domingo, 20 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 20 - Una menos

Octubre 20

Una menos

La noche anterior había sido larga. Iztamarai pasó al menos seis horas pegada a la computadora resolviendo pendientes de la escuela y del colectivo en el que se encontraba. Ambas tareas demandaban mucha de su energía y su atención, pero aún escribiendo sus  deberes, Itzamarai  no podía dejar de pensar en su relación, en la promesa que aún no podía cumplir, en la letanía en la que su compañero se había sumido desde aquel día en que, mirándola a los ojos con rabia gélida, le cuestionó su relación con Ángel.  Aquel asunto se complicaba aún más con el paso de los días. Nayeli, su amiga, respondía con evasivas cada vez que con sutileza Iztamarai le pedía un tiempo para tomar un café y ponerse al día. ¿Será que Ángel ya la había puesto sobre advertencia? ¿O sería más bien que ella por sí sola sentía que el momento de hacerle frente a la verdad se acercaba? Nayeli conocía a Iztamarai. Era necia, contundente y perspicaz, un descuido cualquiera haría que su amiga comenzara a desenterrar la historia que juró no volver a tocar.

Aún con su juramento, había algo de lo que Nayeli había sido siempre consciente: la verdad sale a flote por mucho que se le quiera sumergir en el olvido. En ese momento, el timbre del celular la sacó de su letargo. Era Itzamarai, quien en un mensaje le decía que tendría la tarde libre y que necesitaba urgentemente hablar con ella. Al parecer se había metido en un aprieto pues sus palabras delataban una ansiedad poco común en su amiga.

“Te puedo ver a las 4, a esa hora salgo de trabajar. Metro Hidalgo, donde siempre. ¿Todo bien?”

Recibió un seco “ok” y su preocupación aumentó. Dudaba grandemente que el asunto de la reunión versara en lo que estuvo pensando instantes antes. Aunque la distancia entre ella y su amiga había crecido con los años y con las circunstancias, Nayeli apreciaba mucho a Iztamarai y no podía dejarla a la deriva en momentos de necesidad.

Su jornada laboral transitó sin mayores noticias, a veces se preguntaba qué hubiera pasado si en vez de tomarle gusto al dinero hubiese seguido con la escuela, tal vez no tendría que soportar un trabajo monótono y mal pagado. Con un suspiro anhelante, Nayeli continuó acomodando la mercancía del OXXO en sus respectivos anaqueles. Esperando con todas sus fuerzas no tener que darle explicaciones a Itzamarai en unas horas.

Itzamarai apresuró el paso, sus compañeros la saludaban por los pasillos de la escuela; sin embargo, no se detuvo con ninguno, se limitó a brindarle una sonrisa con quien se cruzara en su camino y salió casi corriendo para alcanzar uno de los taxis colectivos que la llevaría al metro más cercano de la universidad. Sabía que la oportunidad de hablar con Nayeli no podía ser desperdiciada; después de todo, haber logrado ese tiempo había costado muchos descolones de parte de su amiga y una fúrica espera  que le había carcomido por días el seso.

Cuarenta minutos después, llegó con el corazón desbocado entre la prisa y la tensión de lo que ocurriría a continuación. Nayeli ya se encontraba en  el lugar acordado y al ver a Itzamarai sintió una vorágine violenta que no supo disimular más que con una sonrisa cansada y un abrazo escueto de bienvenida. Caminaron hacia la salida mientras Nayeli le observaba con detenimiento.

–Estás bien pinche ojerosa. Esa carrera va a acabar contigo –le dijo.
–-No es tan malo cuando le encuentras el gusto –respondió.

Itzamarai estaba distinta, había algo en su mirada que cambió,  una luz que ni el cansancio lograba consumir, se percató que su amiga tenía algunos kilos menos de peso y su presencia era más fuerte, más segura. Mientras recorrían la Alameda Central se hicieron preguntas varias para recuperar los meses perdidos, que si la escuela, que si el trabajo, que si los amigos, todo parecía ir recortando la brecha entre ambas y destensando el ambiente. Llegaron a una banca debajo de un árbol e Itzamarai hizo una pausa en la conversación para sentarse.

–¿Ya me vas a decir qué te pasa? –preguntó Nayeli.
–Tengo un problema enorme, no sabía a  quién acudir… Necesito que me acompañes a un lugar.
–¿Ahorita? ¿Pues qué pasa? –volvió a preguntar, ahora un poco asustada.
–Creo que estoy embarazada, Nayeli.

El silencio cayó entre ambas. Con lágrimas en los ojos, Itzamarai miró a Nayeli en espera de un consuelo, pero Nayeli no sabía por dónde empezar, por lo que terminó haciendo lo mismo, seguir preguntando:

–¿Estás segura?
–No, por eso necesito que me acompañes a comprar una prueba rápida y a hacérmela ya. Me he sentido con síntomas raros estos días. Tengo náuseas en la mañana sin haber comido nada, no tolero algunos olores de comida y estoy cansada todo el tiempo. Además tengo un retraso de días, pero yo soy muy exacta. Es muy seguro que lo esté.
–Esas madres luego no salen bien, no hay nada mejor que acudir con un médico. Yo tengo una amiga que…
–No –Itzamarai la interrumpió–, necesito hacerlo hoy, tengo que tener al menos una respuesta.
–Y tu güey, ¿ya lo sabe?
–No, no pienso decírselo hasta que esté segura, además, las cosas con él no están nada bien. Tengo miedo de que si le digo, todo se vaya a la mierda en un segundo.
–Pero, ¿y luego? ¿Crees que no se haga responsable?
–No es eso… es que… tengo que explicarte muchas cosas.

Caminaron hacia el Eje Lázaro Cárdenas, en silencio, pero con los brazos entrelazados, como cuando entradas en los diez y tantos paseaban por los pasillos del bachillerato, platicando de casi cualquier cosa y riendo a carcajadas.

–¿A dónde iremos? –volvió a cuestionar Nayeli.
–Pensé en ir a Tlate, ahí hay una farmacia y unos baños muy cerca.

Llegaron en metro a su destino. Itzamarai iba callada, distante y con los ojos llorosos. Nayeli no acertaba cómo consolar a su amiga (no sabía si lo que quería era consuelo), lo único que logró hacer fue sobar la espalda de su otrora mejor amiga y abrazarla mientras le decía que todo estaría bien. Mientras compraban la prueba se tomaron fuertemente de los brazos y se dirigieron al baño para que Itzamarai, pudiera por fin salir de dudas.

Nayeli se quedó afuera, pensaba qué es lo que ella haría si estuviera en la misma situación. Definitivamente no se veía con un hijo, no en ese momento y no con la pareja con la que estaba. No porque fuera su novio fuese malo, sino porque ella creía en que si iba a tener familia tenía que estar segura con quién hacerla. ¿Qué chingados le había pasado a su amiga? Después de todo, Itza no era tonta, sabía que si le daba vuelo a la hilacha tenía que a cuidarse. ¿Habría fallado el método? Es más: ¿se cuido?

Itzamarai salió temblorosa con la prueba en la mano.

–¿Ya está? ¿Qué pasó?
–Faltan unos minutos para se pueda ver.  Dos minutos según dice la caja.
–Tranquila. Mejor cuéntame qué fue lo que pasó ¿no te cuidaste?
–Fue un descuido, te dije que tenía que explicarte muchas cosas –dijo Itzamarai mientras salían del baño.
–Pues ya dímelas. Me parece increíble que siendo como eres te pasen estas cosas.

Itzamarai tomó asiento en una jardinera que encontraron cerca del baño y con un suspiro miró duramente a Nayeli y le soltó de pronto lo que había esperado por mucho tiempo:

–Vi a Ángel hace quince días. Estuvimos hablando…
–No me vengas con chingaderas, Itza, eso no es discusión ahorita –dijo Nayeli esquivando la mirada de Itzamarai, queriéndose levantar del lugar.
–Déjame hablar –la serenó Itzamarai–. La charla no resultó como hubiera esperado. Fuimos a un bar del centro, hablamos por horas y terminamos encamados en un hotel de mala muerte de la zona. Días después tuve sexo con mi novio. En ambos casos no me cuidé y en todo caso si esa madre –señaló la prueba de embarazo– sale positiva el gran pedo es que no sé quién es el que me embarazó.

Nayeli tenía los ojos muy abiertos, no podía creer lo que estaba escuchando, Itzamarai no se caracterizaba por ser una santa, pero no la creía capaz de semejante descaro. En ese momento, Itzamarai tomó la prueba de embarazo, que estaba boca abajo, y la volteó para ver el resultado. Dos líneas azules y perfectamente definidas aparecieron en el recuadro del resultado. Ambas callaron por un segundo y de inmediato Itzamarai soltó un gemido lloroso derrumbándose sobre el hombro de Nayeli quien atinó sólo a abrazarla y llorar con ella.

–Nayeli, necesito que me digas la verdad: ¿qué fue lo que pasó esa noche en la que me golpearon?

Itzamarai tenía los ojos enrojecidos y la cara desencajada por la desesperación, miraba a Nayeli como si en ella encontrara la salida a su dolor.

–Itza, ahorita no es momento, tienes que tranquilizarte…
–¡No me mientas más! –irrumpió Itzamarai– ¡Lo sé todo! Ángel me dijo cómo  tú y tu estúpido novio planearon todo! ¿Cómo pudiste? Yo confiaba en ti, Nayeli. Eras mi mejor amiga y me traicionaste. ¿Pensabas en mí cuando sabías que me estaban golpeando? ¿Sabes el infierno que fue estar en el hospital y tener que ver cómo mi madre se partía de dolor cuando supo todo? ¡Dilo de una buena vez!

Nayeli frunció el ceño y se levantó como una ráfaga. Su rostro estaba enrojecido, crispado y desencajado. No podía creer lo que escuchaba. No podía creer que en medio del fuego cruzado entre Ángel e Itzamarai ella estuviera en tierra de nadie siendo culpada de todo aquello de lo que creyó ocultar por tanto años.

–¡Cómo se te ocurre creerle a ese hijo de puta?, ¡te encamaste con tu verdugo! Yo esa noche me fui con mi novio de la escuela porque tuvo un problema, pero quien te entregó como carne de cañón fue tu querido Ángel. Él lo planeo todo, fue él quien a cambio de su pellejo dejó que te hicieran mierda. Cuando yo supe lo que te pasó inmediatamente lo encaré y él no pudo con la culpa, me lo contó todo ¡Todo Itzamarai! No tengo que recordarte que yo estaba metida en un aprieto, si yo te decía quién había sido iba a ser a mí a quien hicieran añicos, lo sabes ¡debiste de haberlo sabido!

Los gritos de ambas mujeres atrajeron la atención de la gente que transitaba por la jardinera. Sabiéndose vistas por muchas miradas, todas incómodas, ambas tomaron sus cosas y caminaron hacia el ágora casi sin darse cuenta, siempre en silencio. Al llegar se sentaron frente a frente.

–¿Por qué, Nayeli? Todos estos años me hice trizas pensando lo peor de ambos.
–Era asunto muerto, juré no decírtelo nunca.
–¿Aunque supieras que yo desconfiaba de ti?
–No me chingues, ¿querías que se repitiera tu historia conmigo? Itza, yo estaba atada de manos, además, él siempre dijo que estaba muy arrepentido. Mira nada más cómo, me embarró en su pendejada.
–Lo siento. Pero todo fue raro y todo apuntaba a ti o a él.
–Y sin embargo le creíste a él.
–No del todo, por eso te busqué tanto tiempo, por eso quería que tú me dijeras qué es lo que había pasado después de todo.
–Y ahora tienes un chamaco en la panza que podría ser de él.´

Itzamarai la miró a los ojos con la claridad de quien abre el corazón entero.

–Es mentira. Del único del que puedo estar embarazada es de mi novio. Siento mucho haberte mentido, siento mucho que las cosas tuvieran que ser así, pero necesitaba la verdad, mucho más ahora con esto. No podía tomar una decisión con la cabeza abrumada por  lo que pasó. Gracias por decir la verdad, amiga, de verdad gracias.
–Si serás cabrona –dijo Nayeli, ya con una carga menos en la espalda–. Ya decía yo que lo suyo no era posible. Jamás le habrías hecho caso. No me vuelvas a hacer una chingadera de éstas Itza.
–Mientras tú me prometas que nunca más volverás a ocultarme nada tan trascendente, yo no lo vuelvo a hacer –dijo Itzamarai con una sonrisa.
–¿Qué vas a hacer ahora con lo que traes ya en la panza?
–No lo sé –un veto de duda apareció en la mirada de Itzamarai–, ya te mantendré al tanto. Necesito hablar con mi novio, esto nos complica todo el panorama. Aún más.


Juntas regresaron rumbo a la estación del metro Tlatelolco. Con la promesa de encontrarse pronto, de ya no distanciarse por prolongado tiempo, ambas tomaron rumbos contrarios. Después de lo que pasó, Itzamarai se sentía fuerte y con la cabeza fría, tendría que dar el golpe final con Ángel, pero de eso ya tendría tiempo después. Ahora sus pensamientos navegaban en cómo iba a darle la noticia a su novio. Recostó su cabeza en la pared del vagón del metro y cerró los ojos por unos minutos, algo crecía en su vientre, mejor dicho, alguien crecía y la duda que aparecía en la duermevela era ¿qué destino tendría aquella nueva vida?

R. O.

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