Octubre 24
Lidia de amor
Él despertó con
una cruda insoportable. Era medio día o al menos eso era lo que sospechaba
cuando miró hacia la ventana de su habitación. Buscó su celular, lo encontró
apagado; intentó encenderlo, pero la batería se había acabado. Recordó que el
día anterior tenía poca carga y lo dejó caer sobre la cama. Le dieron ganas de
ir a orinar, se levantó de la cama con brusquedad y eso provocó que el dolor a
la cabeza le regresara. En el camino pateó un par de latas de cerveza mientras
pensaba en lo patético que resultaba la escena: borracho en su habitación.
Pasado un rato, encendió la computadora. No quería que lo
molestaran, por lo que sólo buscó algo de música en Youtube y comenzó a hacer su quehacer (más patético aún). No se
preocuparía, de momento, por el trabajo; bien podía pedir que tomarán su día de
descanso de la próxima semana, casi nunca faltaba y como había escuchado alguna
vez en la voz anónima de las muchas que habían en la oficina: “el mundo no se
acaba si faltas un día”. Pero su mundo se había terminado, al menos eso creía.
Ya sin la oportunidad de continuar con Viridiana. Pero, ¿qué lo obligaba a
seguir con Itzamarai? Tal vez la responsabilidad, la culpa de saber que no podría
dejarla así, en ese estado; prefería terminar con su amor platónico y resignarse
a una vida de pañales, de peleas, de mala vida y de amor a otras cosas
pequeñas. Entonces se percató que tenía un mensaje en su bandeja de entrada, un
correo de ella.
Cada línea lo atravesaba, era como estar adentro de una caja mágica
y el mago (en este caso Itzamarai), colocaba espada tras espada creando la
ilusión de atravesarlo y partirlo en partes. Pero: ¿era una ilusión? No, no era
ningún truco de magia. De hecho, la comparación era absurda. En realidad él era
un toro y ella que se encontraba ya, una vez hecho el tradicional paseíllo,
esperándolo para dar comienzo así al tercio de varas, a la lidia que tendría su
fin. Y eso sucedió. La parte más enérgica, el tercio de banderillas, lo avivó como
el toro que era. Todo este tiempo pensó que Itzamarai no se había dado cuenta,
que él podía navegar en un oleaje, entre dos rumbos, y ser el dueño de los
mares. Ahora se da cuenta que sólo fue un juego, que ella, Itzamarai, era el
mar mismo, nunca una nave. Que sus grandes aventuras marítimas no eran más que
un infantil chapoteadero. Ella lo supo y no le dijo nada. Después, en el tercio
de muerte, estaba la explicación a la promesa; la explicación que le pidió
mucho tiempo y que ahora, tras leerla, entiende que tenía que ser así, que él
no quiso esperar. ¿Era cierto lo que le decía? Sí, la conocía, y sabía que
aquellas palabras provenían de lo más sincero, de lo más profundo de ella.
¿Qué hacer ahora? No lo sabía, y no era novedad. Su indecisión había
tocado fondo. ¿Tanto fue su egoísmo? ¿Era correcto lo que hacía? ¿Podría
regresar aún con ella? ¿Y si ella ya no lo quería de vuelta en su vida? ¿Y qué
hay con el embarazo? ¿Qué hay con el amor de tantos años? Sólo podía encontrar
la respuesta en una persona: Fue en busca de Itzamarai.
R. O.
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