domingo, 18 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 17)

Agosto 17
Problemas de casa

La noche anterior Itzamarai se quedó en mi casa, después de que su mamá accediera a darle permiso –argumentamos la hora y el funeral– para que regresara a casa al día siguiente. Como si se tratara de una recompensa por haber acudido con Esteban, ella y yo pensamos en la maravillosa noche que pasaríamos, aunque teníamos que levantarnos temprano porque mi novia también tiene clases los días sábado.

La alarma del celular empezó a sonar a las seis treinta de la mañana, decidimos dormir media hora más. A las siete y cuarto nos levantamos ya con el tiempo encima. Nos dimos un duchazo rápido, y en punto de las ocho salimos rumbo a la universidad. Por suerte no hubo tanto tránsito, lo que nos permitió llegar cerca de las nueve de la mañana, aunque sin desayunar. Mientras Iztamarai entró a sus clases, yo desayuné algo ligero, un jugo, y fui al gimnasio de la universidad para hacer ejercicio. A pesar de no tener ni un mes con la actividad física, he notado los cambios en mi cuerpo. No es que haya adelgazado de la noche a la mañana, pero me he sentido con más vitalidad, más ligero y cada vez más motivado por continuar ejercitándome. Hice ejercicio un par de horas y el resto lo dediqué a leer en la biblioteca. Continué con el libro de Harry Potter y el prisionero de Azkaban que Luis me había prestado la ocasión en que visité su casa. Cerca de la una de la tarde, Itzamarai me alcanzó en la biblioteca y decidimos ir a comer, pues los dos sólo teníamos un yogurth y un jugo en el estómago, respectivamente.


Después de comer nos quedamos recostados en una de las áreas verdes de la universidad. Le pregunté sobre su día de escuela. Dormimos una hora en el pasto –eso de levantarse temprano los sábados no es de Dios– y terminamos por comprar unas libretas para sus nuevas asignaturas, un libro publicado por uno de sus profesores y algo de fruta para el camino. Horas después la llevé a su casa y su mamá ya nos estaba esperando. Al parecer había problemas. Al entrar a la casa pidió hablar con nosotros. Estaba molesta y tenía razón: Itzamarai olvidó el celular y nunca le dijo a su mamá que regresaría más tarde de la hora acordada. “Ella tiene un horario, y si accedí a dejarla quedarse en tu casa es porque ustedes también van a llegar a la hora acordada”. Mi novia argumentó que su madre tenía mi número telefónico, pero ella le respondió que la obligación de comunicarse era de su hija. Le pedí disculpas por lo que había sucedido y ambos nos comprometimos a que no volvería a suceder. “Mi hija debe llegar  a una hora acordada porque también tiene responsabilidades que hacer en casa, y si de por sí llega tarde y llega contigo, no me lo tomes a mal, pero eso la va a retrasar más. Y no lo veas como que no te quiero en mi casa porque sabes que eres bienvenido, pero como le dije a mi hija: cuando te doy permiso para salir con tu novio es tiempo suyo y saben lo que hacen o no, cuando estás aquí en casa es tiempo de casa”: Itzamarai y yo terminamos por pedir disculpas, me despedí de su mamá y mi novia me acompañó a la salida. “Perdónala, pero luego se pone así y eso me desespera”. No entendí la razón de ella, pues creo que su mamá tenía su molestia justificada. Como fuera, le dije que no había problema y que procuraríamos que eso no pasara, si es que queríamos llevar la fiesta en paz. Nunca he sido de las personas que buscan ni se meten en problemas, y no quiero serlo por mucho tiempo.  

R. O.

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