sábado, 3 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 3)

Agosto
3
La apuesta


La idea surgió en una de esas tantas pláticas con ella, rumbo a su casa. Platicábamos sobre nuestra infancia cuando me confesó que alguna vez tuvo un diario. Era una libreta de color morado –porque detestaba el rosa– en la que escribía sus anhelos, gustos, enfados y temores. “Era como platicarlo con alguien y ese alguien te hiciera sentir acompañada”, me dijo en un tono nostálgico. Yo le platiqué que nunca supe si mis hermanas tuvieron alguno. Lo más probable, si es que llegaron a tener uno, es que haya desaparecido en alguno de esos cambios inesperados que se dan en la vida, como le sucedió a ella cuando tuvo que mudarse con su familia porque habían embargado su casa. Al llegar, ella se despidió como de costumbre y al final me dijo con una sonrisa: “deberías escribir un diario”.  

Mientras conducía de regreso a casa, imaginaba cómo sería eso de escribir un diario. De inmediato pensé que se trataba de algo cursi, que no tendría nada memorable que escribir, y si lo tuviese, no tendría mayor eco que aquellas páginas. Los diarios son para niñas, quizás para alguna que otra jovencita, pero no para mí. Además, a penas si con las actividades diarias, el trabajo y las responsabilidades en casa, tengo tiempo para mí. No me imagino sentado en la cama escribiendo confesiones pueriles en una hojita de papel. A la hora de la comida, ya en casa, aún me rondaba aquella idea sobre el diario. Suponía que debía de escribir en una libreta de colores “vistosos” –ya me imagino yo cargando por todas partes una pinche libretita rosa–, escribir con plumas de color de gel palabras ridículas, dibujar una que otra mariposa puñetera y decir lo mucho que amo a mi novia. Ya para el postre, estaba más que desechada la irrisoria idea.



Por la noche, ella me llamó por teléfono, me dijo que mañana tenía cosas por hacer y que prefería verme en la semana. Volvió a traer a cuenta lo del diario. Bromeamos un poco al respecto, le dije que tenía que enseñarme a escribir cosas empalagosas, además de que, como buen diario, estaba estrictamente prohibido que alguien más, incluso ella, lo leyera. “Si lo escribes me cae de madres que te llevo al concierto de los Cadillacs de este año”, dijo y yo le seguí el juego. Hacer como que escribía pequeñas notas románticas a cambio de un concierto gratuito en primera fila de uno de mis grupos favoritos, que por múltiples circunstancias aún no había tenido la oportunidad de escucharlos en vivo (en realidad se trataba de dinero, porque cuando sucedían los conciertos coincidían en épocas en las que no tenía ni un misero tostón), era algo que no podía desaprovecharse así porque sí. Sin más, le tomé la palabra y cerramos el trato, que más bien parecía una apuesta. 

R. O.           

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