lunes, 30 de septiembre de 2013

Diario de un feministo - Septiembre 30 - El otro fantasma

Septiembre 30
El otro fantasma

Como todos los lunes desde agosto, Itzamarai se levantó a las cinco de la mañana para prepararse y salir, media hora después, rumbo a la universidad. Las mañanas de septiembre se tornaban frías, alguna que otra con una breve llovizna, y la víspera del siguiente mes sólo auguraba algo: lunes más fríos. Con el tiempo medido, ella llega al paradero de Indios Verdes y se encamina a la entrada del metrobús, pues sabe que a esas horas ir por metro resulta una labor titánica. Ventaja o no, aprovecha su sexo para formarse en una fila exclusiva y, después de ver cómo las que la antecedieron abordan dos metrobúses, entra en el tercero y toma asiento. Durante el camino, poco más de una hora, Itzamarai va a duermevela, ese sueño que permite recuperar, la mayoría de las veces, las horas que faltaron de sueño; y vaya que las necesitaba, porque el día anterior se desveló para terminar de preparar una exposición para su primera clase. En un movimiento casi autónomo, despierta momentos antes de llegar a la parada de la universidad y se levanta para encaminarse y tomar la salida. Minutos después, con café y cigarro en ambas manos y la mochila bien colgada, ella se dirige hacia el salón repasando mentalmente los datos más importantes para que ninguno se le olvide durante la exposición. Dos horas después, ella sale contenta, satisfecha con el trabajo hecho y más cuando una de sus amigas la felicita por haber estado fenomenal. Quizás, quien escribe las circunstancias de la vida quiso darle el día libre, porque ella se enteró que no tendría las otras dos clases: un maestro había enfermado y pidió un día económico y la segunda llamó a la dirección por la mañana para notificarle que se estaba indispuesta para laborar por el fallecimiento de su padre por la madrugada.

Así, Itzamarai imaginó las posibilidades que le brindaba un día que pintaba para pinta ya sin preocupación de qué pasaría en las clases de los demás maestros. Algo era seguro, no regresaría a casa temprano, era una ocasión única. Y sí, lo primero que hizo fue llamarle a su novio para ver si podían hacer algo, pero resultó ser que él tenía otras cosas qué hacer. Él le dijo que se tomara el día para ella, pero aquello era innecesario decirlo porque Itzamarai sabía que ese tiempo era suyo aunque aún no definiera qué hacer con éste. Entonces una fugaz idea cruzó su pensamiento y volvió a hacer otra llamada, tenía que avanzar con aquel pendiente, aquel desasosiego. Respondió Ángel y se quedaron de ver en Tlatelolco en una hora, ella compró algo de desayunar para ir comiendo en el metro y pasado aquel lapso de tiempo se encontró con él; el otro fantasma, según el novio de ella, y ella que no podía explicarle aún.


Ángel la recibió maravillado, y no era para menos, aquella cita salida de la nada resultaba ser para él prueba fidedigna del interés que ella sentía por él; un interés que antes no le había mostrado, y si le había mostrado algo era puro desdén, mera cortesía cuando tenían que trabajar juntos. Se conocían desde el bachillerato y desde que la vio, Ángel quedó cautivado, un ángel que quiso batir sus alas para seducirla y ella, Venus de otro planeta, le negó toda oportunidad. Pero ahí estaba, tomándola de la mano, como si todos los años anteriores hubiesen sido pruebas tras pruebas que conducirían, como ahora él lo hace con ella rumbo a la plaza de las tres culturas, a una felicidad inevitable. Sin embargo, Itzamarai no está allí por despecho o simple deseo, está para encontrar las respuestas que quedaron pausadas por un tiempo; una respuesta que no sólo tenía Ángel, sino que lo creía parte de aquella estratagema que la obligó a separarse de sus amigos, una noche como cualquiera, y terminara en el suelo, hecha añicos, tras una golpiza propinada por un grupo de porros que la detestaban por ser la activista quien protagonizó la expulsión de más de una docena de porros del bachillerato.     

R. O.

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