jueves, 22 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 22)

Agosto 22
Todo va a estar bien

Hoy llegó la tan ansiada noticia. Por la mañana estuve trabajando con Viridiana, encargada del departamento de producción y diseño, quien me encargó corregir y editar un par de notas urgentes. Aquella urgencia no me permitió salir a la hora de la comida, pero terminé gratificado y además pude salir una hora antes de lo acostumbrado. Compré una bolsita de nueces de la india para calmar el estómago y me dirigí rumbo a la casa, pues tenía planeada una comida con mi papá, mi hermana Mariana y mi novia Itzamarai.

Pasé por mi novia en el paradero de la estación del metro y en el camión me preguntó si ya había revisado el correo para saber la noticia. Le dije que no, que me dediqué toda la mañana a hacer lo de las ediciones que Viridiana me había encargado y no quise abrir el correo. Quería comer con mi familia, pasarla a dejar a su casa y regresar en la noche para, entonces sí, enterarme en el correo si había logrado aquel ansiado puesto de trabajo que me quitaría muchas de las preocupaciones cotidianas. Al llegar a casa ya se encontraba mi papá y Mariana esperándonos y fuimos en el carro a un restaurante. Pareciera que estábamos celebrando lo inminente, una nueva etapa en mi vida y un desarrollo personal como pocos había tenido hasta entonces. Casi por terminar el postre recibí una llamada a mi celular. Se trataba de Violeta. Ella se encargó de darme la noticia: “Ánimo, mijo, ya será para la otra”. Violeta tenía fotógrafos conocidos en aquella casa editorial, hecho que le permitió saber antes que nadie los nombres de los nuevos integrantes de aquel nuevo proyecto que tenía en mente el director editorial. Tenía pensado leer el correo en la noche, por lo que su llamada fue como si me cayera de pronto un balde de agua frío. Tras darles la noticia a mi papá, hermana y novia, les pedí que pagáramos la cuenta y regresáramos a casa.

Al llegar a casa me encerré en mi habitación con Itzamarai. Ella sabía que no quería hablar de nada, ni con nadie. Yo me recosté en la cama sin siquiera quitarme los zapatos y dándole la espalda. Ella se acomodó al otro lado de la cama y me abrazó. Las palabras no fueron necesarias porque el llanto hizo una traducción al pie de la letra de mi sentir. Humillado, devastado, inseguro, derrotado, incomprensible, desahuciado, débil y sin futuro alguno. Me preguntaba en mi mente por qué debían de ser así las cosas, por qué alguien que intenta esforzarse no logra nada bueno; me vino a la mente de nuevo mi vecino, su vida fácil, su auto último modelo, su trabajo espléndido y cómo todo le fue dado sin el mínimo esfuerzo; “que porque conozco a tal”, “que fíjate que soy hijo de equis”, y tantas otras formas de ganarse lo que no se merece a costa de los que intentamos y nada recibimos. ¿Sería acaso mi vida un eterno monótono, mismo trabajo y mismas preocupaciones, hasta que la muerte me jubile? ¿Qué no hay éxito, ni recompensa, ni “al final los buenos ganan”? ¿O será que no soy bueno, que nunca lo he sido y sólo son meras ínfulas las que me creo a diario? ¿Será que lo que hago con gusto no es lo mío? ¿Para qué sirvo entonces, para qué vivir así?


Itzamarai lloró conmigo y yo no pude encontrar mejor consuelo que el suyo. “Todo va a estar bien”, me dijo y repitió una y otra vez hasta que quedé dormido en sus brazos, como esperando que así fuera.

R. O.

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