lunes, 7 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 7 - Terminar de una vez

Octubre 7
Terminar de una vez

Aproveché que no vería a Itzamarai hasta el miércoles para continuar con mis planes. El día anterior, ya en casa y recostado en la cama, me preguntaba sobre lo que estaba sucediendo con mi vida en lo sentimental. Tenía que llegar a un puerto seguro, orientarme y tomar curso fijo en medio del naufragio de mis amoríos. No era sencillo, aquella situación jamás la hubiese imaginado antes; víctima de una baja autoestima, nunca pensé tener la posibilidad de andar con dos mujeres al mismo tiempo, y sobretodo exhumar mis más profundas pasiones, que consideré perpetuamente enterradas, para revivirlas con el elixir de cada par de piernas que se abrían a mi antojo, con sólo decirlo. Aquella misma parte que había desenterrado, el otro yo frente al espejo, quería mantener la situación tal como estaba; no era necesario decir nada, mantener el teatro guiñol donde yo movía los hilos de las dos muñecas que satisfacían cada uno de mis gustos, sintiéndome completo y merecedor de la situación. No es malo lo que hago, pensé, mientras ellas estuvieran contentas y yo no levantara la más mínima de las sospechas podría mantenerme en ese oleaje emotivo. Tanto Itzamarai como Viridiana se mantenían distantes sin que hiciera nada, pues una con la escuela y la otra con su trabajo no tenían tiempo para preguntarse qué con mis repentinos cambios de planes, de actitudes e incluso de fantasías sexuales. Ambas eran muy atractivas y cada una tenía cosas que la otra no. Recordé lo que alguna vez me dijo mi amigo Luis: “El concepto de amor que cada uno tiene es similar a un numero. Supongamos que para ti el amor es un 16, pero tu pareja nunca llegará a ese número –de hecho, ninguna persona será el número que buscas– será cuando mucho un 10; de ahí que busques completar el número, ese 6 restante que bien puedes encontrar en una amante”. Por primera vez en la vida había complementado ese número: ¿qué necesidad había de restarlo yo mismo? ¿No lo merecía? ¿Qué hay de los que tienen toda una vida bajo la misma forma? ¿Por qué ellos sí y yo no? Era el rey de los mares, nada podía salir mal.


Continúe dándole largas al asunto porque la otra parte de mí decía que estaba equivocado, que tarde o temprano saldría a la luz mi situación y me quedaría como “el perro de las dos tortas”. Esa parte de mí me reprochaba que hiciera lo mismo que le hacían a mis hermanas, que era hipócrita decirles que me iba muy bien con Itzamarai cuando tenía a Viridiana, quien me tendía más que sus brazos para cuando no estuviera mi novia. Mis hermanas eran nobles de corazón, eso me constaba, y sus parejas eran indeseables. El primero con un juego infantil de andar y no andar (pero culeándose a alguien más) y el otro que había dejado a su suerte a su hija en manos de una madre con la que nunca supo entablar algún acuerdo. Ellas se lo buscaron, me dijo mi otro yo, pero: ¿realmente se lo habían buscado? Qué tal si ellas, como Itzamarai, depositaron todo su amor y confianza en la persona esperando ser correspondidas de igual forma. Entonces no conocían a su pareja: ¿Itzamarai me conocía? o más bien ¿qué conocía Itzamarai de mí? De algo estaba seguro, mis hermanas nunca hubieran engañado a sus parejas, pero mi novia no me había demostrado la misma fidelidad que ellas, no desde que descubrí sus mensajes de celular con Miguel o ese extraño episodio con Ángel que prometió explicarme y hasta el momento no lo ha hecho. Sí, aquello era colocar el dedo en la llaga, esa tenue pero abismal diferencia colocaba a mis hermanas y mi novia en polos opuestos. Yo no había empezado, fue ella, y yo continuaría haciendo lo que hacía hasta que ella dejara de engañarme y me explicara de una vez por todas sus falsedades, sus simulaciones de novia fiel y amorosa. Llegado a esa conclusión, ganando una parte de mí por sobre la otra, regresé a mi trabajo habitual; le envié un mensaje a Viridiana para decirle que la alcanzaba por la tarde en su departamento. Podía jugarme el pellejo, total: si terminaba con Itzamarai ahí estaba Viridiana, pero si ya no le veía caso a continuar con mi novia: ¿por qué no había terminado con ella de una buena vez?

R. O.

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