“…para
parir me abro, me transformo, no soy objeto y sangro, grito y sonrío. Estoy de
pie con la placenta aún dentro mío, unida a mi bebé por el cordón umbilical,
decido cuándo hacer la foto y mostrarme. Soy protagonista. Soy héroe. Al parir
quito el “velo” cultural. Mi maternidad no es virginal ni ascéptica. Soy el
arquetipo de la mujer-primal, la mujer-bestia que no tiene nada
prohibido."
-Ana Álvarez-Errezcalde
Resulta gracioso y terriblemente triste
a la vez, que una placenta, una mujer
recién parida y amamantando sonriente al fruto de su vientre, en medio de un
escenario NA-TU-RAL sea considerado "terrorífico" o
"asqueante". No señores, señoras, el enlace que presentamos
anteriormente (El autorretrato postparto de Ana Álvarez-Errezcalde) es una
excelente oportunidad para cuestionar muchas de las falacias del patriarcado.
Qué curiosos giros tiene la opinión de nuestro manipulado
pensamiento, por un lado sabemos que es la placenta la que permite la vida del
ser que se gesta en el útero, por medio de ella todos y cada uno de los
nutrientes necesarios para el producto llegan de manera adecuada, es la
placenta la que protege al bebé de virus o infecciones y es este mismo tejido
el que produce las hormonas de crecimiento que hacen evolucionar el embarazo
con éxito.
Sin embargo, y retomando este giro
inesperado del pensamiento patriarcal, la placenta ha venido a ser casi siempre la
invitada "no deseada" del parto. La sensación de no querer ver ese
"desecho" al momento de alumbrar, ya sea por su apariencia o por el
"simple" hecho de considerarlo sucio o desagradable en realidad
encierra algo más complejo, más apegado a la normativa patriarcal de la imagen
que debe presentar una mujer en
posparto. El ideal de las mujeres pareciendo estrellas de cine o de televisión,
maquilladas, bien peinadas y aseadas y cargando entre sus brazos a un bebé ya limpio de ese escenario sangrante de su
llegada, no es más que una construcción más de un sistema al que parece
repugnarle un acontecimiento por el que todxs, pasamos al llegar a este mundo.
¿Qué tiene de terrorífico el ver estas imágenes? ¿Por qué produce tanto asco
todo lo que sale por la vagina de una mujer? ¿Por qué hasta para parir se le
indica a las mujeres cómo, cuándo y bajo qué circunstancias hacerlo? ¿Por qué
no pueden mostrarse como sujetas que deciden sobre su cuerpo y su vida y no
como objetos reproductores de la especie? Todas estas cuestionantes apuntan
hacia la misma dirección: Las mujeres deben parir bajo las normas establecidas
y esconder la vergüenza de sus vaginas sangrantes y de sus desechos (y ¡aguas! porque nadie puede
negar las propiedades médicas de la placenta o la menstruación que son
aparentes desperdicios corporales) ante el mundo.
El asco, la vergüenza y el sentimiento
incómodo de observar a las mujeres que deciden romper con la norma y con las
expectativas que recaen sobre sus cuerpos, proviene de una serie de
pensamientos y actitudes excelentemente (y qué triste decirlo) implantados por
el sistema en el que nos desarrollamos. Un sistema que ha decidido desde hace
siglos el cómo las mujeres deber ser, verse, dirigirse y fingirse a cada
momento. Un sistema misógino, que las oprime, que las utiliza como incubadoras,
como mano de obra barata, como blanco de todas y cada una de las frustraciones
homonormativas de la decencia y el
ideal virginal de un cuerpo atormentado
por las expectativas de género.
Lo peor de todo es que la negación de
seguir de éstas y otras expectativas socialmente aprendidas sea tan duramente
juzgado y señalado por las mismas mujeres. No es que no sepa cuánto cuesta
deshacerse de ideas rancias y segregantes, me consta el trabajo continuo e
incesante de cuestionar todas y cada una de esas ideas, de esas actitudes y
transformarlas desde una visión más integral, más humana y consciente, pero
resulta doloroso, indignante y frustrante ver cómo son mis compañeras las
primeras en transgredirse y asquearse de su cuerpo y del cuerpo de otras
mujeres.

No hay comentarios:
Publicar un comentario