Agosto 12
Un mejor amigo
Pareciera ser
cosa de la naturaleza: no podemos vivir solos y necesitamos de otros seres
humanos para nuestro desarrollo. Como dicen por ahí: “uno nace en una familia
al azar, pero los amigos son por elección”. Y aunque algunas personas aseguren
y presuman que tienen muchos amigos, siempre le damos más atención y tiempo a
uno en específico. Ese trascendental amigo puede ir cambiando, amigo tras
amigo, con el tiempo o serlo toda la vida. En mi caso, se llama Luis.
Pareciera ser cosa del destino. Conocí a Luis en la preparatoria, a
finales del primer año. Recuerdo haberlo visto por vez primera mientras cruzaba
de un salón a otro. También nos conocíamos “de reojo” porque frecuentábamos la
misma zona de la preparatoria. En el segundo año coincidimos en el mismo grupo
y por azares de quién sabe quién o qué una de las profesoras no pudo asistir a
clase, por lo que aprovechamos para jugar un juego de cartas (Yu gi Oh!). Para
sorpresa de él –más la mía– gané aquella primera partida y con ello su amistad.
Desde entonces, han sido muchas las experiencias que he pasado a su lado y de
todas he aprendido bastante. Con el tiempo, logró ingresar a la universidad y
hoy día tiene una compañía de teatro. Él sabe que desde que lo conozco tengo
cierta admiración por su persona. Un par de años fue becario de una institución
para que él escribiera teatro y cada una de sus obras siempre superaba a la
última.
Pareciera ser útil escribir aquí que después de la rutina
despertar-ejercicio-trasladarse al trabajo-trabajar como Godínez-comer-regresar
a trabajar como Godínez-salir, le mandé un mensaje para saber si tenía la noche
libre. Quedamos de vernos por la noche en un puesto de “antojitos mexicanos”,
como así le dicen a una
quesadillería-tortería-pambazería-gorditacería-taquería-alambrería-sopería-huarachería-flautería.
A las ocho de la noche Luis ya se encontraba en el lugar, nos saludamos con un
fuerte abrazo, pedimos algo para cenar y comenzamos a platicar. Después de la
comida, me invitó a ir a su casa para continuar la plática con unas cervezas,
hecho que acepté. La casa de Luis queda muy cerca de donde vivo, por lo que
decidimos caminar un par de avenidas, desde el puesto, y fumar un cigarro.
Pareciera ser la misma impresión hospitalaria de siempre. Al llegar
a su casa, fui recibido por sus papás quienes me han tratado como otro hijo
suyo y hermano de Luis. Después de saludarlos pasé a su habitación. A pesar de
tener poco espacio, bien cabe ahí un ropero, un librero, una cama y un
escritorio. Luis trajo un six de cervezas del refrigerador y nos dispusimos a
beber mientras terminábamos de platicar. Aproveché que estaba en su casa para
devolverle el segundo libro de Harry Potter y de inmediato me prestó el tercero
–y qué maravilla, porque me quedé intrigado con la historia–. Después encendió
el Nintendo 64 para jugar Pokémon Stadium y recordar aquellas tardes frikis después de salir de clases. Tal
vez nunca conozca qué es eso de la amistad sempiterna, incondicional y
perfecta, mas la que tengo con Luis se acerca.
R. O.
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