domingo, 13 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 13 - Pérdida

Octubre 13

Pérdida


La noticia nos tomó por sorpresa a toda la familia. Papá se encargó de decirme: acaba de fallecer tu abuelita. No daba crédito a ninguna de las palabras de mi padre. Sé que todos morimos, que no hay nadie que se haya librado de aquel destino; sé que mi abuela ya estaba entrada en años, sé que tenía que pasar, pero ella gozaba de buena salud, había dejado muchos años antes su vida estresante y disfrutaba plenamente del dinero de su jubilación; tenía su casa, y en ésta la acompañaba una tía con su familia; en pocas palabras, no había nada, salvo la muerte natural, que la desapareciera del mundo. Simplemente ya no estaba.

Llamé a Itzamarai para darle la noticia. Me alcanzaría más tarde para acompañarme a mí y al resto de la familia al funeral. ¿Cómo debe de prepararse uno para las despedidas? No quería saber. Mientras acompañé a mi papá a comprar una corona de flores para llevarla, platicamos sobre cómo se sentía. No era fácil perder a una madre: yo ya lo había vivido. Por un momento pensé que su pelo, entrecano, se hizo más blanco; un abrupto golpe del tiempo, quizás. Horas más tarde llegaron a la casa Mariana, Silvia y su hija. ¿Cómo explicarle a una niña de apenas un par de años lo que significa la muerte? Una vez que jugué con ella, para que dejara de hacerle cosquillas, me dijo “ya me morí”: ¿piensa que morir es algo como el sueño, del que se puede despertar a voluntad? Ojalá fuese así de sencillo.

Hasta el momento en que Itzamarai llegó a la casa, media hora después que mis hermanas, me percaté de algo en lo que no había reparado: la llame a ella y no a Viridiana. Cualquiera me hubiera acompañado, a Viridiana la podía presentar como mi novia y a Itzamarai como una amiga, la familia no estaba enterada de mis asuntos emocionales, dudo que les interesara. Pero ahí estaba ella, dándome el pésame, el más cálido de los abrazos; como si las circunstancias nos estuvieran dando una pausa, un momento donde no importaba los problemas que tuviésemos. Más allá de los conflictos estaba la empatía del duelo con el otro.


Llegamos casi al anochecer. De inmediato papá se fue al ataúd donde yacía su madre. Nadie quiso detenerlo, nada lo hubiese detenido. Saludamos a los tíos, primos y demás familiares. Es lamentable, pero en esas ocasiones uno se reúne con toda la familia; a veces quisiera estar en una familia que se frecuenta más seguido y no en velorios, de esas que se reúnen una vez al mes para comer o algo así. Pero no lo tenía, y con la muerte de la abuela aquel sueño mío parecía menos probable. Después del rosario, me senté con Itzamarai a mi lado en una de las esquinas de la casa, con café en mano. De nueva cuenta, como leyendo mis pensamientos, ella sabía que no tenía que decir nada, bastaba su presencia, su mano entrelazada con la mía, para comunicarnos el más fugaz de los pensamientos. Sí, sé lo que diría mi abuela si supiera la vida donjuanezca en la que andaba metido. Ya me hubiera dado una reprimenda, de aquellas que nunca se olvidan. En mi país: si a las madres se les tiene respeto, a las abuelas se les tiene obediencia. Miré a Itzamarai y me di cuenta, entonces, por qué seguía con ella y no la había dejado para andar con Viridiana; lo nuestro era un vínculo que va más allá del simple noviazgo. Por primera vez me sentí tonto y culpable. Dicen que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer, y creía en esas palabras porque eso era mi padre y mi abuela. La mía, si llegara a ser un gran hombre, tenía entrelazada su mano con la mía. 

R. O.

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