viernes, 11 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 11 - Amor dividido

Octubre 11
Amor dividido

Viridiana me llamó por la mañana, quería que saliéramos a bailar. Aproveché que Itzamarai tenía todo el día ocupado (exámenes por la mañana, reunión de su colectivo por la tarde, recursamiento de materias en la noche) y que al día siguiente debía de cubrir una brigada en su práctica, por lo que al salir de la escuela se iría con Vania a la casa de ésta para avanzar con sus pendientes escolares. Hice ejercicio por la mañana, fui rumbo al trabajo (en el metro) y mataba el tiempo del recorrido leyendo La casa pierde de Juan Villoro (habiendo terminado la saga de Harry Potter, me quedó esa bendita ansia lectora de devorar libros).

Viridiana y yo no coincidimos durante el trabajo. Me dediqué a corregir una entrega sobre la figura de Álvaro Obregón (un especial de la revista de historia a la que habíamos asistido Viridiana y yo el día de la presentación). El tiempo restante, hasta que saliera ella de trabajar, lo dediqué a continuar con el libro de cuentos de Carlos Fuentes que me habían encargado para los primeros días de diciembre. El oleaje del mar en el que navegaba estaba tranquilo, había logrado mantener la situación, el simulacro sentimental, a flote entre Viridiana e Itzamarai. Eso sí, tampoco podía confiarme, tenía que ser riguroso en mi método (contestarle a Viridiana cuando no estuviera Itzamarai y viceversa, por ejemplo). Hace mucho que no salía a bailar y, en una ocasión en el departamento de Viridiana, bailamos una pieza de salsa y me quedé intrigado porque ella bailaba, a mi gusto, mucho mejor que Itzamarai y eso, por mucho que intentarla negarlo, me excitaba: para mí el baile, en especial la salsa, es la antesala erótica del sexo.


Llegamos en el coche de ella a un salón de baile por el centro histórico. Para evitar una llamada inoportuna de Itzamarai, decidí apagar el celular (podía argumentar que me quedé sin batería). Pedimos un par de cervezas y de inmediato salimos a la pista de baile, como si ambos necesitáramos descubrir al otro en esa forma, con esos pasos. No creía lo bien que ella y yo nos acoplábamos en la pista. Itzamarai, aunque bailaba, sus movimientos eran toscos; pero con Viridiana era distinto, ella movía sus caderas al ritmo de la música y parecía anticipar cada una de mis órdenes, cada una de las vueltas. Entre los tragos y la música se nos fue la noche; decidimos quedarnos en un hotel (corríamos el peligro de encontrarnos en el camino con un alcoholímetro) donde pudiéramos aparcar el coche. Ya instalados, salimos a buscar un minisúper para comprar dos six de cervezas y así continuar con la monumental peda que nos estábamos poniendo. En ese estado, Viridiana tomó la iniciativa, algo que me encantaba; sin embargo, ya en el acto, me di cuenta que había algo inexplicable que no terminaba de gustarme del todo. No era culpa, estaba seguro, pero al parecer el deseo se había acabado; si había algo que me condujo a estar con Viridiana era el deseo de poder serle infiel a Itzamarai como ella lo era conmigo. Era irónico: me placía bailar con Viridiana, pero no me gustaba cómo hacía el amor; e Itzamarai no bailaba bien, pero me encantaba hacer el amor con ella. ¿Por qué no se podía tenerlo ambas cosas, baile y sexo, en una sola? Así no habría necesidad de andar con ambas. Podía estar feliz con una, la que conjuntara ambas cosas, poco importaba lo demás.       

R. O.  

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