lunes, 11 de noviembre de 2013

Diario de un feministo - Noviembre 11 - Una despedida

Noviembre 11

Una despedida


Con la mirada en otra parte, él y ella se toman de la mano. Él no quiere estar ahí pero siente la inevitable necesidad de estar y ella tampoco quiere, querrá, quiso lo que está por pasar. Están sentados, a la espera de algo que no tiene marcha atrás. Ella quiere decirle algo, no que lo extraña, sino preguntarle qué siente. Él no sabe qué decirle, mide sus palabras como esperando, tras el examen minucioso de cada una, soltar las más reconfortantes, las de más empatía, las de más consuelo y arrepentimiento posible.

La señora entra por la puerta y la vista de ambos se dirige a la mujer que toma asiento frente a ellos. Todo el tiempo, todas las palabras, se dirigen a ella y él se pregunta si es invisible, si era necesario que estuviese en algo que, parecía, sólo era exclusivo de ella. Pero Itzamarai se lo recalcó en cada ocasión, en cada cruce de palabras previo: “nadie te obliga, no estoy pidiendo tu consentimiento, te lo digo porque consideré que debías saberlo”. La doctora le pide a Itzamarai que se recueste para hacerle un ultrasonido, debía de saber cómo estaba el interior de su vientre. Mientras ella miraba al techo, con un dibujo en tonos azules de algo que asemejaba la figura de una flor de loto; él observaba la pantalla de tonalidades blancas y negras y aunque no entendía muy bien lo que miraba la doctora sí sabía que en el vientre de ella había algo más que células, algo más que tejido. Era Cristian, así decidieron llamarlo.

De nuevo sentada al lado suyo, ya sin entrecruce de manos, Itzamarai escucha con atención las indicaciones de la doctora, los síntomas de alarma, los números de teléfono que debe de tener presente, los tiempos de las pastillas, lo que viene después etc. La doctora sale por los medicamentos, el primer par de fármacos, y con el dinero que él le entregó. Dice que tardará en subir unos minutos, como diciendo: “aprovechen este momento por si quieren despedirse”.

No pasa mucho tiempo después que la doctora sale para que él abra la charla, le pregunta si quiere que él primero diga algo y ella da el sí con un leve movimiento de cabeza, con las manos en su vientre. Y dice: “Bueno, Cristian, estamos aquí. No sé muy bien qué decir, tengo miedo de mis palabras pero estoy aquí, con ella, contigo. Perdona lo que estamos por hacer y ojalá tengas la oportunidad de regresar, aunque ya no sea con nosotros”. Ella sabe que él ha terminado y dice: “Pienso en ti, desde que me enteré y en todo este tiempo. Eres lo primero en que pienso al despertar y lo último al acostarme. Quiero lo mejor para ti pero ahora no puedo dártelo. Sé que me entiendes y que vendrás de nuevo, que serás totalmente amado”.

La doctora llega con los medicamentos. Itzamarai se seca un par de las lágrimas que no lograron contenerse en sus ojos. La doctora le entrega un par de pastillas y un vaso de agua. Él observa a ella, cómo toma un suspiro profundo, esperando que en la bocanada entre todo el valor y perdón del mundo. Itzamarai lleva las pastillas a su boca y toma el vaso de agua de un solo trago. Ya no hay marcha atrás.


Quince minutos después ellos salen de la clínica, se dirigen al metro, cruzan pocas palabras, sólo las necesarias. Él sabe que no puede contenerse, no desde todo lo que ha hecho, lo que le ha dicho. Le ofrece estar mañana con ella. Itzamarai lo mira y se descubre a sí misma mirándolo con un dejo de nula empatía; pero acepta y ambos toman un rumbo distinto.

R. O.

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