sábado, 17 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 16)

Agosto 16
Un funeral

Los días viernes Itzamarai sale noche de la escuela, pues debe recursar un par de materias. Teníamos pensado cenar algo cerca de la universidad y después pasar un par de horas en alguno de los tantos moteles que ofrece la ciudad. Sin embargo, momentos después de que terminamos de cenar, recibí la llamada de Daniel, muy amigo mío:

–Hermano, ¿no le interrumpo?
–Para nada hermano. Dígame, ¿para qué soy bueno?
–Le traigo malas noticias, hermano. El abuelo de Esteban acaba de fallecer. Luis me llamó para decirme y me pidió de favor que te dijera a ti y a Santiago. Yo no podré ir al velorio, pero si usted puede ir, dele un abrazo de mi parte.
–Lamentable, hermano. Gracias por avisarme.
–De acuerdo, hermano. Se lo encargo mucho. Hasta luego.
–Pierda cuidado, hermano. Hasta luego.

Le dije la noticia a Itzamarai, quien también quedó conmovida. Decidimos cambiar nuestros planes para acudir con Esteban. En el camino platicamos sobre nuestros abuelos. A ella sólo le queda su abuela materna, pues los paternos se distanciaron de su familia y hasta la fecha no tiene razón alguna de ellos. En mi caso, fue poca la relación que establecí con mis abuelos, aunque amena. Mi abuela paterna, por ejemplo, falleció años antes de que yo naciera y mi abuelo paterno –de quien tengo gratos recuerdos de mi infancia en su taller de carpintería–, falleció cuando tenía como diez años. De mis abuelos maternos tengo pocos recuerdos. Mi abuela materna siempre que nos visitaba me dejaba domingo o bien me llevaba a comprar uvas –fascinación de la infancia–, mientras que mi abuelo paterno, quien trabajó por muchos años en el aeropuerto, me traía muchos dulces después de realizar cada uno de sus viajes, hasta que, ya jubilado, falleció de cirrosis y yo no pude asistir a su funeral.


Cuando arribamos al lugar ya nos esperaban Luis y Santiago. Después de saludarnos nos dirigimos con Esteban para darle ánimos, un abrazo, unas palabras, lo que fuera necesario para aliviar su pena, pero no se nos ocurría qué. Fue él quien inició y nos platicó lo que había sucedido. “Qué curiosa es la vida. Hoy por la tarde comí con él y cuando regresé del partido me dijeron que iba rumbo al hospital… y tiempo después me dijeron que esa fue la última comida que tuve con él”. No pudo evitar un nudo en la garganta, el abuelo de Esteban fue como su padre, pues éste vivía en provincia y cuando Esteban llegó a la ciudad muy joven estuvo bajo el cuidado de su abuelo. Después de intentar consolarlo y sin saber cómo, Luis nos llamó a Santiago y a mí hacia adentro de la casa en tanto Esteban seguía platicando con Itzamarai. Cuando él quedó más tranquilo por las palabras de mi novia entró para buscarnos. Entonces se dio cuenta que Luis, Santiago y yo estábamos haciendo guardia al ataúd donde yacía el cuerpo de su abuelo. Tal vez no supimos decirle las palabras correctas a Esteban, pero ese fraternal acto le dijo todo. 

R. O.

No hay comentarios:

Publicar un comentario