Agosto
4
Mariana, Silvia y Paola
“Querido diario:
el día de hoy…” suelto una carcajada que no me permite terminar de escribir la
primera línea. ¿Cómo empezar con esas cursilerías? Está bien que haya aceptado
el trato con mi novia, que incluso saliera por la mañana directo a la papelería
para comprar una libreta pequeña y esperar que de la nada las palabras
comenzaran a escribirse por sí mismas. No sabía si debía de poner mi nombre en
la primera hoja o dejarla en blanco; ocupar un plumón y colocarle un margen
coqueto, pegarle alguna estampita o simplemente escribir lo primero que se me
viniera a la mente.
Sea lo que fuere, aquel primer intento de escribir en el diario tuvo
que esperar, recibí la llamada de Silvia, una de mis hermanas, para ver si
podía auxiliarla. Necesitaba que alguien, alguien con coche propio, pudiera ir
a casa de nuestra hermana Mariana para llevarle un par de anaqueles que ésta
última le prestó. Como tenía el día libre, pues mi novia me cambió los planes
la noche anterior, le dije que en un momento más saldría para allá. Preparé las
cosas necesarias y cuando estaba revisando el nivel de aceite y anticongelante
del carro, mi papá llegó a la casa, por lo que aproveché para platicarle sobre
mis planes para el resto del día. Momentos más tarde él me acompañó a la
tlapalería a comprar unas cosas que hacían falta y ya a medio día iba rumbo a
la casa de mi hermana mayor.
Ya en su casa, empezamos a platicar mientras desarmábamos los
anaqueles. En la plática le pregunté si ella tuvo alguna vez un diario. Me dijo
que no, que sólo tuvo un ejercicio parecido en la universidad, con una
profesora, la cual les pidió que llevaran una bitácora escrita en inglés. Quise
preguntarle más, pero ella me preguntó por qué le había hecho esa pregunta,
cuestionamiento que no supe responder y preferí cambiar de tema. Una hora y
media después nos encontrábamos ya en casa de mi hermana Silvia. Al llegar, de
inmediato fui recibido por Paola, mi sobrina pequeña. Comenzamos a bajar las
cosas del coche justo antes de que una fuerte lluvia se desatara. Les propuse
que pidiéramos una pizza para no salir en la lluvia, además de aprovechar el
tiempo para comenzar a armar los muebles. Mariana y Silvia aceptaron, dijeron
que también tenían antojo de pizza. Mientras armábamos los anaqueles, cuidábamos
de Paola, quien hacía como que nos ayudaba (pasándonos tuercas y tornillos),
además de que reíamos con las primeras frases que ella podía decir. “Es que
estoy chiquitita”.
Mariana no ha tenido hijos, estuvo casada pero se divorció un par de
años después. La idea de la maternidad está más que extinta. En esa plática nos
dijo que quizás, sólo quizás, si llegara a su vida un hombre que “verdaderamente
valiera la pena” –esas fueron sus palabras– pensaría en tener un hijo y no
estaba del todo segura, pues a su edad podría traer ciertas complicaciones. Por
su parte, Silvia sí tuvo una hija, pero se separó del papá de la niña casi
desde que él se enteró que ella estaba embarazada. Si hay algo que admiro de
ambas es su fortaleza para la vida, estudiaron y ahora son profesionistas, cada
una con casa propia y aún con muchas metas por cumplir. Y así también me
imagino a Paola, una niña que crecerá viendo en su mamá y tía un ejemplo a
seguir, y por qué no, a superar.
R. O.
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