Noviembre 11
Una despedida
Con la mirada
en otra parte, él y ella se toman de la mano. Él no quiere estar ahí pero
siente la inevitable necesidad de estar y ella tampoco quiere, querrá, quiso lo
que está por pasar. Están sentados, a la espera de algo que no tiene marcha
atrás. Ella quiere decirle algo, no que lo extraña, sino preguntarle qué
siente. Él no sabe qué decirle, mide sus palabras como esperando, tras el
examen minucioso de cada una, soltar las más reconfortantes, las de más
empatía, las de más consuelo y arrepentimiento posible.
La señora entra por la puerta y la vista de ambos se dirige a la
mujer que toma asiento frente a ellos. Todo el tiempo, todas las palabras, se
dirigen a ella y él se pregunta si es invisible, si era necesario que estuviese
en algo que, parecía, sólo era exclusivo de ella. Pero Itzamarai se lo recalcó
en cada ocasión, en cada cruce de palabras previo: “nadie te obliga, no estoy
pidiendo tu consentimiento, te lo digo porque consideré que debías saberlo”. La
doctora le pide a Itzamarai que se recueste para hacerle un ultrasonido, debía
de saber cómo estaba el interior de su vientre. Mientras ella miraba al techo,
con un dibujo en tonos azules de algo que asemejaba la figura de una flor de
loto; él observaba la pantalla de tonalidades blancas y negras y aunque no
entendía muy bien lo que miraba la doctora sí sabía que en el vientre de ella
había algo más que células, algo más que tejido. Era Cristian, así decidieron
llamarlo.
De nuevo sentada al lado suyo, ya sin entrecruce de manos, Itzamarai
escucha con atención las indicaciones de la doctora, los síntomas de alarma,
los números de teléfono que debe de tener presente, los tiempos de las
pastillas, lo que viene después etc. La doctora sale por los medicamentos, el
primer par de fármacos, y con el dinero que él le entregó. Dice que tardará en
subir unos minutos, como diciendo: “aprovechen este momento por si quieren despedirse”.
No pasa mucho tiempo después que la doctora sale para que él abra la
charla, le pregunta si quiere que él primero diga algo y ella da el sí con un
leve movimiento de cabeza, con las manos en su vientre. Y dice: “Bueno,
Cristian, estamos aquí. No sé muy bien qué decir, tengo miedo de mis palabras
pero estoy aquí, con ella, contigo. Perdona lo que estamos por hacer y ojalá
tengas la oportunidad de regresar, aunque ya no sea con nosotros”. Ella sabe
que él ha terminado y dice: “Pienso en ti, desde que me enteré y en todo este
tiempo. Eres lo primero en que pienso al despertar y lo último al acostarme.
Quiero lo mejor para ti pero ahora no puedo dártelo. Sé que me entiendes y que
vendrás de nuevo, que serás totalmente amado”.
La doctora llega con los medicamentos. Itzamarai se seca un par de las
lágrimas que no lograron contenerse en sus ojos. La doctora le entrega un par
de pastillas y un vaso de agua. Él observa a ella, cómo toma un suspiro
profundo, esperando que en la bocanada entre todo el valor y perdón del mundo.
Itzamarai lleva las pastillas a su boca y toma el vaso de agua de un solo
trago. Ya no hay marcha atrás.
Quince minutos después ellos salen de la clínica, se dirigen al
metro, cruzan pocas palabras, sólo las necesarias. Él sabe que no puede
contenerse, no desde todo lo que ha hecho, lo que le ha dicho. Le ofrece estar
mañana con ella. Itzamarai lo mira y se descubre a sí misma mirándolo con un dejo
de nula empatía; pero acepta y ambos toman un rumbo distinto.
R. O.
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