jueves, 24 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 23 - Un correo electrónico

Octubre 23
Un correo electrónico

Itzamarai llegó cerca de medianoche a su casa. Tenía preparada una coartada en caso de que su madre, como era costumbre cuando llegaba tarde, la hiciera subir a su habitación para darle explicaciones. No hubo necesidad. Abriéndose paso con cuidado, Itzamarai logró llegar a su habitación sin siquiera ser percibida por alguno de sus tres perros. Al llegar, se derrumbó sobre la cama boca arriba y dirigió la vista al techo. Tenía la mirada perdida, el estómago hecho jirones, una acidez asesina que le subía hasta el esófago y una respiración agitada que había logrado perlarle el rostro con un sudor frío. Un silencio poco común se apoderaba de la noche, los canes (muertos de frío) preferían quedarse juntos en un rincón, debajo de un mueble viejo, y los gatos de los vecinos, al parecer, no tenían la más pequeña intención de aparecer.

Recordó aquella novela de García Márquez en la que el autor equiparaba el cólera con el amor, pues sus síntomas cargaban casi las mismas consecuencias demoniacas de enfermar el cuerpo y el alma del paciente. Con esa imagen,  Itzamarai se reincorporó, se sentó al borde de la cama y se talló los ojos, ya bastante hinchados por el llanto. Estaba sola. La decisión, hermosa autónoma, se encontraba en sus manos y supo entonces que siempre debió de ser así. Las últimas semanas fueron agotadoras (física y emocionalmente), todo por haberse dejado arrastrar en las decisiones de su pareja. Si sabía algo, es que aquella situación debía parar.

Prendió la computadora y se dispuso a escribir un correo electrónico:

No tengo palabras para describirte el dolor que me ha causado tu partida. La reacción que tuviste fue digna de un patán que yo no conocía y que, honestamente, te agradezco hayas mostrado. Me da un poco de pena no haber tenido el tiempo de explicarte aquella promesa pendiente, pero me doy cuenta que incluso el esfuerzo por esclarecerte el escenario, hoy ya no tiene sentido.

Hace unas semanas me dirigí a tu trabajo. Dejé de entrar a algunas de mis clases para poder tener así un tiempo para nosotros, pues valoraba muchísimo tu empeño para que lo nuestro continuara aún con el dolor que te causaron las cosas que viste y te imaginaste. Esperé fuera, quería que cuando salieras tu gran sonrisa me recibiera con agrado, pero los minutos pasaron y supuse que era mejor ir a tu casa, esperarte y así salir, aunque sea en la noche, a caminar. Marqué tu número un par de veces y el que mandara inmediatamente a buzón me hizo creer que tal vez tu trabajo te absorbía a tal grado que preferías tenerlo apagado. Cuando llegué a tu casa tuve hambre, así que me dirigí a la fonda donde solemos (solíamos) comer y antes de llegar miré en contraesquina. Entonces te vi, la vi, los vi.

Reconozco tus gestos, tus movimientos, tus sonrisas cuando seduces a una mujer. Tu jefa Viridiana (si no me falla la memoria), sonreía encantada ante tus intenciones mientras comían plácidamente. Mis entrañas sugerían entrar al lugar, reclamarte por tus acciones, pero un dejo de duda me hizo esperar, pensar que tal vez “no era lo que yo creía”. Al salir, tus brazos se enredaron en su cintura y tus labios en los suyos lo clarificaron todo. El siguiente fin de semana, Vania tuvo la suerte de salir al mismo lugar de baile al que fuiste tú con ella. También vio los besos, las caricias, los movimientos de baile, de esa gran antesala erótica como la llamas tú.

Pensé en ti, en todo este tiempo, en aquello que durante más de dos años logramos construir y mantener como  algo casi perfecto. Pensé en tu dolor y en que era éste el que te había impulsado a iniciar una aventura. Pensé en que una vez aclarándote lo que viste, tú valorarías las cosas y que serías honesto conmigo. Me equivoqué. Tus evasivas fueron cada vez más frecuentes, tus métodos para ocultarlo todo cada vez más obvios y la lejanía de tu ser terminó por confirmarme que lo nuestro estaba llegando a su fin.

Después llegó el embarazo, intempestivo y como una forma en la que el destino se burlaba de nosotros. Es duro decirlo, pero sabía que podía esperarme una reacción tuya de ese tipo. Finalmente, la frustración es un elemento poderoso para hacernos decir estupideces tan ciertas como nuestro dolor.

Eres libre de irte, eso bien lo sabes. Lo que yo decida hacer con el embarazo es algo que sólo a mí me compete, pues como lo manifestaste ayer: “debí de haber cuidado mi vida”, mis metas y con quién tomaba riesgos. No, esto no significa que el bebé no sea tuyo, eres la única persona con la que podía pensar en estar.

Si aún te queda duda de la promesa, ya no es necesario que la sepas, pero aún así te lo digo, porque es una promesa y yo las cumplo. Hace cuatro años, una emboscada de porros me golpeó saliendo del colegio. Me dejaron tan malherida que mi vida jamás fue la misma. Viví con miedo, bajo persecución y señalamiento hasta que finalmente desistí en terminar mi educación en esa institución. Esa noche, Ángel, Nayeli y yo iríamos a una reunión colectiva de la radio en donde trabajábamos los tres. Misteriosamente ambos cancelaron y tuve que partir sola al destino. No llegué.

Pasaron los meses, repasé  cada detalle sucedido en mi cabeza, una de las últimas frases que escuché antes de caer inconsciente fue “y valora en quién confías”.  Supe entonces que alguno de mis amigos o ambos me habían entregado. Me alejé de todo y no quise saber de ellos. Con Nayeli la relación se volvió distante y gélida pero nunca perdí el contacto. Esperaba que un día ella pudiera decirme la verdad. Tenía esa corazonada.

No fue lo mismo con Ángel. Cuando él me reencontró por Facebook, las ganas de tener una respuesta volvieron con rabia infinita, no descansaría hasta saber cuál de los dos había planeado todo. Tuve que hacerle creer poco a poco que su intención de años se concretaba, que me había enamorado de él, que estaba dispuesta a amarle sin reproches. No me enorgullezco del método, pero ante la oportunidad de conseguir por fin la respuesta a mis dudas no pude (más bien no quise) evitar que todo siguiera andando.

Jamás dejé que me tocara, ni siquiera le entregue un beso; todo fue una estrategia para conseguir el fin. Confronté a ambos en separado y por fin supe que él fue quien, a cambio de su propio pellejo, me entregó a mis agresores.

No pude decirte todo en ese momento porque era algo complejo. Tanto, que temía cometer el más mínimo error, y con ello todo el esfuerzo se vendría abajo. Por eso los mensajes, por eso el misterio, por eso mi silencio. Era mi derecho saber qué había ocurrido y poder así tomar las decisiones correctas. Odiaba despertar por las noches, después de una larga pesadilla, en la que todo lo sucedido volvía con realismo siniestro a mi mente. Dudo que lo entiendas, pero quería que lo supieras.

Tienes otra vez tu vida. Inicia de nuevo, que nosotr@s haremos lo propio. Aunque es una lástima que no estés aquí para ser partícipe de lo que venga, es mejor así.  

Una vez, después del fallecimiento de mi padre, discutimos por una tontería, pero te dije algo que aún sostengo: no te necesito. Te amo y este sentimiento queda aún con el dolor de tus acciones, pero ha llegado la hora de asumir mi camino y posiblemente el de la persona que ambos engendramos.

Sé feliz.
Itzamarai.


Sintiéndose acartonada, Itzamarai envío el mensaje. Estaba sola y era hora de enfrentarse consigo misma. 

R. O.

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