Agosto 13
Sólo es barniz, mi amor
Hoy cumple años la hermana de Itzamarai.
Después del trabajo me quedé de ver con mi novia para buscar un obsequio.
Mientras caminábamos por las calles del centro de la ciudad ella me platicaba
cómo le estaba yendo en la universidad. Terminamos por visitar una tienda de
ropa y en ésta ella encontró una blusa que, a su parecer, le quedaría muy bien.
Itzamarai quiso complementar su obsequio con un par de accesorios, hecho que
significó caminar por más tiempo hasta encontrar los indicados.
Ir de compras,
más cuando se trata de ropa o zapatos, puede resultar caótico para un hombre y
maravilloso para una mujer, según se cree. Itzamarai no ha sido la única mujer
a la que he acompañado, también lo he hecho con amigas y sobre todo con mis
hermanas. Sean pocas o muchas, me he dado cuenta que tienen algunas similitudes
que bien podrían traducirse como todo un ritual femenino. En ese ritual es
obligatorio visitar cada una de las tiendas donde se pueda conseguir el objeto
deseado. Bien podrían hallarlo en la primera tienda que visitan o quizás deban
de visitar tienta tras tienda. Como hombre, quiero creer que es así para la
mayoría, el ir de compras no nos resulta del todo fantástico. Se dice que somos
más sencillos que ellas, y quizás tenga algo de razón quien lo dice; mientras
ellas buscan tienda tras tienda, nosotros compramos justo lo que necesitamos,
del color que haya y de la talla más cómoda. Una compra que dura un par de
horas, en promedio imaginario, de una mujer puede simplificarse en media hora
para un hombre. Y sí, a más de uno le ha pasado ver que su acompañante, después
de visitar cada una de las tiendas habidas y por haber del lugar, termina decidiéndose
por la prenda que vio en el primer establecimiento. Para nosotros: un pantalón
es un pantalón y punto; una camisa, también.
Itzamarai
terminó por comprar un par de barnices para ella y unos aretes “que le hacen
juego a la blusa” para su hermana. Después de aquella travesía, pasamos a comer
en La Pagoda. Ella me dijo que le
encantaba salir conmigo porque no me desesperaba para acompañarla en sus
compras y que incluso la ayudaba para decidirse entre una cosa o la otra. Y es
cierto, aunque no me canso de acompañarla, quizás por costumbre, ella también
ha sido más consciente con sus tiempos para esos asuntos. Aun así,
siempre tengo un plan de emergencia: cargo conmigo algún libro. Estábamos
terminando con el postre –una comida muy rica en aquel lugar, como siempre–
cuando me dijo que si podía prestarle mi mano. Lo hice sin saber para qué la
quería y cuando me di cuenta tenía ya abierto uno de sus barnices y se disponía
a pintarme una uña.
–¿Qué haces?
–Sólo es
barniz, mi amor. Quiero ver cómo se ve el color y yo traigo pintadas las uñas.
–Sí, pero de
regreso a casa se me van a quedar mirando extraño…
–Ni que se te
fuera a caer la verga, mi machito; además, hay hombres que se las pintan.
–Sí, pero son
como Marilyn Manson o Paco Palencia, y yo no quiero parecerme en nada a esos
tipos.
Ella soltó una
carcajada, misma que me provocó una sonrisa. Sobre el barniz, era uno color
azul cielo. Camino a casa me pregunté: ¿qué de malo tiene que algunos hombres
quieran pintarse las uñas?
R. O.
No hay comentarios:
Publicar un comentario