Octubre 13
Pérdida
La noticia nos
tomó por sorpresa a toda la familia. Papá se encargó de decirme: acaba de
fallecer tu abuelita. No daba crédito a ninguna de las palabras de mi padre. Sé
que todos morimos, que no hay nadie que se haya librado de aquel destino; sé
que mi abuela ya estaba entrada en años, sé que tenía que pasar, pero ella
gozaba de buena salud, había dejado muchos años antes su vida estresante y
disfrutaba plenamente del dinero de su jubilación; tenía su casa, y en ésta la
acompañaba una tía con su familia; en pocas palabras, no había nada, salvo la
muerte natural, que la desapareciera del mundo. Simplemente ya no estaba.
Llamé a Itzamarai para darle la noticia. Me alcanzaría más tarde
para acompañarme a mí y al resto de la familia al funeral. ¿Cómo debe de
prepararse uno para las despedidas? No quería saber. Mientras acompañé a mi
papá a comprar una corona de flores para llevarla, platicamos sobre cómo se
sentía. No era fácil perder a una madre: yo ya lo había vivido. Por un momento
pensé que su pelo, entrecano, se hizo más blanco; un abrupto golpe del tiempo,
quizás. Horas más tarde llegaron a la casa Mariana, Silvia y su hija. ¿Cómo
explicarle a una niña de apenas un par de años lo que significa la muerte? Una
vez que jugué con ella, para que dejara de hacerle cosquillas, me dijo “ya me
morí”: ¿piensa que morir es algo como el sueño, del que se puede despertar a
voluntad? Ojalá fuese así de sencillo.
Hasta el momento en que Itzamarai llegó a la casa, media hora
después que mis hermanas, me percaté de algo en lo que no había reparado: la
llame a ella y no a Viridiana. Cualquiera me hubiera acompañado, a Viridiana la
podía presentar como mi novia y a Itzamarai como una amiga, la familia no
estaba enterada de mis asuntos emocionales, dudo que les interesara. Pero ahí
estaba ella, dándome el pésame, el más cálido de los abrazos; como si las
circunstancias nos estuvieran dando una pausa, un momento donde no importaba
los problemas que tuviésemos. Más allá de los conflictos estaba la empatía del
duelo con el otro.
Llegamos casi al anochecer. De inmediato papá se fue al ataúd donde
yacía su madre. Nadie quiso detenerlo, nada lo hubiese detenido. Saludamos a
los tíos, primos y demás familiares. Es lamentable, pero en esas ocasiones uno
se reúne con toda la familia; a veces quisiera estar en una familia que se
frecuenta más seguido y no en velorios, de esas que se reúnen una vez al mes
para comer o algo así. Pero no lo tenía, y con la muerte de la abuela aquel
sueño mío parecía menos probable. Después del rosario, me senté con Itzamarai a
mi lado en una de las esquinas de la casa, con café en mano. De nueva cuenta,
como leyendo mis pensamientos, ella sabía que no tenía que decir nada, bastaba
su presencia, su mano entrelazada con la mía, para comunicarnos el más fugaz de
los pensamientos. Sí, sé lo que diría mi abuela si supiera la vida donjuanezca
en la que andaba metido. Ya me hubiera dado una reprimenda, de aquellas que
nunca se olvidan. En mi país: si a las madres se les tiene respeto, a las
abuelas se les tiene obediencia. Miré a Itzamarai y me di cuenta, entonces, por
qué seguía con ella y no la había dejado para andar con Viridiana; lo nuestro
era un vínculo que va más allá del simple noviazgo. Por primera vez me sentí
tonto y culpable. Dicen que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer, y
creía en esas palabras porque eso era mi padre y mi abuela. La mía, si llegara a
ser un gran hombre, tenía entrelazada su mano con la mía.
R. O.
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