Septiembre 6
Ocultar cosas
El día de hoy me quedé de ver con Itzamarai en la universidad. En la hora de la comida, pedí en la fonda que me prepararan un par de comidas para llevar. Al terminar la jornada de trabajo, pasé por la fonda donde ya tenían la comida empacada y caminé hacia la próxima estación del metro para ir con mi novia. Llegué a las cinco de la tarde, justo a tiempo para que nos viéramos en una de las mesas, donde previamente habíamos acordado. Al poco rato llegó ella donde me encontraba y dispusimos de comer. A principio la sentí un poco distante, y es que el día anterior se había despedido de forma abrupta, pero preferí no cuestionarla y preguntarle sobre su día de escuela. La hora pasó rápidamente y la acompañé a su salón donde tomaría la última clase. Mientras me quedé en la biblioteca leyendo, estaba por comenzar el quinto libro de Harry Potter –sí, leí el tercero y el cuarto en casi una semana y media– con ansiedad. Al salir de su clase nos conducimos rumbo a mi casa, pues su mamá le había dado permiso de quedarse conmigo.
Terminando el viaje en metro hasta llegar al paradero, continuamos platicando sobre nuestro día. Y al bajar por las escaleras para tomar la combi que nos dejara en la esquina de la casa, nos dimos cuenta que había mucha gente. Era un caos, gente queriendo subir a los camiones a la fuerza, filas y filas interminables y encharcaderos que bien podrían simular ser un lago en medio del pavimento. Si lo anterior no eran las primeras escenas de una inevitable invasión apocalíptica, poco le faltaba. La lluvia había hecho un caos con la ciudad y tardamos una hora en llegar a casa, cuando nuestro tiempo estimado no rebasa los veinte minutos. Al final llegamos cansados, mojados y sin cenar. Compramos un par de atunes en la tienda, los acompañamos con una ensalada rápida y la digestión de la cena nos cargó con más sueño. Decidimos ir a la cama y ya abrazados y sin que lo esperara me dijo: “No me gusta que me ocultes las cosas”. Le pregunté a qué se refería exactamente y me respondió casi de inmediato: “Ayer hablé con Vanesa, y me platicó cosas que no me dijiste, como lo del libro. ¿Te sigue gustando esa chica?” Para mi sorpresa, le dije que no lo consideré importante, y que no intenté que se sintiera mal, y sí, le confesé que me gustaba, pero eso fue hace mucho.
Sin más, ella se quedó dormida, como si al escuchar aquello la mente le dejara de dar vueltas al asunto que la había propiciado a ser distante conmigo. Al verla dormir, me levanté para revisar mi correo electrónico. Me di cuenta que el celular de ella estaba en el tocador y, movido por la curiosidad, lo tomé para revisarlo. Parecía que no había nada extraño, cuando me encontré con dos mensajes que le había enviado a su amigo Ángel, y quedé aún más sorprendido cuando leí en uno “mmm alguien está jugando rico…” y el otro “mejor con unas nalgadas”. No supe cómo reaccionar, si despertarla y pedirle una explicación o mejor aún: ¿cómo es que me pedía que no le ocultara cosas si ella misma lo hacía? ¿Qué significaban aquellos mensajes? Sea como fuere, lo anterior me quitó el letargo que traía.
R. O.
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