Octubre 11
Amor dividido
Viridiana me
llamó por la mañana, quería que saliéramos a bailar. Aproveché que Itzamarai
tenía todo el día ocupado (exámenes por la mañana, reunión de su colectivo por
la tarde, recursamiento de materias en la noche) y que al día siguiente debía
de cubrir una brigada en su práctica, por lo que al salir de la escuela se iría
con Vania a la casa de ésta para avanzar con sus pendientes escolares. Hice
ejercicio por la mañana, fui rumbo al trabajo (en el metro) y mataba el tiempo
del recorrido leyendo La casa pierde
de Juan Villoro (habiendo terminado la saga de Harry Potter, me quedó esa
bendita ansia lectora de devorar libros).
Viridiana y yo no coincidimos durante el trabajo. Me dediqué a
corregir una entrega sobre la figura de Álvaro Obregón (un especial de la
revista de historia a la que habíamos asistido Viridiana y yo el día de la
presentación). El tiempo restante, hasta que saliera ella de trabajar, lo
dediqué a continuar con el libro de cuentos de Carlos Fuentes que me habían
encargado para los primeros días de diciembre. El oleaje del mar en el que
navegaba estaba tranquilo, había logrado mantener la situación, el simulacro
sentimental, a flote entre Viridiana e Itzamarai. Eso sí, tampoco podía
confiarme, tenía que ser riguroso en mi método (contestarle a Viridiana cuando
no estuviera Itzamarai y viceversa, por ejemplo). Hace mucho que no salía a
bailar y, en una ocasión en el departamento de Viridiana, bailamos una pieza de
salsa y me quedé intrigado porque ella bailaba, a mi gusto, mucho mejor que
Itzamarai y eso, por mucho que intentarla negarlo, me excitaba: para mí el
baile, en especial la salsa, es la antesala erótica del sexo.
Llegamos en el coche de ella a un salón de baile por el centro
histórico. Para evitar una llamada inoportuna de Itzamarai, decidí apagar el
celular (podía argumentar que me quedé sin batería). Pedimos un par de cervezas
y de inmediato salimos a la pista de baile, como si ambos necesitáramos
descubrir al otro en esa forma, con esos pasos. No creía lo bien que ella y yo
nos acoplábamos en la pista. Itzamarai, aunque bailaba, sus movimientos eran
toscos; pero con Viridiana era distinto, ella movía sus caderas al ritmo de la
música y parecía anticipar cada una de mis órdenes, cada una de las vueltas.
Entre los tragos y la música se nos fue la noche; decidimos quedarnos en un
hotel (corríamos el peligro de encontrarnos en el camino con un alcoholímetro)
donde pudiéramos aparcar el coche. Ya instalados, salimos a buscar un minisúper
para comprar dos six de cervezas y así continuar con la monumental peda que nos
estábamos poniendo. En ese estado, Viridiana tomó la iniciativa, algo que me
encantaba; sin embargo, ya en el acto, me di cuenta que había algo inexplicable
que no terminaba de gustarme del todo. No era culpa, estaba seguro, pero al parecer
el deseo se había acabado; si había algo que me condujo a estar con Viridiana
era el deseo de poder serle infiel a Itzamarai como ella lo era conmigo. Era
irónico: me placía bailar con Viridiana, pero no me gustaba cómo hacía el amor;
e Itzamarai no bailaba bien, pero me encantaba hacer el amor con ella. ¿Por qué
no se podía tenerlo ambas cosas, baile y sexo, en una sola? Así no habría
necesidad de andar con ambas. Podía estar feliz con una, la que conjuntara
ambas cosas, poco importaba lo demás.
R. O.
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