viernes, 3 de enero de 2014

Enero 2 - Una vida

Enero 2

Una vida

Desesperado por la crisis emocional en la que se encontraba, Esteban decidió salir de la monotonía que tenía, debido a las vacaciones en el trabajo. Se levantó temprano con toda la intención de ir a correr. Y eso hizo. Había olvidado la sensación de correr sin tiempo, con su música a todo volumen, y todas las preocupaciones olvidadas a cada paso.

Al regresar a casa, se encontró en la acera a un pequeño gatito que, al verlo, le maulló. Al parecer estaba herido y tenía hambre (por lo delgado que estaba, apenas si podía mantenerse en pie). Esteban quería meterlo a su casa, pero no podía. Allí estaba su gato y aquello bien podía terminar en batalla entre ambos felinos. Entró a la casa, tomó un par de tarjas y las llenó con croquetas y agua, respectivamente, para salir minutos después y dejarlas en el suelo. Acto seguido, el animal, sin miedo a lo que Esteban le pudiera hacer (quizá por lo hambriento que estaba) fue hacia donde se encontraban ambos recipientes y comenzó a comer y beber de éstos. Mientras el gatito comía, Esteban se percató de una herida que llevaba en el lomo, la carne viva se le veía y no presentaba un buen aspecto. “Quizás un perro u otro gato lo mordió”, se dijo y entró de nuevo a casa para tomar la transportadora que tenía guardada y llevó al minino al veterinario más cercano. Allí le dieron la noticia que poco se podía hacer. El gatito presentaba algunas enfermedades, estaba grave de salud por la falta de alimento y esa herida que tenía podía ser letal. Sin pensarlo dos veces, Esteban le pidió al veterinario que lo inyectara para dormirlo y terminar con su sufrimiento. Horas después regresó a casa, ya sin el gatito.

Por la noche volvió a fumar del hitter y tomaba Coca-cola con lo poco que había quedado de una botella de vodka, que su familia compró y bebió en Navidad. El viaje y la bebida lo condujo a preguntarse por lo que había pasado horas antes. ¿Por qué tomó la decisión de dormir al gatito casi sin pensarlo? ¿Quién le dijo que podía decidir por aquella vida? Inevitablemente le recordó el aborto que vivió con Itzamarai. Se preguntaba qué hubiera pasado de haberlo tenido. Quizás las cosas hubieran marchado mejor, tal vez seguiría con Itzamarai y el bebé lograría juntarlos a ambos. Miraría al niño y se vería a sí mismo. Cursilería, justificación inverosímil. Él, mejor que nadie, sabe que un bebé nunca será motivo para unir a parejas que nunca fueron tal. Quisiera o no, Itzamarai ya había tomado una decisión… Entonces le vino la respuesta como una epifanía. Era eso, siempre: decidir. Esteban no estaba hecho para decidir, y lo sabía. Por no decidir o dejar que otros decidieran por él su vida había tomado rumbos que poco lo convencían, que poco lo entusiasmaban. Y el decidir romper con la monotonía tenía algo de fondo: actuar. La vida es un contaste actuar y Esteban se dejo de lamentaciones. Se fijo al fin, con un día de retraso, los propósitos de este año:


El primero de ellos era recuperar a Itzamarai, sin saber cómo hacerlo, pero actuaría antes de que algo o alguien lo miraran herido, hambriento y temeroso; y por ello quisieran dormirlo. 

Rodrigo O´Gorman

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