Octubre 12
Pedir imposibles
Desperté con
una sensación poco agradable. Pensé que se trataba de la cruda, propiciada por
la borrachera, pero no me sentía mal en ese sentido: no tenía la boca reseca o
un dolor de cabeza insoportable. Faltaba un par de horas para entregar la
habitación del hotel y Viridiana se encontraba en el baño (poco tiempo después
escuché el sonido de la regadera). ¿Era una cruda moral? Si lo era, me parecía
hipócrita aquella sensación: ¿para qué tenerla ahora si ya había sucedido lo
que tenía que suceder? De forma inevitable me vino a la mente cómo le estaría
yendo a Itzamarai.
En un mundo donde se dice que todo tiene un precio, me preguntaba
cuál era el precio que debía de pagar por la situación en la que me encontraba.
¿Había que pagar algo? Comenzaba a ser insufrible, cambiante. Días antes me
sentía el rey de los mares por saber navegar los mares más embravecidos, los
mares del amor; ahora me sentía con miedo al agua. Un niño que no sabe lo que
quiere, que debe elegir entre dos dulces porque no se puede quedar con los dos.
¡Qué situación tan más absurda comparar a aquellas dos mujeres con dulces!
Seguía indeciso y si hay algo que puedo detestar en una persona es su
indecisión. Me convertí en lo que más detestaba: no en un mujeriego, sino en un
indeciso. ¿Por qué no podía ser como en un principio? Un principio donde estaba
feliz por andar con Itzamarai, donde no había secretos ni infidelidades ni
promesas futuras de explicación. Al salir del hotel me despedí de Viridiana, no
tenía ganas de estar con nadie más ese día. Ella lo tomó a mal, y en parte tenía
razón, no podía desecharla así porque sí. Algo me decía que sabía con certeza
lo que me pasaba, que tenía novia, que le estaba siendo infiel con ella, y toda
la sarta de mentiras que me inventé. Pero aún, si sabía lo que estaba haciendo:
¿por qué seguía conmigo?
Vagando por el centro de la ciudad me pregunté si Itzamarai sabía
algo. Mi ego me decía que ella no sabía nada, que no sospechaba de nada, que
tenía una vida muy ajetreada como para ponerse a pensar si la engañaba; seguía
teniendo las mismas atenciones con ella y mi amor no había cambiado por los
problemas que tuvimos. También recordé lo que pensé ayer, pedía imposibles o
más bien no sabía qué pedir… ¿necesitaba pedir algo? Tal vez que todo aquel
vórtice de emociones se detuviera. Esa confusión inusitada de amo a Itzamarai
pero me es infiel pero sigo estando con ella pero me cojo a Viridiana pero ella
se está hartando pero no me lo dice pero tampoco le explico pero no sé cómo
decirle que ando con Itzamarai…
Tropecé con un niño, o más bien ambos tropezamos con el otro. Él
estaba jugando y se dio la vuelta muy rápido sin avistar quién pasaba
alrededor, yo estaba tan frustrado por la situación, tan sin saber qué hacer
que no me percaté ni por dónde caminaba. Yo me llamo Santiago, dijo, y me llevé
ese globo de ahí (me señaló un local). Después salió disparado, con una sonrisa
enmarcada por sus ojos. Parecía haber hecho la travesura del siglo, algo tan
inocente como robar un globo. Me reí, estaba ensimismado en mi persona; por
primera vez no quería ser yo. Ser otro, quizás, un niño cuya mayor travesura
hasta ahora era robar un globo.
R. O.
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