lunes, 5 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 5)

Agosto
5
Comienzos


El día de hoy ella inició un nuevo semestre en la universidad. Me llamó por la tarde para decirme cómo me estaba yendo en el trabajo y lo maravillosos que habían sido sus nuevos profesores. La escuché contenta y eso siempre me ha sacado una sonrisa. No le fue fácil entrar a la universidad ni mucho menos continuar estudiando. Ha tenido momentos en los que se ha visto en la duda si continuar o no, pero ha sabido sortear cada obstáculo. Está casi a la mitad de la carrera y ya planea concursar por un intercambio escolar en alguna otra universidad latinoamericana. Su sueño es viajar a Chile y va a dar todo lo que está en ella para conseguirlo.

Después de terminar la plática por celular regresé a mi trabajo. A diferencia de ella, yo no tuve la oportunidad de continuar estudiando en alguna universidad. Trabajo en el área de redacción para una editorial que se dedica a la producción de revistas de diverso índole. Aunque no tuve la oportunidad de estudiar una profesión, destacé como un buen alumno. Me encantaba, más bien, me sigue encantando la idea de aprender cosas nuevas. La lectura, por ejemplo, fue uno de esos caminos que desde pequeño me permitió conocer y desarrollar algunas habilidades, entre ellas a escribir con buena ortografía. Ella también sabe mi gusto por la lectura, por lo que de vez en cuando saca algún libro de la biblioteca de su universidad para prestármelo y leerlo. Mi género favorito son los cuentos y los libros de historia sobre mi país.  

Al llegar a casa, después de una jornada de trabajo compleja, caminé a la tienda por una coca-cola y me encontré con uno de mis vecinos. Lo vi descender de su automóvil, un Mitsubishi Lancer último modelo, vistiendo un traje impecable y llevando en una de sus manos una bata en la que se apreciaba el logotipo del Hospital Ángeles. Sí, sentí envidia. Desde pequeño, él siempre tuvo muchas y muy buenas oportunidades, mismas que le permitieron entrar a la Facultad de Medicina y posteriormente al hospital. Su auto se llevaba de corbata al mío, que es apenas un viejo cacharro que no se ha descompuesto por obra del espíritu santo. Por si fuera poco, físicamente es sano, más bien atlético, siendo motivo de más de un suspiro en la calle donde vivimos. Volví a compararme con él y con el sobrepeso que me cargo, mi vecino termina siendo ese recordatorio permanente de lo que quise haber sido y nunca fui.


El conflicto personal de aquel momento me hizo pasar de largo por la tienda, caminar cuadras y cuadras hasta encontrar un gimnasio (el más cercano de la casa, según recordé) y pedí entrar a una clase. Tuve que esperar veinte minutos más para que diera inicio. Algo en mi interior me pedía a gritos cambiar mi vida, y la idea de que mi presente es el resultado de todo lo negado. Todo comienzo principia por ser emotivo. Hay comienzos que se dan en un instante, como lo fue el coraje que hice conmigo mismo por mi obesidad y forma de vida que llevaba; hay comienzos como los de mi vecino, en los que pareciera que todo se va dando, a placer y cuantas veces sea necesario,  para que cumplan con sus propósitos en la vida; y hay comienzos como los de mi novia, que pese a las adversidades del destino, la necedad de ella es tan grande que puede contra cualquier obstáculo, para tener otro mejor comienzo.   

R. O.

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