Agosto 10
Itzamarai
Por increíble que
pueda ser, conocí a Itzamarai a través de la red social más importante:
Facebook. Resulta que un amigo mío –casi hermano– tiene una compañía de teatro.
Ella fue a una de las obras presentadas y después de quedar conmocionada
decidió preguntarle a uno de los actores el nombre de la compañía. Con el
nombre, ella encontró la página de dicha compañía en internet. Hubo una plática
con el director de la compañía, mi amigo, en relación a los proyectos que éste
tenía a futuro. Por mi parte, me di cuenta de ella a través de la página (pues
para ese entonces trabajaba en la compañía de mi amigo) y decidí, como ahora se
dice, “estalquearla”. Quedé impresionado por su belleza, sentí una atracción
que, incluso hoy día, a veces me sigue resultando inexplicable. De todas las
fotos que pude mirar esa vez, me topé con una que me fascinó aún más que todas
las anteriores juntas. Confiado en mi intuición y deseo de conocerla le envié
una solicitud de amistad corriendo el riesgo de que nunca aceptara. Y mi
sorpresa fue mayor cuando la aceptó horas después.
No sabía por dónde comenzar, qué decirle. Quería salir con ella,
pero tampoco quería que ella me viera como un depravado o acosador. Me fui por
lo más sencillo, un simple “hola”. Ella, quien se encontraba despierta y
conectada en la red social, respondió a mi conversación con otro “hola”. No sé
de dónde surgieron las palabras, ni de cómo logré que respondiera a cada una de
ellas. Nunca le he preguntado qué pasó por su mente en aquel momento, como
quizás ella nunca sepa lo que yo sentía al hablar con ella por primera vez. Así
pasaron cerca de dos semanas, con pláticas, gustos y “me gusta” en comentarios,
imágenes etc. Parecía que habíamos hecho química y yo le decía a Violeta que no
podía creer la buena suerte que tenía de poder hablar con aquella chica. A la
tercera semana me armé de valor para invitarla a tomar un café al centro,
temiendo ser rechazado o incluso bloqueado y casi brinqué de alegría cuando me
respondió con un “Claro, me agrada la idea”.
Oscar Wilde escribió alguna vez que “… y el misterio del amor es más
grande que el misterio de la muerte”, palabras que confirmaron mis sospechas
para aquella cita. Por una injuria del tiempo, iba con cierto retraso y sin
nada en el estómago. A las 8:20 de la mañana me encontraba en una de las
esquinas del Sanborns de los azulejos esperando, al fin, su presencia. No
esperé mucho, después de un par de minutos apareció detrás de mí. Pronunció mi
nombre y fue como si nadie más lo hubiera dicho tan correcto. Si en las imágenes
me pareció hermosa, el estar frente a ella reiteró con profunda devoción mi esperanza
de ser algo más que un simple conocido, que una simple cita. Esa ocasión
desayunamos en uno de los restaurantes de comida china sobre la calle de Gante.
Después subimos al mirador de la Torre Latinoamericana. El día nos regaló un
paisaje fabuloso. Parecía que todo era parte de una coreografía bien ensayada,
de una obra de teatro donde el ritmo llevó consigo y sin saberlo mis brazos a
su espalda y ella giró su rostro; una escena donde el tono se presentó sin
miramientos para decir un “me gustas” y devolver un “tú también” y sin necesidad
de algún recurso literario o un Deux ex
machina, nuestros labios se entrecruzaron de forma breve, mas ya inevitable.
R. O.
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