sábado, 12 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 12 - Pedir imposibles

Octubre 12

Pedir imposibles


Desperté con una sensación poco agradable. Pensé que se trataba de la cruda, propiciada por la borrachera, pero no me sentía mal en ese sentido: no tenía la boca reseca o un dolor de cabeza insoportable. Faltaba un par de horas para entregar la habitación del hotel y Viridiana se encontraba en el baño (poco tiempo después escuché el sonido de la regadera). ¿Era una cruda moral? Si lo era, me parecía hipócrita aquella sensación: ¿para qué tenerla ahora si ya había sucedido lo que tenía que suceder? De forma inevitable me vino a la mente cómo le estaría yendo a Itzamarai.

En un mundo donde se dice que todo tiene un precio, me preguntaba cuál era el precio que debía de pagar por la situación en la que me encontraba. ¿Había que pagar algo? Comenzaba a ser insufrible, cambiante. Días antes me sentía el rey de los mares por saber navegar los mares más embravecidos, los mares del amor; ahora me sentía con miedo al agua. Un niño que no sabe lo que quiere, que debe elegir entre dos dulces porque no se puede quedar con los dos. ¡Qué situación tan más absurda comparar a aquellas dos mujeres con dulces! Seguía indeciso y si hay algo que puedo detestar en una persona es su indecisión. Me convertí en lo que más detestaba: no en un mujeriego, sino en un indeciso. ¿Por qué no podía ser como en un principio? Un principio donde estaba feliz por andar con Itzamarai, donde no había secretos ni infidelidades ni promesas futuras de explicación. Al salir del hotel me despedí de Viridiana, no tenía ganas de estar con nadie más ese día. Ella lo tomó a mal, y en parte tenía razón, no podía desecharla así porque sí. Algo me decía que sabía con certeza lo que me pasaba, que tenía novia, que le estaba siendo infiel con ella, y toda la sarta de mentiras que me inventé. Pero aún, si sabía lo que estaba haciendo: ¿por qué seguía conmigo?

Vagando por el centro de la ciudad me pregunté si Itzamarai sabía algo. Mi ego me decía que ella no sabía nada, que no sospechaba de nada, que tenía una vida muy ajetreada como para ponerse a pensar si la engañaba; seguía teniendo las mismas atenciones con ella y mi amor no había cambiado por los problemas que tuvimos. También recordé lo que pensé ayer, pedía imposibles o más bien no sabía qué pedir… ¿necesitaba pedir algo? Tal vez que todo aquel vórtice de emociones se detuviera. Esa confusión inusitada de amo a Itzamarai pero me es infiel pero sigo estando con ella pero me cojo a Viridiana pero ella se está hartando pero no me lo dice pero tampoco le explico pero no sé cómo decirle que ando con Itzamarai…


Tropecé con un niño, o más bien ambos tropezamos con el otro. Él estaba jugando y se dio la vuelta muy rápido sin avistar quién pasaba alrededor, yo estaba tan frustrado por la situación, tan sin saber qué hacer que no me percaté ni por dónde caminaba. Yo me llamo Santiago, dijo, y me llevé ese globo de ahí (me señaló un local). Después salió disparado, con una sonrisa enmarcada por sus ojos. Parecía haber hecho la travesura del siglo, algo tan inocente como robar un globo. Me reí, estaba ensimismado en mi persona; por primera vez no quería ser yo. Ser otro, quizás, un niño cuya mayor travesura hasta ahora era robar un globo. 

R. O.

No hay comentarios:

Publicar un comentario