Octubre 7
Terminar de una vez
Aproveché que no vería a Itzamarai hasta
el miércoles para continuar con mis planes. El día anterior, ya en casa y
recostado en la cama, me preguntaba sobre lo que estaba sucediendo con mi vida
en lo sentimental. Tenía que llegar a un puerto seguro, orientarme y tomar
curso fijo en medio del naufragio de mis amoríos. No era sencillo, aquella
situación jamás la hubiese imaginado antes; víctima de una baja autoestima,
nunca pensé tener la posibilidad de andar con dos mujeres al mismo tiempo, y
sobretodo exhumar mis más profundas pasiones, que consideré perpetuamente
enterradas, para revivirlas con el elixir de cada par de piernas que se abrían
a mi antojo, con sólo decirlo. Aquella misma parte que había desenterrado, el
otro yo frente al espejo, quería mantener la situación tal como estaba; no era
necesario decir nada, mantener el teatro guiñol donde yo movía los hilos de las
dos muñecas que satisfacían cada uno de mis gustos, sintiéndome completo y
merecedor de la situación. No es malo lo que hago, pensé, mientras ellas
estuvieran contentas y yo no levantara la más mínima de las sospechas podría
mantenerme en ese oleaje emotivo. Tanto Itzamarai como Viridiana se mantenían distantes
sin que hiciera nada, pues una con la escuela y la otra con su trabajo no
tenían tiempo para preguntarse qué con mis repentinos cambios de planes, de
actitudes e incluso de fantasías sexuales. Ambas eran muy atractivas y cada una
tenía cosas que la otra no. Recordé lo que alguna vez me dijo mi amigo Luis:
“El concepto de amor que cada uno tiene es similar a un numero. Supongamos que
para ti el amor es un 16, pero tu pareja nunca llegará a ese número –de hecho,
ninguna persona será el número que buscas– será cuando mucho un 10; de ahí que
busques completar el número, ese 6 restante que bien puedes encontrar en una
amante”. Por primera vez en la vida había complementado ese número: ¿qué
necesidad había de restarlo yo mismo? ¿No lo merecía? ¿Qué hay de los que
tienen toda una vida bajo la misma forma? ¿Por qué ellos sí y yo no? Era el rey
de los mares, nada podía salir mal.
Continúe dándole
largas al asunto porque la otra parte de mí decía que estaba equivocado, que
tarde o temprano saldría a la luz mi situación y me quedaría como “el perro de
las dos tortas”. Esa parte de mí me reprochaba que hiciera lo mismo que le
hacían a mis hermanas, que era hipócrita decirles que me iba muy bien con
Itzamarai cuando tenía a Viridiana, quien me tendía más que sus brazos para
cuando no estuviera mi novia. Mis hermanas eran nobles de corazón, eso me
constaba, y sus parejas eran indeseables. El primero con un juego infantil de
andar y no andar (pero culeándose a alguien más) y el otro que había dejado a
su suerte a su hija en manos de una madre con la que nunca supo entablar algún
acuerdo. Ellas se lo buscaron, me dijo mi otro yo, pero: ¿realmente se lo
habían buscado? Qué tal si ellas, como Itzamarai, depositaron todo su amor y
confianza en la persona esperando ser correspondidas de igual forma. Entonces
no conocían a su pareja: ¿Itzamarai me conocía? o más bien ¿qué conocía
Itzamarai de mí? De algo estaba seguro, mis hermanas nunca hubieran engañado a
sus parejas, pero mi novia no me había demostrado la misma fidelidad que ellas,
no desde que descubrí sus mensajes de celular con Miguel o ese extraño episodio
con Ángel que prometió explicarme y hasta el momento no lo ha hecho. Sí,
aquello era colocar el dedo en la llaga, esa tenue pero abismal diferencia
colocaba a mis hermanas y mi novia en polos opuestos. Yo no había empezado, fue
ella, y yo continuaría haciendo lo que hacía hasta que ella dejara de engañarme
y me explicara de una vez por todas sus falsedades, sus simulaciones de novia
fiel y amorosa. Llegado a esa conclusión, ganando una parte de mí por sobre la
otra, regresé a mi trabajo habitual; le envié un mensaje a Viridiana para
decirle que la alcanzaba por la tarde en su departamento. Podía jugarme el
pellejo, total: si terminaba con Itzamarai ahí estaba Viridiana, pero si ya no
le veía caso a continuar con mi novia: ¿por qué no había terminado con ella de
una buena vez?
R. O.
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