Agosto 8
Violeta
Hoy me levanté tarde,
tan tarde que ni si quiera pude pasar a dejar el coche con el mecánico. Se me
quemaban las habas por llegar a la hora de entrada en el trabajo, pues un
retraso más se transformaría inmediatamente en un día sin paga –cosa que a
estas alturas no podía darme ese lujo–. Llegué justo en el límite de la
tolerancia permitida y cuando me dispuse a sentar de inmediato el estómago
comenzó a rugirme, la noche de ayer no cené y cada que no ceno amanezco con un
hambre endemoniada. Infiltrándome hacia la salida sin ser visto por el jefe, aproveché
que tenía una junta en otro de los departamentos de la editorial para salir
corriendo con la señora Rosita, quien hace unos deliciosos tamales y un arroz
con leche que no tiene madre. Con veintitrés varos menos y ya desayunado,
retomé las labores matutinas.
Por la
tarde, al salir del trabajo, recibí una llamada. Se trataba de Violeta:
–¿Qué pasó,
mi´jo, te vas a dejar ver o te vas a apretar el calzón?
–¿Y ese
milagro, perrita, ya se te acabó la despensa o qué?
–Jajaja,
cabrón, brincos dieras. Me acaban de pagar por una exposición que monté allá en
la Roma. Vamos a echar plática, ¿no?
–Mejor dime
que estás foreveraloneando y ni tu gato te pela. ¿Pa´ cuando, mi´ja?
–Pus para orita, pendejín. Ándale, no te voy a
estar rogando.
–Cámara
pinche morra, te veo en una hora en Bellas Artes, sirve que te doy tus putazos.
–¡Ay ajá!
Primero te pateo el culo antes de que logres dármelos. Te veo allá, mi´jo.
A Violeta la
conocí en la preparatoria. No sé muy bien cómo explicar la relación que
llevamos desde hace varios años. Nos conocimos en una clase y para el final del
día parecía que éramos los mejores amigos de toda la vida. Desde las primeras
pláticas nos perdimos el respeto, por decirlo de algún modo, cabuleando,
mentándonos madres y albureándonos. Ese tipo de química, extraña para quien la
conoce, podría parecer a los que no la han experimentado que teníamos la
posibilidad de ser algo más que una buena amistad. No negaré que la idea de un
noviazgo con ella me pasó alguna vez por la cabeza, pero la vez que se lo dije
–recuerdo que fue en una fiesta– me respondió: “no vamos a perder esto por algo
que no funcione”. Desde aquel entonces sólo le volví a insistir un par de
ocasiones más, a lo que ella siempre se mantuvo con la misma respuesta, firme, inamovible.
Conforme pasó el tiempo y cada uno tuvo diferentes romances, me di cuenta que
aquel deseo sólo era eso: temporal.
Llegué con
ella y fuimos al Salón Corona, estuvimos platicando y bebiendo como hace mucho
no lo hacíamos. Me contó que acaba de conocer a un joven que “le ha movido el
tapete”, tanto, que ya piensa en tener algo formal con él. Yo la puse al tanto
de mi vida, de lo que pasaba conmigo y mi novia, y de los planes que tengo a
futuro. No faltaron las bromas, los albures, las mentadas de madre de siempre.
Era como la hermana menor que me hubiese gustado tener, y creo que ella pensaba
lo mismo. Me despedí de ella en la entrada del metro Bellas Artes reafirmando
la creencia de que lo nuestro siempre debió de ser una amistad y nada más. Eso
no quita que la ame, aunque sea un amor diferente al de mi novia o al de mis
padres o al de mi sobrina. Uno puede amar a muchas personas en la vida porque
los amores no se definen por lo que pensamos, decimos o hacemos, los amores se
definen por intuición.
R. O.
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