Agosto 6
Una grúa en una noche lluviosa
Ella
llegó por sorpresa minutos antes de la hora que nos dan para comer en el
trabajo. Decidimos caminar rumbo a una de las fondas que se encuentran cerca
para aprovechar el tiempo lo más posible. Aunque parecieran pocos los días que
no nos habíamos visto, el no vernos nos provoca una ansia y anhelo que sólo
pueden encontrar paz cuando nuestras miradas vuelven a encontrarse. Sabemos que
hay ocasiones en que los asuntos suyos con la escuela (sobre todo al final de
semestre) o cuando la carga de mi trabajo aumenta en demasía resulta poco
probable frecuentarnos. No sé cómo le haremos ella y yo si logra que le den ese
intercambio a Chile…
Mientras
comíamos en la fonda, comenzó a platicarme sobre sus nuevos maestros, las
primeras impresiones que tenía en este semestre que estaba iniciando y de los
pormenores sobre algunas de sus amigas. Me platicó que una de ellas, Eloísa, se
comportó un poco extraño el primer día de clases. “No sé, pero la veo como
rara. Además, la muy cabrona hoy no vino a clases”. Según sospechas de mi novia
y otra de sus amigas suponían que Eloísa estaba embarazada. “Tú sólo fíjate –me
decía con un tono similar al de su amiga– es muy raro que hoy no allá venido a
clases y esa panza que se carga no se logra ni tragando como cerdo todas las
vacaciones”. Sean como fueren sus sospechas, mi novia sólo esperaba lo mejor
para Eloísa. “No sé, desde que empezó a andar con ese chavo como que me dio
mala espina el güey”. Intenté reconfortarla, aunque no sabía bien qué decirle.
“A veces uno se vuelve medio pendejo con el amor, pero ni modo, como dicen por
ahí: nadie escarmienta en cabeza ajena”, dijo. Terminamos de comer y ella se
despidió cerca del trabajo para regresar a casa y yo continúe con mi extenuante
labor editorial.
Salí del
trabajo más tarde de lo acostumbrado. A mitad del camino, el coche comenzó a
producir unos sonidos extraños. De inmediato miré el panel y me di cuenta que
el indicador de la temperatura estaba por las nubes. Acto seguido, el vehículo
se apagó, por lo que me vi obligado a encender las intermitentes y orillarme.
Salí del coche, abrí el cofre e intenté ver si podía solucionarlo. Después me
di cuenta que aquella acción fue medio pendeja –obviamente no sé nada de mecánica–.
Dejé el coche cerrado y camine para buscar algún teléfono o un anuncio donde
pudiera encontrar una grúa. No podía creer mi mala suerte de ese momento cuando
la lluvia se hizo presente. Terminé por llegar a una tlapalería, empapado. “Sólo
falta que me orine un perro”, pensé. Afortunadamente el señor del local me
prestó su teléfono y la sección amarilla para buscar el servicio de remolque.
Después de varias llamadas me decidí por el servicio más económico, le di la
dirección, le pagué las llamadas al señor y regresé para esperar la grúa
adentro del carro.
La lluvia
continuó durante todo el trayecto camino a casa. De vez en cuando intercambiaba
algunas palabras con el chofer de la grúa –un tipo muy amable, por cierto–. De
lo poco que me dijo hubo algo que me llamó la atención: “no pareces feliz”.
Quise responderle si él lo era trabajando como chofer de una grúa, si era lo
que había anhelado en su vida, si no quiso ser médico, o piloto aviador o futbolista.
“Sólo es una mala racha que traigo”, respondí. Al dejarme en casa, él se
despidió con un “ojalá pase pronto el mal rato”, a lo que hice una mueca. Lo
que el chofer no sabrá nunca es que esa mala racha la he traído conmigo desde hace
muchos años, tantos, que parecer feliz dejó de ser una preocupación.
R. O.
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