Agosto 16
Un funeral
Los días
viernes Itzamarai sale noche de la escuela, pues debe recursar un par de
materias. Teníamos pensado cenar algo cerca de la universidad y después pasar
un par de horas en alguno de los tantos moteles que ofrece la ciudad. Sin
embargo, momentos después de que terminamos de cenar, recibí la llamada de
Daniel, muy amigo mío:
–Hermano, ¿no
le interrumpo?
–Para nada
hermano. Dígame, ¿para qué soy bueno?
–Le traigo
malas noticias, hermano. El abuelo de Esteban acaba de fallecer. Luis me llamó
para decirme y me pidió de favor que te dijera a ti y a Santiago. Yo no podré
ir al velorio, pero si usted puede ir, dele un abrazo de mi parte.
–Lamentable,
hermano. Gracias por avisarme.
–De acuerdo,
hermano. Se lo encargo mucho. Hasta luego.
–Pierda cuidado,
hermano. Hasta luego.
Le dije la noticia a Itzamarai, quien también quedó conmovida.
Decidimos cambiar nuestros planes para acudir con Esteban. En el camino
platicamos sobre nuestros abuelos. A ella sólo le queda su abuela materna, pues
los paternos se distanciaron de su familia y hasta la fecha no tiene razón
alguna de ellos. En mi caso, fue poca la relación que establecí con mis abuelos,
aunque amena. Mi abuela paterna, por ejemplo, falleció años antes de que yo
naciera y mi abuelo paterno –de quien tengo gratos recuerdos de mi infancia en
su taller de carpintería–, falleció cuando tenía como diez años. De mis abuelos
maternos tengo pocos recuerdos. Mi abuela materna siempre que nos visitaba me
dejaba domingo o bien me llevaba a comprar uvas –fascinación de la infancia–,
mientras que mi abuelo paterno, quien trabajó por muchos años en el aeropuerto,
me traía muchos dulces después de realizar cada uno de sus viajes, hasta que, ya
jubilado, falleció de cirrosis y yo no pude asistir a su funeral.
Cuando arribamos al lugar ya nos esperaban Luis y Santiago. Después
de saludarnos nos dirigimos con Esteban para darle ánimos, un abrazo, unas
palabras, lo que fuera necesario para aliviar su pena, pero no se nos ocurría
qué. Fue él quien inició y nos platicó lo que había sucedido. “Qué curiosa es la vida.
Hoy por la tarde comí con él y cuando regresé del partido me dijeron que iba
rumbo al hospital… y tiempo después me dijeron que esa fue la última comida que
tuve con él”. No pudo evitar un nudo en la garganta, el abuelo de Esteban fue
como su padre, pues éste vivía en provincia y cuando Esteban llegó a la ciudad
muy joven estuvo bajo el cuidado de su abuelo. Después de intentar consolarlo y sin saber cómo, Luis nos
llamó a Santiago y a mí hacia adentro de la casa en tanto Esteban seguía platicando con Itzamarai. Cuando él quedó más tranquilo por las palabras de mi
novia entró para buscarnos. Entonces se dio cuenta que Luis, Santiago y yo
estábamos haciendo guardia al ataúd donde yacía el cuerpo de su abuelo. Tal vez
no supimos decirle las palabras correctas a Esteban, pero ese fraternal acto le
dijo todo.
R. O.
No hay comentarios:
Publicar un comentario