Septiembre 17
No pensar más
Ya no sé ni qué pensar. Es más, el no pensar
ahora resulta atractivo, sutil, liberador. Pero no he podido dejar de pensar en
todo lo que me ha pasado, en todo lo que pasa con mi familia, con mis amigos y
cuando pareciera que encuentro un espacio vacío para no pensar, aparecen hasta
los problemas nacionales. Terminé de leer el quinto libro de Harry Potter, ya
sólo restan dos, y aquel Harry, el de sentimientos y emociones encontradas ha
sido el mejor ejemplo en el que he podido refugiarme. Y no ha sido la primera
vez que me sucede. De pequeño, cuando leí Mi
planta de naranja lima, encontré en las líneas de ese libro una
identificación inusual, más, porque yo también tenía un árbol de naranja lima,
que iba a visitar año tras año, en vacaciones de verano, con mi familia en el
pequeño terreno que teníamos (hace tiempo que se vendió) en Puebla. Sucedió lo
mismo en el último año de la preparatoria, cuando leí El Conde de Montecristo y, página tras página, fui identificándome
con el personaje, con su historia que bien podría ser la mía. El Ángel Anáhuac,
exterminador de alas imbatibles, de Jorge F. Hernández.
Con todo lo visto y leído, empiezo a
creer que el único consenso válido es el de las infructuosas democracias; con
las que no se tiene contento a todos, pero todos aprueban usar aquella forma.
Siempre hay una porción, pequeña o grande, que nunca estará contenta, ni con la
elección del presidente, ni con las decisiones en los sindicatos, ni con las
marchas de la CNTE, ni con las asambleas en las universidades, ni siquiera con
el menú que ofrece un día común y corriente una fonda de comida cualquiera. Al
salir del trabajo, agobiado por la falta de ejercicio (que dejé de hacer hace
como una semana), me fui directo a la fonda para aprovechar el máximo tiempo
posible, tener siquiera unos cinco minutos para un cigarrillo (sí, volvía a
fumar después de todo).
Tuve la oportunidad, sin importar la
circunstancia, de compartir mesa con el mesero que, hasta hace un momento,
estaba atendiendo las mesas. Y digo oportunidad, pues nunca había cruzado más
palabras que las simples, las amables, para solicitar algo. Su nombre es
Álvaro, un chico casi de mi edad, tono de piel y corpulencia. Me preguntó si
hoy no iba a estar acompañado (pues reconoce cuando voy con Itzamarai), pero le
respondí que no, que nos habíamos distanciado un rato por unos problemas que
tuvimos. Me dijo que él ya era casado, desde hace como cinco años, pero que
hace poco menos de uno tuvo su primer hijo. Me dice con una sonrisa en su
rostro: “Antes, sin hijo, pues; salía con mi vieja en el carro que traía. A
cada rato cambiábamos de celular, porque tenía otro trabajo en una empresa y
¡chingue su madre! que la vida nos juega chueco cuando mi mujer ya se había
embarazado; que me despiden de la chamba, me liquidaron con 200 pesos, ¿tú crees?
valen verga; y tuve que buscar trabajo en otro lado, en otra empresa; pero
nada, al parecer dieron el pitazo de mi despido”. Por suerte, esa no era mi
situación con Itzamarai, podríamos estar distanciados, disgustados, yo
desconfiado por una promesa que más bien parecía tomada de pelo. No hay
acuerdos, ni consensos, ni votaciones, ni democracias que tengan conforme a
todo el mundo porque todo el mundo busca siempre cosas distintas. Yo, en
cambio, sólo quería comer y no pensar más.
R. O.
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