domingo, 6 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 6 - Venta de garaje

Octubre 6
Venta de garaje

Aproveché el domingo para hacer una venta de garaje con mis hermanas. Fuimos a la casa de mi hermana Mariana, que tenía un jardín del tamaño necesario para ofrecer nuestras cosas (cosas que dejamos de usar, que ya no nos quedaban o que dejaron de funcionar). La noche anterior había llamado a Violeta, quería platicar con ella sobre todas las cosas que me estaban sucediendo (la aparición de Sonia, los quereres con Viridiana y los problemas con Itzamarai). Ella accedió, tenía también cosas para vender, por lo que nos quedamos de ver en metro pantitlán. Estando ahí me presentó a Bruno, su recién novio, y en el camino me platicaron sobre cómo se habían conocido (que en una plática anterior con ella sólo alcanzó a decirme sus primeras expectativas) y lo bien que se la pasaban. Se notaba en sus rostros, una sonrisa de complicidad que conocía; Itzamarai y yo teníamos esa misma sonrisa en los primeros meses de la relación. Me pregunté si aquella complicidad se apagaba en todas las parejas después de un tiempo como algo natural, o bien se debía a la monotonía de saberse querido por el otro.

Cuando llegamos los tres antes del medio día, ya se encontraba Silvia (mi otra hermana) con su hija Paola, quien no me reconoció en un principio (me corté el pelo y rasuré en la semana). Entre Bruno y yo comenzamos a sacar un par de mesas para colocar las cosas mientras mis hermanas comenzaban a colocar algunas lonas y Violeta le tomaba fotos a Paola (quien siempre sonríe). Saqué del coche algunas cosas para vender, algunos libros y revistas y otras cosas que eran de Itzamarai. Ya con todo acomodado y las primeras ventas del día (un par de zapatos de Violeta) llegó a la casa Francisco, el ex esposo de Mariana. Mi familia y yo nunca hemos entendido a ciencia cierta la relación entre él y mi hermana. Se conocieron jóvenes y se casaron casi de inmediato, después tuvieron problemas, se divorciaron y parecía que hasta ahí quedaría todo, pero siguieron frecuentándose; aquello era una relación complicada, de “andamos pero no andamos”, que para nada deseaba emular. En algunos breves lapsos en que Violeta y yo estábamos solos, le platiqué sobre lo que sucedía en mi vida, con la esperanza de que me diera un consejo, al menos una frase que me volviera a la tierra, pero sólo escuché “pues decide pronto qué vas a hacer”. La brevedad de su respuesta me pareció injusta, siempre había existido una buena comunicación con ella; seguramente era porque ella estaba feliz con Bruno y ahora poco le importaba lo que pasara conmigo. Me volví a la venta sabiendo que tenía que recomponer el curso del navío en el que estaba navegando por mi propia cuenta, no tenía la confianza suficiente para decirles a mis hermanas lo que pasaba en mi vida sentimental; además, pensé, ellas están peor que yo: ¿qué podrían decirme?


La respuesta vino como un latigazo. Francisco le insistía a Mariana que quería arreglar la tubería del boiler y ella le decía que no tenía dinero para arreglarla, que si quería hacerlo pagara el material de su bolsillo. Él insistió de nuevo y Violeta, que escuchaba atenta la conversación soltó ese tipo de frases que le conocía: “pero si no es tu casa”, le dijo a Francisco y éste se molestó aún más, no sé si porque resultó certera la frase o porque alguien como Violeta se lo decía. Al poco rato Francisco se fue de la casa y Mariana nos explicó que era la tercera vez que discutían por ello (yo me preguntaba una vez más cómo funcionaba su relación) y terminó contándonos que en semanas recientes le descubrió algunos mensajes comprometedores con otra persona. ¿Y qué si anda con alguien más, qué tiene de malo? Igual y ya no se siente interesado, dije y no debí decirlo. Mariana me confrontó con la mirada y me respondió con tono severo: Pues entonces que se arme de huevos para decirme que ya no quiere nada, no le importa saber lo que me hace sentir ocultando las cosas. No supe si confesarme en ese momento con ellas, en sentido estricto: yo también era como Francisco, no había pensado en Itzamarai, dejándome llevar por la situación, por la marea en la que navegaba sin rumbo fijo.

R. O.

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