domingo, 4 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 4)

Agosto
4
Mariana, Silvia y Paola

“Querido diario: el día de hoy…” suelto una carcajada que no me permite terminar de escribir la primera línea. ¿Cómo empezar con esas cursilerías? Está bien que haya aceptado el trato con mi novia, que incluso saliera por la mañana directo a la papelería para comprar una libreta pequeña y esperar que de la nada las palabras comenzaran a escribirse por sí mismas. No sabía si debía de poner mi nombre en la primera hoja o dejarla en blanco; ocupar un plumón y colocarle un margen coqueto, pegarle alguna estampita o simplemente escribir lo primero que se me viniera a la mente.

Sea lo que fuere, aquel primer intento de escribir en el diario tuvo que esperar, recibí la llamada de Silvia, una de mis hermanas, para ver si podía auxiliarla. Necesitaba que alguien, alguien con coche propio, pudiera ir a casa de nuestra hermana Mariana para llevarle un par de anaqueles que ésta última le prestó. Como tenía el día libre, pues mi novia me cambió los planes la noche anterior, le dije que en un momento más saldría para allá. Preparé las cosas necesarias y cuando estaba revisando el nivel de aceite y anticongelante del carro, mi papá llegó a la casa, por lo que aproveché para platicarle sobre mis planes para el resto del día. Momentos más tarde él me acompañó a la tlapalería a comprar unas cosas que hacían falta y ya a medio día iba rumbo a la casa de mi hermana mayor.       

Ya en su casa, empezamos a platicar mientras desarmábamos los anaqueles. En la plática le pregunté si ella tuvo alguna vez un diario. Me dijo que no, que sólo tuvo un ejercicio parecido en la universidad, con una profesora, la cual les pidió que llevaran una bitácora escrita en inglés. Quise preguntarle más, pero ella me preguntó por qué le había hecho esa pregunta, cuestionamiento que no supe responder y preferí cambiar de tema. Una hora y media después nos encontrábamos ya en casa de mi hermana Silvia. Al llegar, de inmediato fui recibido por Paola, mi sobrina pequeña. Comenzamos a bajar las cosas del coche justo antes de que una fuerte lluvia se desatara. Les propuse que pidiéramos una pizza para no salir en la lluvia, además de aprovechar el tiempo para comenzar a armar los muebles. Mariana y Silvia aceptaron, dijeron que también tenían antojo de pizza. Mientras armábamos los anaqueles, cuidábamos de Paola, quien hacía como que nos ayudaba (pasándonos tuercas y tornillos), además de que reíamos con las primeras frases que ella podía decir. “Es que estoy chiquitita”.


Mariana no ha tenido hijos, estuvo casada pero se divorció un par de años después. La idea de la maternidad está más que extinta. En esa plática nos dijo que quizás, sólo quizás, si llegara a su vida un hombre que “verdaderamente valiera la pena” –esas fueron sus palabras– pensaría en tener un hijo y no estaba del todo segura, pues a su edad podría traer ciertas complicaciones. Por su parte, Silvia sí tuvo una hija, pero se separó del papá de la niña casi desde que él se enteró que ella estaba embarazada. Si hay algo que admiro de ambas es su fortaleza para la vida, estudiaron y ahora son profesionistas, cada una con casa propia y aún con muchas metas por cumplir. Y así también me imagino a Paola, una niña que crecerá viendo en su mamá y tía un ejemplo a seguir, y por qué no, a superar.

R. O.

No hay comentarios:

Publicar un comentario