Enero 2
Una vida
Desesperado por la crisis emocional en la que se encontraba, Esteban
decidió salir de la monotonía que tenía, debido a las vacaciones en el trabajo.
Se levantó temprano con toda la intención de ir a correr. Y eso hizo. Había
olvidado la sensación de correr sin tiempo, con su música a todo volumen, y
todas las preocupaciones olvidadas a cada paso.
Al regresar a casa, se encontró en la acera a un
pequeño gatito que, al verlo, le maulló. Al parecer estaba herido y tenía
hambre (por lo delgado que estaba, apenas si podía mantenerse en pie). Esteban
quería meterlo a su casa, pero no podía. Allí estaba su gato y aquello bien
podía terminar en batalla entre ambos felinos. Entró a la casa, tomó un par de
tarjas y las llenó con croquetas y agua, respectivamente, para salir minutos
después y dejarlas en el suelo. Acto seguido, el animal, sin miedo a lo que
Esteban le pudiera hacer (quizá por lo hambriento que estaba) fue hacia donde
se encontraban ambos recipientes y comenzó a comer y beber de éstos. Mientras
el gatito comía, Esteban se percató de una herida que llevaba en el lomo, la
carne viva se le veía y no presentaba un buen aspecto. “Quizás un perro u otro
gato lo mordió”, se dijo y entró de nuevo a casa para tomar la transportadora
que tenía guardada y llevó al minino al veterinario más cercano. Allí le dieron
la noticia que poco se podía hacer. El gatito presentaba algunas enfermedades,
estaba grave de salud por la falta de alimento y esa herida que tenía podía ser
letal. Sin pensarlo dos veces, Esteban le pidió al veterinario que lo inyectara
para dormirlo y terminar con su sufrimiento. Horas después regresó a casa, ya
sin el gatito.
Por la noche volvió a fumar del hitter y tomaba Coca-cola con lo poco
que había quedado de una botella de vodka, que su familia compró y bebió en
Navidad. El viaje y la bebida lo
condujo a preguntarse por lo que había pasado horas antes. ¿Por qué tomó la
decisión de dormir al gatito casi sin pensarlo? ¿Quién le dijo que podía
decidir por aquella vida? Inevitablemente le recordó el aborto que vivió con
Itzamarai. Se preguntaba qué hubiera pasado de haberlo tenido. Quizás las cosas
hubieran marchado mejor, tal vez seguiría con Itzamarai y el bebé lograría
juntarlos a ambos. Miraría al niño y se vería a sí mismo. Cursilería,
justificación inverosímil. Él, mejor que nadie, sabe que un bebé nunca será
motivo para unir a parejas que nunca fueron tal. Quisiera o no, Itzamarai ya
había tomado una decisión… Entonces le vino la respuesta como una epifanía. Era
eso, siempre: decidir. Esteban no estaba hecho para decidir, y lo sabía. Por no
decidir o dejar que otros decidieran por él su vida había tomado rumbos que
poco lo convencían, que poco lo entusiasmaban. Y el decidir romper con la
monotonía tenía algo de fondo: actuar. La vida es un contaste actuar y Esteban
se dejo de lamentaciones. Se fijo al fin, con un día de retraso, los propósitos
de este año:
El primero de ellos era recuperar a Itzamarai, sin
saber cómo hacerlo, pero actuaría antes de que algo o alguien lo miraran herido,
hambriento y temeroso; y por ello quisieran dormirlo.
Rodrigo O´Gorman
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