sábado, 10 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 10)

Agosto 10
Itzamarai

Por increíble que pueda ser, conocí a Itzamarai a través de la red social más importante: Facebook. Resulta que un amigo mío –casi hermano– tiene una compañía de teatro. Ella fue a una de las obras presentadas y después de quedar conmocionada decidió preguntarle a uno de los actores el nombre de la compañía. Con el nombre, ella encontró la página de dicha compañía en internet. Hubo una plática con el director de la compañía, mi amigo, en relación a los proyectos que éste tenía a futuro. Por mi parte, me di cuenta de ella a través de la página (pues para ese entonces trabajaba en la compañía de mi amigo) y decidí, como ahora se dice, “estalquearla”. Quedé impresionado por su belleza, sentí una atracción que, incluso hoy día, a veces me sigue resultando inexplicable. De todas las fotos que pude mirar esa vez, me topé con una que me fascinó aún más que todas las anteriores juntas. Confiado en mi intuición y deseo de conocerla le envié una solicitud de amistad corriendo el riesgo de que nunca aceptara. Y mi sorpresa fue mayor cuando la aceptó horas después.

No sabía por dónde comenzar, qué decirle. Quería salir con ella, pero tampoco quería que ella me viera como un depravado o acosador. Me fui por lo más sencillo, un simple “hola”. Ella, quien se encontraba despierta y conectada en la red social, respondió a mi conversación con otro “hola”. No sé de dónde surgieron las palabras, ni de cómo logré que respondiera a cada una de ellas. Nunca le he preguntado qué pasó por su mente en aquel momento, como quizás ella nunca sepa lo que yo sentía al hablar con ella por primera vez. Así pasaron cerca de dos semanas, con pláticas, gustos y “me gusta” en comentarios, imágenes etc. Parecía que habíamos hecho química y yo le decía a Violeta que no podía creer la buena suerte que tenía de poder hablar con aquella chica. A la tercera semana me armé de valor para invitarla a tomar un café al centro, temiendo ser rechazado o incluso bloqueado y casi brinqué de alegría cuando me respondió con un “Claro, me agrada la idea”.


Oscar Wilde escribió alguna vez que “… y el misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte”, palabras que confirmaron mis sospechas para aquella cita. Por una injuria del tiempo, iba con cierto retraso y sin nada en el estómago. A las 8:20 de la mañana me encontraba en una de las esquinas del Sanborns de los azulejos esperando, al fin, su presencia. No esperé mucho, después de un par de minutos apareció detrás de mí. Pronunció mi nombre y fue como si nadie más lo hubiera dicho tan correcto. Si en las imágenes me pareció hermosa, el estar frente a ella reiteró con profunda devoción mi esperanza de ser algo más que un simple conocido, que una simple cita. Esa ocasión desayunamos en uno de los restaurantes de comida china sobre la calle de Gante. Después subimos al mirador de la Torre Latinoamericana. El día nos regaló un paisaje fabuloso. Parecía que todo era parte de una coreografía bien ensayada, de una obra de teatro donde el ritmo llevó consigo y sin saberlo mis brazos a su espalda y ella giró su rostro; una escena donde el tono se presentó sin miramientos para decir un “me gustas” y devolver un “tú también” y sin necesidad de algún recurso literario o un Deux ex machina, nuestros labios se entrecruzaron de forma breve, mas ya inevitable.

R. O.

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