Octubre
5
Pasado
oculto
Itzamarai
nunca le dirá a su novio lo que sucedió al final de la cita con Ángel. Ella
descubrió al fin, después de una confesión hecha por el propio Ángel abatido,
su participación, por mucho tiempo indecible, en el cuatro que le pusieron a
ella; trampa que la dejó mal herida, tumbada en la avenida, con raspones,
moretones, putazos y rastros de sangre en que se convirtió aquella venganza
porril. Pasado el susto de la vida de su madre, cuatro días en cama y con las
ideas cavilando en un vaivén furtivo, Itzamarai se prometió a sí misma saber la
verdad de lo que había sucedido aquel día. Y no era para más, aquella redada no
suponía un encuentro casual de una veintena de porros contra una activista
sola. No, se trataba de un asunto de deshonor, alguien había traicionado la
confianza de Itzamarai y ella sabía que las probabilidades de todas las
personas inmiscuidas se reducían a dos nombres: Ángel y Nayeli.
Nayeli era su mejor amiga del bachillerato. Había compartido
múltiples experiencias, de todo tipo, con ella. Una complicidad que permitió
descubrirse y conocerse una a la otra. En el último año Nayeli se hizo novia de
Gerardo, un tipo que nunca le cayó bien, quizás porque nunca podría confiar en
él como lo hacía con su mejor amiga. Gerardo se había incorporado recientemente
al grupo porril de la escuela y eso le generó una desconfiaza a Itzamarai, al
grado de dejar de compartirle muchas cosas a su amiga; y ella, que se percató
de inmediato, pues conocía cualquiera de los resquicios de su mejor amiga, infirió el por qué de aquellos silencios incómodos, que antes no tenían,
y le reprochó por ello. Una cosa es que ella anduviera con un porro y otra muy
distinta que le contara a él todo sobre su mejor amiga. Aquel error formó una
fisura en su amistad y eso le preocupó a Itzamarai. Tal vez, pensó, que haber
desconfiado de su amiga la hirió tanto que por ese motivo organizó la redada y
aquel día, que originalmente la pasaría con ella y con Ángel, le canceló de
improviso diciéndole que Gerardo había sufrido un asalto camino a casa y debía
de estar con él. Pero tomarse la molestia de ir a casa de su novio no era algo
que resultara ser común en el comportamiento de Nayeli. Eso lo sabía Itzamarai,
quien también conocía de pies a cabeza a su amiga. No le dijo nada y se
despidió de ella a la entrada de la escuela. Ya con la confesión de Ángel
hecha, Itzamarai estaba segura de algo: Nayeli supo lo que iba a pasar esa
tarde y no quiso advertirle.
Ángel, que seguía todo rastro y sombra de Itzamarai, estuviese donde
estuviese, en un intento por poder ser algo más que un simple amigo, se debatía
entre rescatarla de aquella inexorable masacre y convertirse en héroe de la
situación, arcángel iluminado, o transformarse en Lucifer, el peor de los
ángeles de Dios y darle la espalda a su diosa por no haber consentido ni la más
inocente caricia, el más puro de los afectos o la más turgente de las
sonrisas. En un arrebato de duda, Ángel estaba a punto de decirle lo que se
había planeado en su contra; él sabía de aquella redada porril porque estaba
bajo amenaza de ser él quien tomaría su lugar si no hacía lo acordado; pero tampoco
era capaz de entregar a su amor platónico, por mucho que haya sido su rechazo,
su sutil indiferencia o su más frío trato. Entonces él la llamó por su nombre,
le dijo lo que sentía y ella se rió, pero no para lastimar sus sentimientos
sino por la incredulidad del suceso. Ángel no lo tomó así, herido como un
Cristo, le reprochó su falta de tacto y batió sus alas ya con el poder de
justificar su ausencia: hizo hasta lo último para rescatarla. Si ella hubiera
aceptado, le habría contado todo, la hubiera sacado de aquel futuro desenlace. Pero
no quiso, nunca quiso. Después de tantos años, sentía como si cargara un
muerto. Por suerte Itzamarai, quien había escuchado su confesión al final de la cita, decidió
perdonarlo por haberle dicho la verdad, el último acto valiente del Ángel
desplumado, y lo tomó de las mejillas para darle el más incorrupto de los
besos: uno breve y de gratitud.
R. O.
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