Octubre 6
Venta de garaje
Aproveché el domingo para hacer una
venta de garaje con mis hermanas. Fuimos a la casa de mi hermana Mariana, que
tenía un jardín del tamaño necesario para ofrecer nuestras cosas (cosas que
dejamos de usar, que ya no nos quedaban o que dejaron de funcionar). La noche
anterior había llamado a Violeta, quería platicar con ella sobre todas las
cosas que me estaban sucediendo (la aparición de Sonia, los quereres con
Viridiana y los problemas con Itzamarai). Ella accedió, tenía también cosas
para vender, por lo que nos quedamos de ver en metro pantitlán. Estando ahí me
presentó a Bruno, su recién novio, y en el camino me platicaron sobre cómo se
habían conocido (que en una plática anterior con ella sólo alcanzó a decirme
sus primeras expectativas) y lo bien que se la pasaban. Se notaba en sus
rostros, una sonrisa de complicidad que conocía; Itzamarai y yo teníamos esa misma
sonrisa en los primeros meses de la relación. Me pregunté si aquella
complicidad se apagaba en todas las parejas después de un tiempo como algo
natural, o bien se debía a la monotonía de saberse querido por el otro.
Cuando
llegamos los tres antes del medio día, ya se encontraba Silvia (mi otra hermana)
con su hija Paola, quien no me reconoció en un principio (me corté el pelo y
rasuré en la semana). Entre Bruno y yo comenzamos a sacar un par de mesas para
colocar las cosas mientras mis hermanas comenzaban a colocar algunas lonas y
Violeta le tomaba fotos a Paola (quien siempre sonríe). Saqué del coche algunas
cosas para vender, algunos libros y revistas y otras cosas que eran de Itzamarai.
Ya con todo acomodado y las primeras ventas del día (un par de zapatos de
Violeta) llegó a la casa Francisco, el ex esposo de Mariana. Mi familia y yo
nunca hemos entendido a ciencia cierta la relación entre él y mi hermana. Se
conocieron jóvenes y se casaron casi de inmediato, después tuvieron problemas,
se divorciaron y parecía que hasta ahí quedaría todo, pero siguieron
frecuentándose; aquello era una relación complicada, de “andamos pero no
andamos”, que para nada deseaba emular. En algunos breves lapsos en que Violeta
y yo estábamos solos, le platiqué sobre lo que sucedía en mi vida, con la
esperanza de que me diera un consejo, al menos una frase que me volviera a la
tierra, pero sólo escuché “pues decide pronto qué vas a hacer”. La brevedad de
su respuesta me pareció injusta, siempre había existido una buena comunicación
con ella; seguramente era porque ella estaba feliz con Bruno y ahora poco le
importaba lo que pasara conmigo. Me volví a la venta sabiendo que tenía que
recomponer el curso del navío en el que estaba navegando por mi propia cuenta,
no tenía la confianza suficiente para decirles a mis hermanas lo que pasaba en
mi vida sentimental; además, pensé, ellas están peor que yo: ¿qué podrían
decirme?
La respuesta
vino como un latigazo. Francisco le insistía a Mariana que quería arreglar la
tubería del boiler y ella le decía que no tenía dinero para arreglarla, que si
quería hacerlo pagara el material de su bolsillo. Él insistió de nuevo y
Violeta, que escuchaba atenta la conversación soltó ese tipo de frases que le
conocía: “pero si no es tu casa”, le dijo a Francisco y éste se molestó aún
más, no sé si porque resultó certera la frase o porque alguien como Violeta se
lo decía. Al poco rato Francisco se fue de la casa y Mariana nos explicó que
era la tercera vez que discutían por ello (yo me preguntaba una vez más cómo
funcionaba su relación) y terminó contándonos que en semanas recientes le
descubrió algunos mensajes comprometedores con otra persona. ¿Y qué si anda con
alguien más, qué tiene de malo? Igual y ya no se siente interesado, dije y no
debí decirlo. Mariana me confrontó con la mirada y me respondió con tono
severo: Pues entonces que se arme de huevos para decirme que ya no quiere nada,
no le importa saber lo que me hace sentir ocultando las cosas. No supe si
confesarme en ese momento con ellas, en sentido estricto: yo también era como
Francisco, no había pensado en Itzamarai, dejándome llevar por la situación,
por la marea en la que navegaba sin rumbo fijo.
R. O.
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