Octubre 19
Decidir
Habiendo pasado
una semana desde la pérdida de su abuela, a quien siempre considerará como su
segunda madre, él sabe que llegó el momento de tomar una decisión. Toda la
semana fue gris, sin querer platicar con nadie al respecto, faltó el día lunes
a su trabajo para asistir al entierro y se entristeció aún más porque, cuando
llegó al panteón, ya habían enterrado el cuerpo. Ni siquiera pudo despedirse por
última vez. Al mirar la lápida, la cruz negra, fría, metálica; le promete a su
abuela, le promete al mundo, dejarse de convencer por ideas ególatras y actuar
a sabiendas de las consecuencias. Primero fue su madre, después su abuela, aún
conserva a sus hermanas y tiene ya una sobrina pequeña; todas ellas (salvo la
madre, quizás) ha tenido el inconveniente de no encontrar al hombre adecuado.
¿Por qué aparece en la mente de él querer ser un hombre adecuado? ¿Para darle
gusto a quién? ¿Saldará así una deuda que él mismo se somete a pagar? No lo
sabe, pero la idea de hacer algo lo reconforta.
Él está por decidirse, al fin, entre continuar con Itzamarai o
abandonarla a su suerte y construir la propia bajo el cobijo de Viridiana; o
bien, decirle a ésta que aquella aventura había terminado, que no podía seguir
siendo y así entregarse por completo a Itzamarai. Todo este tiempo justificó
sus acciones creyendo que eran parte de una crisis, una duda que tarde o
temprano aclararía, pero ese “tarde o temprano” se fue haciendo más y más
largo. A estas alturas sabe que Itzamarai sospecha algo y él, que se
consideraba el rey de los mares, rompeolas de amores, se encuentra a la deriva,
con la necesidad de soltar alguna de las anclas que le permitan quedarse en un
punto. Sin embargo, ninguna lo convencía del todo, quería tomar la mejor
decisión y en su mente hacía ensayos sobre los posibles futuros que tendría con
una o con otra, ya no con ambas. Por un momento pensará que debe de quedarse
con Itzamarai, que la mejor prueba de amor es la que han construido, no
importando los problemas en los que se han encontrado sino el valor y amor que
tuvieron para confrontarlo. Otro momento pensará que será Viridiana, que ella
llegó a su vida por un motivo, un motivo que se fue perfeccionando para dar el
paso decisivo, intentar algo de nuevo, desde cero, porque lo anterior ya no
servía.
Todo el día estuvo sopesando aquella decisión. Ante sí había una
balanza donde en cada uno de los extremos se encontraba una de ellas, intentando
pesar más que la otra, darle más valor por su historia, su olor, su sonrisa, su
amor, su todo. Dicen que cuando uno se encuentra en un dilema parecido, donde
no se sabe por cuál de los dos caminos se debe de transitar, se debe de
escuchar al corazón; una corazonada, como quien dice, que no es más que la intuición,
un don que tenemos poco desarrollado. Así, si se toma con el corazón, uno se
dará cuenta inmediatamente de que fue la decisión correcta, pues aparece ante nosotros
una levedad que quita todo el peso, toda la responsabilidad. Una vez decidido,
ya no se puede echar para atrás, queda seguir caminando. Entonces y finalmente,
dueño de sí mismo, de esa corazonada, decide llamarla por teléfono, y cuando
ella le contesta al tercer tono del timbre telefónico, dice:
– Hola, Itza. Bien, gracias cielo. Oye: ¿podemos vernos mañana?
R. O.
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