca seca y con un muy mal sabor.
Cuando uno deja de fumar por bastante tiempo se da cuenta, cuando vuelve a
fumar, que uno sólo inhala puro veneno con sabor de “quita-estrés”, “convivencia”,
“dicha”, “cliché”, “inspiración” y demás pendejadas.
R. O.
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