Agosto 24 y 25
Hermandad
Ante mi
desánimo por el infortunio de no haber logrado establecerme en el nuevo trabajo
editorial hubo una reunión con mis amigos, que desde la preparatoria (cuando
los conocí a todos) han estado –como yo con ellos– en cada uno de nuestros
momentos de alegría, pero sobre todo en los momentos más nauseabundos y
tristes. Entre los cinco hemos conformado no sólo una amistad, sino más bien
una hermandad, una cofradía, los cinco mosqueteros si se quiere.
Después del trabajo de sábado por la mañana, pues comenzó a juntarse
de nuevo la carga de trabajo, me vi con Itzamarai para ir al centro a comer
algo, terminamos por comer algo en La
casa del pavo y de ahí cada uno se dirigió a su casa. Ella sabía de mi
reunión y sólo me deseó que me la pasara muy bien, pues hacía mucho tiempo que
no me reunía con todos mis hermanos y quizás el juntarme con ellos me ayudaría
a pasar el mal sabor de boca que fue no haberme quedado con el trabajo. Yo le
di las gracias por los buenos deseos. Si hay algo que también me encanta de mi
novia es la cuestión de las salidas con amigos. Ambos sabemos que conocimos
gente antes de conocernos nosotros y que eso, lo de conocer personas nuevas–
seguirá pasando. También estamos conscientes de la libertad del otro, por fortuna
ninguno ha armado alguna escena de “no vas con tu amigo(a) porque yo lo digo”
pues reconocemos que, en nuestras experiencias pasadas, a cada uno le fue como
en feria respecto a las reuniones con amistades. En mi caso, mi anterior pareja
casi no me dejaba ver a mis hermanos, y peor aún si se trataba de salir con una
amiga porque entonces ya la estaba señalando a ella de “facilota” y a mí de infiel.
Por suerte, para ambos, eso ha cambiado; sabemos lo que ya no queremos en
nuestra vida como pareja y por eso hemos logrado tener la comunicación y
confianza suficiente con el otro.
En la tarde pasé a mi casa para tomar unas cosas y llevarme el
coche. Metí en una mochila todo lo necesario y después me despedí de mi papá
avisándole que no regresaría hoy sino hasta mañana en la noche. Mi papá conoce
a mis hermanos desde hace mucho, tanto como yo los conozco, por lo que el decir
“voy con mis hermanos” es como si también fueran sus hijos. Me dio tiempo
suficiente par allegar puntual al novenario del abuelo de mi amigo Esteban.
Después del rosario, salimos de su casa para viajar a la casa de Santiago,
quien propuso su hogar para la reunión, y en el camino Esteban llamó a Luis y a
Daniel para saber si también se dirigían hacia la casa de Santiago. En cuarenta
y cinco minutos llegamos a casa de Santiago, quien nos recibió con gusto. Desde
hace tiempo no nos reuníamos en su casa porque tuvo una remodelación.
Anteriormente la casa de Santiago era muy pequeña para todos los que vivían
ahí: sus padres, su hermano y él. En su cocina si entraban dos personas ya era
montón. A pesar del reducido espacio, la sentíamos como nuestro propio hogar,
más por las atenciones que siempre hemos recibido de sus padres, en especial de
Lila, su mamá. Después de titularse Santiago logró obtener un buen empleo y
gracias a ello, a muchos años de esfuerzo, ha logrado hacerse de muchas cosas,
que en su momento no se podía. El mejor de los ejemplos es su propia casa. De aquel
reducido espacio sólo se conservó el orden que tenía: la cocina se amplió
muchísimo, tanto, que ahora cabe el comedor, la sala de estar se duplicó en
tamaño además de que ahora tenía un televisor de pantalla plana –yo muero por
uno de esos en mi casa– donde juega con su consola de videojuegos. Aunque el
baño y el cuarto de servicio quedaron del mismo tamaño, cambiaron la loza del
suelo para que combinara con el resto de la casa, y después de mucho tiempo por
fin tiene su propia habitación, que se ha dedicado en organizar con sumo cuidado.
Al entrar Lila también nos dio la bienvenida y preguntó por Luis y Daniel. En
ese momento tocaron a la puerta, se trataba de Luis. Decidimos que, mientras
Daniel llegaba a la casa, ir por la cena y las cosas para ambientar la reunión.
Compramos una cantidad grosera de tacos de tripa, pastor, campechano como si
cada fuera a comerse quince. El récord del mayor número de tacos engullidos en
una sola sentada ha sido de Esteban, con dieciocho y un dolor de estómago insufrible,
motivo de risas nostálgicas cada que volvemos a comprarlos. Pasamos a una
tienda por refrescos y cigarros y para cuando regresamos a casa de Santiago,
Daniel ya nos esperaba adentro, platicando con Lila.
Ya casi a media noche empezamos a platicar mientras cenábamos y nos
dimos cuenta, diez tacos cada quien después, que haber pedido tantos no fue una
excelente idea. Recordamos los tiempos en la preparatoria cuando yo podía
engullirme dos tortas Joe Montana y un litro de Coca-cola sin empacho y Esteban
dos tortas Jorge Campos, algo así como una cubana, y un litro de Boing. O la
ocasión en que Daniel, en un puesto de antojitos mexicanos, se comió un “Arca
de Noé” (como así nombró al hecho de tragarse dos piezas de todos los antojitos
que tenga el puesto en cuestión) y horas más tarde dijo que tenía hambre.
Después comenzamos a beber, llevé una botella de ron Zacapa XV, pues tenía
pensado abrirla para celebrar mi nuevo trabajo, y como aquel sueño se había
ido por el drenaje más profundo no tenía caso seguir conservándola. Santiago
hizo lo propio con una botella de Brandy, además de obsequiarnos unos caballitos,
como recuerdos de su reciente viaje a Perú. Cuatro tragos fueron suficientes
para ablandar a Esteban y pudo llorar lo que no había podido en estos días por
la muerte de su abuelo. Luis y yo nos unimos a esas malas noticias, pues a él
le habían quitado el empleo y yo no me quedé en tan anhelado puesto. Parecía
que a los únicos que les estaba yendo bien era a Daniel y a Santiago, y ni
tanto; ambos han tenido que trabajar a marchas forzadas en sus trabajos y han
tenido que desvelarse un par de días durante la semana para lograr salir a
flote.
Como sea, aquella reunión duró hasta la tarde del día siguiente.
Daniel se fue primero porque tenía que entrar a trabajar –¡En domingo, que Dios
se apiade de su alma!–. Esteban y yo quedamos desechos y con una cruda que sólo
un sal de uvas pudo quitarnos y Luis y Santiago se dedicaron a platicar algunas
cosas sobre un proyecto de teatro que tenían en común. De regreso pase a dejar
a sus casas a Esteban y a Luis, para llegar a la mía cerca de las seis de la
tarde. A esa hora llame a Itzamarai para decirle que la reunión había marchado
de maravilla y que me dispondría a descansar el resto del día. Ella me dijo que
saldría con su mamá y después se prepararía para un examen. Recostado en la
cama, me di cuenta que siempre tenemos una red en la cual caer. No importa la
caída, sino quién está para levantarnos.
R. O.
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