miércoles, 14 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 13)

Agosto 13
Sólo es barniz, mi amor

Hoy cumple años la hermana de Itzamarai. Después del trabajo me quedé de ver con mi novia para buscar un obsequio. Mientras caminábamos por las calles del centro de la ciudad ella me platicaba cómo le estaba yendo en la universidad. Terminamos por visitar una tienda de ropa y en ésta ella encontró una blusa que, a su parecer, le quedaría muy bien. Itzamarai quiso complementar su obsequio con un par de accesorios, hecho que significó caminar por más tiempo hasta encontrar los indicados.

Ir de compras, más cuando se trata de ropa o zapatos, puede resultar caótico para un hombre y maravilloso para una mujer, según se cree. Itzamarai no ha sido la única mujer a la que he acompañado, también lo he hecho con amigas y sobre todo con mis hermanas. Sean pocas o muchas, me he dado cuenta que tienen algunas similitudes que bien podrían traducirse como todo un ritual femenino. En ese ritual es obligatorio visitar cada una de las tiendas donde se pueda conseguir el objeto deseado. Bien podrían hallarlo en la primera tienda que visitan o quizás deban de visitar tienta tras tienda. Como hombre, quiero creer que es así para la mayoría, el ir de compras no nos resulta del todo fantástico. Se dice que somos más sencillos que ellas, y quizás tenga algo de razón quien lo dice; mientras ellas buscan tienda tras tienda, nosotros compramos justo lo que necesitamos, del color que haya y de la talla más cómoda. Una compra que dura un par de horas, en promedio imaginario, de una mujer puede simplificarse en media hora para un hombre. Y sí, a más de uno le ha pasado ver que su acompañante, después de visitar cada una de las tiendas habidas y por haber del lugar, termina decidiéndose por la prenda que vio en el primer establecimiento. Para nosotros: un pantalón es un pantalón y punto; una camisa, también.

Itzamarai terminó por comprar un par de barnices para ella y unos aretes “que le hacen juego a la blusa” para su hermana. Después de aquella travesía, pasamos a comer en La Pagoda. Ella me dijo que le encantaba salir conmigo porque no me desesperaba para acompañarla en sus compras y que incluso la ayudaba para decidirse entre una cosa o la otra. Y es cierto, aunque no me canso de acompañarla, quizás por costumbre, ella también ha sido más consciente con sus tiempos para esos asuntos. Aun así, siempre tengo un plan de emergencia: cargo conmigo algún libro. Estábamos terminando con el postre –una comida muy rica en aquel lugar, como siempre– cuando me dijo que si podía prestarle mi mano. Lo hice sin saber para qué la quería y cuando me di cuenta tenía ya abierto uno de sus barnices y se disponía a pintarme una uña.

–¿Qué haces?
–Sólo es barniz, mi amor. Quiero ver cómo se ve el color y yo traigo pintadas las uñas.
–Sí, pero de regreso a casa se me van a quedar mirando extraño…
–Ni que se te fuera a caer la verga, mi machito; además, hay hombres que se las pintan.
–Sí, pero son como Marilyn Manson o Paco Palencia, y yo no quiero parecerme en nada a esos tipos.


Ella soltó una carcajada, misma que me provocó una sonrisa. Sobre el barniz, era uno color azul cielo. Camino a casa me pregunté: ¿qué de malo tiene que algunos hombres quieran pintarse las uñas?  

R. O.

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