Enero 1
Año nuevo, vida misma
Él se encontraba en una esquina de su habitación, postrado y pacheco, con
lo último que quedó en el hitter,
escuchando el escándalo de gritos y carcajadas al unísono, producidos por los
vecinos, quienes celebraban la víspera de año nuevo. Su familia, misma que se
reunió sin que faltara nadie el día de Noche Buena, no estaban en casa. Cada
una de sus hermanas estaba celebrando año nuevo en su propia casa y su papá
decidió recibir el año nuevo en casa de su primer hijo. Él le inventó a su
padre que tendría que trabajar ese día, que llegaría muy tarde y que no tenía
ganas de celebrar si no estaba toda la familia reunida. La verdad es que no
tenía ánimo alguno de ver a nadie, de celebrar nada, de pensar (si acaso) en
ella.
Desde el aborto, en noviembre del año pasado, las cosas no habían
cambiado mucho. Seguía trabajando para el mismo consejo editorial, ya sin la
promesa del libro sobre los cuentos de Fuentes (que estaba editando) debido a
una pelea que tuvo con Viridiana. Ella conoció a Roberto Villamil, nada más ni
nada menos que el hijo de Genaro Villamil, dueño de una de las editoriales trasnacionales
más grande de Hispanoamérica. Un buen día Viridiana dejó de preocuparse por él,
de aceptar sus reuniones, de dejarlo quedarse en su departamento. Aunque tenía
la sospecha de lo que en realidad pasaba en la vida de él, no fue sino hasta
que, una borrachera (la última en su departamento), él le confesó lo que estaba
viviendo. Que siempre anduvo con Itzamarai, lo del embarazo, lo del aborto y el
sufrimiento de una relación venida a menos día con día. Viridiana, que no
quería andar más en aquellos vericuetos, prefirió distanciarse y encontró en su
relación con Roberto la oportunidad ideal para desaparecer de la vida de él.
Ella no quería ya amores desordenados y encontró en la familia Villamil el
afecto que la familia de él jamás podría darle. Él intentó hablar con ella a
tal grado de buscarla y esperarla a la hora de entrada y salida del trabajo,
pero nada. Lo único que tenían en común era el libro de Carlos Fuentes y un
buen día recibió a su escritorio un oficio donde, por un cambio imprevisto, se
cancelaba el proyecto. Terminaron obsequiando calendarios y revistas atrasadas,
hecho que molestó a más de un suscriptor.
De Itzamarai no sabe mucho. Sólo que sigue en la
escuela, que salió bien del proceso abortivo y que se colocó el DIU dejando muy
en claro que no quería un hijo, no por un buen tiempo. Salieron sólo un par de
ocasiones, pero han terminado en conflicto, en reproches. Ninguno de los dos ha
sanado las heridas que fueron provocadas por el otro, provocadas por ellos
mismos. Ella todavía lo quiere y él la necesita más que nunca.
Esteban –este año quiso revelar su nombre– regresó
del viaje cuando escuchó, ya en la
madrugada del primero de enero, la voz de su vecino. Con esfuerzos logró
levantarse y llegar a la ventana de su habitación para, desde ahí, ver salir entre
risas y adioses a su vecino en compañía su novia (una chica que bien podría ser
modelo) y subieron al automóvil (un Misubishi Lancer) para, segundos después, perderse de vista. “Otro año y sigo
sin ser como él”.
Rodrigo O´Gorman
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