martes, 27 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 26)

Agosto 26

Un mal sueño

Cerca de las dos de la mañana del día lunes recibí un mensaje de Iztamarai: Te amo mucho. Pase lo que pase siempre recuérdalo, siéntelo y dalo por hecho. Perdón si te despierto, si me has sentido dispersa y de un ánimo terrible últimamente. Le llamé para saber qué sucedía, pues es raro que me mande mensajes a esas horas de la madrugada, pero no contestó. Intenté de nuevo, siguió sin contestar. Le mandé un mensaje diciéndole que me extrañaba que no contestara, pero que no la sentía dispersa ni con ánimos terribles, le reiteré mi amor y le dije que descansara porque su semana en la escuela sería estresante (empiezan los primeros exámenes en algunas asignaturas). Esperé algunos minutos para ver si respondía mi mensaje, tantos que el sueño terminó por vencerme.

Después tuve un sueño difícil. Recuerdo muy pocas cosas, como que ella se encontraba con un semblante triste y yo intentaba consolar algo de por sí inconsolable. Luego mis miedos más frecuentes de niño se hicieron presentes, como los camiones, las vías del metro, los humanos con cabeza de perro y las arañas de colores nocivos y tamaños descomunales. Por suerte, fui despertado por Sebastián, mi gato, quien maullaba y arañaba la puerta afuera de mi habitación para que le abriera y pudiera pasar. Me levanté para darle de comer mientras recordaba lo que había sucedido. Tomé el celular para marcarle de nuevo a mi novia, pero me mandaba a buzón. “Quizás esté en clase”, pensé. Terminé por enviarle un mensaje, diciéndole que, si ella quería, podíamos vernos a la hora de la comida en mi trabajo para platicar. Sin esperar pronta respuesta, me preparé para ir a hacer ejercicio y después dirigirme al trabajo.

Hace mucho tiempo que no soñaba con mis pesadillas, intuí que el mensaje de la madrugada de Itzamarai me había dejado inquieto y eso provocó el mal sueño. Para la hora de comida del trabajo no recibí ninguna respuesta de ella. Comenzó a preocuparme, más cuando intenté llamarla y ahora me mandaba directamente a buzón: había apagado el teléfono. Intenté calmarme en la fonda pero el ruido de la gente, las pláticas que se cruzaban en la mesa y la música del local no me lo permitió. ¿Estará bien? ¿Habrá ido a la escuela? ¿Le pasó algo malo? ¿Por qué apagó su teléfono? ¿Llegó a su casa? ¿Por qué debería de sentirme amado pasara lo que pasara? ¿Salió a una fiesta? ¿Salió con alguien? ¿Se quedó con alguien y no llegó a su casa? Mi mente produjo un desvarío en todas las direcciones posibles, todas menos en alguna que me condujera a un sentir más tranquilo. Para cuando salí del trabajo tenía pensado ir a su casa, era la única manera de averiguar qué había sucedido y así quitarme de una vez por todas las angustias producidas desde  aquel mensaje en la madrugada.


Un par de horas después llegué a la casa de Itzamarai. Toqué y me abrió su madre, quien se sorprendió al verme. “¿Qué no mi hija está contigo?”, preguntó, provocándome un hueco en el pecho. “No, ¿qué no está aquí?”, le respondí ya con el ritmo cardíaco acelerado. “Me acaba de llamar a la casa, me dijo que estaba contigo y que en media hora llegaba”, dijo su mamá y entonces entendí que aquel mal sueño no fue una pesadilla, sino un augurio de algo que estaba sucediendo. ¿Dónde estuvo? ¿Por qué nos mintió? ¿Qué hizo?        

R. O.

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