jueves, 24 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 25 - Lidia de amor

Octubre 24

Lidia de amor

Él despertó con una cruda insoportable. Era medio día o al menos eso era lo que sospechaba cuando miró hacia la ventana de su habitación. Buscó su celular, lo encontró apagado; intentó encenderlo, pero la batería se había acabado. Recordó que el día anterior tenía poca carga y lo dejó caer sobre la cama. Le dieron ganas de ir a orinar, se levantó de la cama con brusquedad y eso provocó que el dolor a la cabeza le regresara. En el camino pateó un par de latas de cerveza mientras pensaba en lo patético que resultaba la escena: borracho en su habitación.

Pasado un rato, encendió la computadora. No quería que lo molestaran, por lo que sólo buscó algo de música en Youtube y comenzó a hacer su quehacer (más patético aún). No se preocuparía, de momento, por el trabajo; bien podía pedir que tomarán su día de descanso de la próxima semana, casi nunca faltaba y como había escuchado alguna vez en la voz anónima de las muchas que habían en la oficina: “el mundo no se acaba si faltas un día”. Pero su mundo se había terminado, al menos eso creía. Ya sin la oportunidad de continuar con Viridiana. Pero, ¿qué lo obligaba a seguir con Itzamarai? Tal vez la responsabilidad, la culpa de saber que no podría dejarla así, en ese estado; prefería terminar con su amor platónico y resignarse a una vida de pañales, de peleas, de mala vida y de amor a otras cosas pequeñas. Entonces se percató que tenía un mensaje en su bandeja de entrada, un correo de ella.

Cada línea lo atravesaba, era como estar adentro de una caja mágica y el mago (en este caso Itzamarai), colocaba espada tras espada creando la ilusión de atravesarlo y partirlo en partes. Pero: ¿era una ilusión? No, no era ningún truco de magia. De hecho, la comparación era absurda. En realidad él era un toro y ella que se encontraba ya, una vez hecho el tradicional paseíllo, esperándolo para dar comienzo así al tercio de varas, a la lidia que tendría su fin. Y eso sucedió. La parte más enérgica, el tercio de banderillas, lo avivó como el toro que era. Todo este tiempo pensó que Itzamarai no se había dado cuenta, que él podía navegar en un oleaje, entre dos rumbos, y ser el dueño de los mares. Ahora se da cuenta que sólo fue un juego, que ella, Itzamarai, era el mar mismo, nunca una nave. Que sus grandes aventuras marítimas no eran más que un infantil chapoteadero. Ella lo supo y no le dijo nada. Después, en el tercio de muerte, estaba la explicación a la promesa; la explicación que le pidió mucho tiempo y que ahora, tras leerla, entiende que tenía que ser así, que él no quiso esperar. ¿Era cierto lo que le decía? Sí, la conocía, y sabía que aquellas palabras provenían de lo más sincero, de lo más profundo de ella.


¿Qué hacer ahora? No lo sabía, y no era novedad. Su indecisión había tocado fondo. ¿Tanto fue su egoísmo? ¿Era correcto lo que hacía? ¿Podría regresar aún con ella? ¿Y si ella ya no lo quería de vuelta en su vida? ¿Y qué hay con el embarazo? ¿Qué hay con el amor de tantos años? Sólo podía encontrar la respuesta en una persona: Fue en busca de Itzamarai.  

R. O.

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