lunes, 21 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 21 - Destino

Octubre 21

Destino

Ella le dijo que no podía verlo mañana, quería ver a una amiga suya y sabía que sólo los días domingos podría encontrar un espacio para verla. Él no insistió, cumpliendo su última voluntad antes de terminar con la relación. Sí, se había inclinado por Viridiana. No encontraba ningún motivo suficiente para quedarse con Itzamarai. Prefería cortar por lo sano, como quien dice, y tenerla como un maravilloso recuerdo, una experiencia amorosa (pero experiencia al fin). Era su corazonada. Así, no habría por qué explicar promesas, no tendría por qué continuar una relación que perfilaba a convertirse en una monotonía triste y desencajada, como tantas otras. Además, estar con Viridiana le pintaba un mejor futuro, un futuro donde (imaginaba) ambos fundaban una editorial propia y después de mucho trabajo, mano a mano y codo a codo, disfrutarían de una vejez plena. Era momento de saltar del barco que se hundía y caer al mar con salvavidas, salvavidas que mucho antes ya traía puesto.

Se quedaron de ver al día siguiente. Encontró a Itzamarai preocupada, quizás haya intuido lo que quería decirle. “Es mejor así”, se repetía él a sí mismo cada que la duda lo asaltaba. Ella le dijo que también tenía algo qué contarle. De nueva cuenta le concedió a ella la palabra, no había por qué hacerla enojar desde un principio, “es mejor así”. Itzamarai lo tomó de las manos, se acercó más y le dijo: “estoy embarazada”.

-¿Qué?
-Que estoy embarazada.
-No, eso no puede ser.
-Pues es.
-¡Por qué no te cuidaste!
-¡Oye, esto es de ambos!
-¿Ambos? ¿No será mejor decir de quién sabe quién?
-¿Qué dices!
-Claro, por eso no quieres explicarme nada de tu pinche promesita ésa.
-Eso nada tiene que…
-¡Claro que tiene que ver! ¡Era tan obvio, por qué no me di cuenta?
-¿Sabes qué? Ayer no se equivocó Nayeli: ¡puras chingaderas contigo!
-Ah, ¿son chingaderas? Chingaderas son creerte santa y sólo eres una pu

Itzamarai lo abofeteó con una fuerza que descubrió hasta ese momento. Era la furia de saber que él no respondía como esperaba, que la creía otra cosa que nunca sería, una frustración de escucharlo como si estuviera hablando con Ángel y no con él. ¿Será que no lo conocía tan bien? ¿Era, al final de cuentas, igual que todos?


Él salió de la habitación del hotel, donde quedaron de verse, sin siquiera volver a mirarla ni tomar su chamarra que había dejado colgada en el perchero. Itzamarai, hecha trizas, se quedó llorando en la habitación hasta que su mamá le llamo por teléfono preocupada porque ya era tarde y aún no regresaba. Él caminó hacia su casa sin importar cuánto tardaría, si llegaría. Por fin había reunido el valor necesario para tomar una decisión y aceptar las consecuencias… menos ésta. Ya no pudo decirle: “ando con alguien más”. 

R. O.

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