Noviembre 17
Tristeza
Ha pasado casi
una semana desde que Itzamarai tomó la decisión de abortar. Y digo que tomó la
decisión porque, cuando me envió un mensaje, ya había hecho la cita con la
clínica. No importó mi sentir, y lo entiendo. Nuestra relación terminó
fatalmente y si me envió un mensaje fue porque quería que supiera, y quizás que
estuviera presente. Por eso fui, por eso la acompañé aunque en la clínica no me
trataron del todo bien. Diré que las miradas, desde el policía de la entrada
hasta la doctora, casi nunca cruzaban con la mía. Y si lo hacían, no era una
mirada amable, más bien parecía una mirada que buscaba cultivar la culpa, la
indiferencia. La incomodidad que sentía en ese lugar llegó al punto de sentirme
como el único culpable, como si yo fuera quien la estuviera obligando para que
abortara, que yo no lo quería…
No sé si lo quería, si deseaba ser papá en este momento de mi vida,
si quería que Itzamarai fuera la madre de mi hijo, y no por dudar de ella (pues
sé que hubiese sido una excelente madre) sino por la situación en cómo terminó
nuestra última plática. A pesar de que la estuve buscando en la escuela, que le
enviaba mensajes casi diarios y extensas cartas en correos electrónicos, no hubo
manera de garantizar una respuesta. Y no la hubo, sigue como duda lo nuestro.
Tampoco sé cuál fue el verdadero motivo de Itzamarai para abortar. Lo único que
sé es que fue doloroso, un dolor que nunca sabré (como hombre) su intensidad.
Ella aceptó quedarse en mi casa al día siguiente de que fuimos a la
clínica. Según me dijo, le argumentó a su mamá una cantidad de trabajo en la
escuela y su amiga Vania le hizo el favor de decir que se quedaría en casa de
ella. Yo salí del trabajo y de inmediato la alcancé en una estación del metro.
Una hora más tarde ya estábamos llegando a casa, fuimos a comer al mercado, me
pidió que comprara un par de medicamentos y un paquete de toallas femeninas (a
sabiendas que me sonrojaba en demasía pedir esas cosas en una farmacia, y más
si atendía una mujer) para el proceso que estaba por venir. Media hora más
tarde, ya en la habitación, tomó el resto del medicamento. No pasaron ni veinte
minutos cuando comenzó su dolor, y con ello, mi tristeza.
No podré describir nunca lo que sucedió esa noche. No sé si pude
hacer lo mejor. Trataba de tranquilizarla, de decirle que ya había pasado lo
peor, que era fuerte, que no volvería a pasar por eso, que me gustaría estar yo
en su lugar y tantas otras cosas que por momentos funcionaban. Un par de
ocasiones me veía, con sus ojos llenos de lágrimas y si mi recuerdo no me falla
pude escuchar un claro “gracias por estar aquí” de su parte. Lo peor fue cuando
empezó a sangrar. Tuve que tomar un par de playeras, humedecerlas con agua
tibia y limpiar la sangre que no había podido absorber la toalla. También me
tocó ayudarla a retirarle las toallas cubiertas de sangre, ayudarla a caminar
al baño, taparla y abrazarla cuando le dieron escalofríos al final. No sabré
nunca lo que se siente abortar, pero puedo decir que no es una experiencia
agradable. Es algo triste, que ella consideró necesario (yo también) pero
triste.
Hoy día no quiero pensar cómo lo viven aquellas mujeres que toman
esta decisión respetable, pero que no cuentan con el apoyo de su pareja, de su
familia, y son prejuiciadas y criticadas por la sociedad. Mujeres que abortan
en lugares clandestinos, con métodos más dolorosos y en una soledad tan inhóspita
como un vientre ahora vacío.
R. O.
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