Octubre 8
Abandonostalgia
“Nadie leerá
nunca estas palabras que por fin, después de un cuarto de siglo, te escribo.
Nadie sospechará que reclamo a diario tu ausencia, que espero todas las tardes
de todos los días a que la puerta se abra en punto de las seis de la tarde y
aparezcas ahí, sonriendo. Tu abandonostalgia se introdujo por todos los poros
de mi piel, y por si no bastara, entró hasta mis sueños, que a la fecha sólo
son un par, sin ningún indicio que me diga que habrá más.
En el primero había una discusión en casa, algo que se salió de las
manos. Yo estaba en mi cuarto y al escuchar tal alboroto bajé para intentar
resolver la situación. Entonces estabas ahí, sentada en una de las sillas del
largo comedor de madera, con la sonrisa de siempre, como si no sintieras
remordimiento alguno por tal abandonostalgia en que me dejaste, segura de que
con tu impoluta presencia se desvanecerían los conflictos y se mermarían los
disgustos. Me volví hacia ti y no podía creerlo; más bien, lo creía, fue tan
real que cuando desperté descendí rumbo a la sala con la esperanza de encontrarte
ahí, pero no estabas. En el sueño te señalé, enfadado, diciéndote que no podías
estar ahí, que no podías ser tú; tu calma me exasperó, es la única calma de
todas las posibles que ha logrado desesperarme en todos estos años. Esa colmada tranquilidad con que solucionabas todo, incluso la muerte, siempre me resultó insondable; aquel nulo rastro de preocupación, si acaso reconocible por tus gestos,
nunca lograré traducirlo en palabras. Hoy soy tú: la misma calma voraz, los mismos
ojos tocados por la gracia, la misma sonrisa de hoyuelos, como esperando que al
repetir tus formas logren consolarme de tu abandonostalgia.
El segundo fue más tangible que el primero, más atemporal. Tu
abandonostalgia me condujo a la necesidad de creerte viva aún. Como si se
tratara de la trama de una película, vuelta de tuerca digna del realismo mágico, mi familia descubrió que no estabas muerta,
que había sido un error médico-forense, que te encontrabas aún con vida pero
debíamos de sacarte de inmediato del ataúd. Y eso hicimos. Saliste con un
semblante demacrado, apoyada de mis hermanas, pero sonriendo, siempre sonriendo.
Días después te encontrabas bien, la vida en familia se recomponía. Todo
marchaba de maravilla y una noche, como las primeras de mi infancia, me recosté a tu lado y
sentí tu cálida presencia angelical, tu personalidad desprovista de temores, de
preocupaciones, de muerte. Allí me quedé, a tu lado, sabiendo que todo estaría
bien, durmiendo en el sueño; despertar y darme cuenta de la necesidad de
seguirte soñando.
Nadie entenderá nunca por qué te escribo hasta ahora, por qué sin
escribir tu nombre, por qué mi temor de pronunciarlo. Quizás, tu
abandonostalgia es la manera de seguir estando sin estar, de seguir aconsejando sin aconsejar, de seguir cuidando sin cuidar, de permanecer maternal, de continuar
sonriendo sin boca sin labios sin dientes; una metamorfosis digna de todas
las literaturas, convertida en navecita blanca, Silvezca, delgada, jamás
nerviosa. Así serán todos mis ocho de octubre de todos los años que resten:
llorándote ya sin llorar, esperándote ya sin esperar, recordándote ya sin recordar,
soñándote ya sin soñar; amándote ya sin tu abandonostalgia”.
R. O.
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