Septiembre 21
Por asalto
Camino a casa de Itzamarai, ella me platicó lo
que había sucedido respecto al paro. Aunque yo tenía una concepción diferente,
como mucha gente, de lo que se hacía en un paro, conforme me fue explicando
todas las actividades que llevaron a cabo, me percaté que había más un
prejuicio formado de mi parte que lo que sucedía en realidad. Resguardando las
instalaciones, manteniéndolas limpias, elaborando informes, publicando en
diferentes medios, no cayendo en juegos de retóricas trotskistas y discursos
institucionales, su grupo salió avante y con el reconocimiento del cuerpo
administrativo. En pocas palabras, me dijo, “la cara de la directora lo decía
todo: estaba que echaba chispas”. No tuvimos mucho tiempo para hablar, llegamos
a la estación del metro Indios Verdes, y de ahí tomamos el camión para llegar a
su casa. Al llegar fuimos recibidos por su madre, me dio las gracias por
acompañar a su hija hasta la casa y yo le dije que no había nada que agradecer.
Intuyendo el eminente momento de madre-hija, me despedí lo más pronto que pude,
argumentando que ya era noche y no quería perder el último camión a casa.
Itzamarai y yo nos despedimos de forma
rápida. En todo este tiempo no habíamos podido platicar sobre nosotros, lo que
aún sentíamos (o no), y si la relación debería de continuar con esta pausa. No
parecía favorecernos, pero de algo estaba seguro, ninguno de nuestros
sentimientos respecto al otro habían cambiado. A principios de la relación,
ella me dijo una frase de Eduardo Galeano: “el amor es eterno mientras dure”, y
reconocía en aquellas palabras (que traía de nuevo a mi mente) que lo nuestro
aún era eterno por más complicado que se haya tornado. El camino a casa me
resultó tranquilizador, como reconociendo que sólo era cuestión de tiempo, que
la distancia no nos alejara sino que nos produjera aquella sensación de saberse
inseparable del otro, urgente de volver a mirarlo, tocarlo, sentirlo. Pese a lo
que había sucedido con Viridiana, no me resultaba ser un motivo tan complejo
como para terminar con Itzamarai. A esta última la amaba, a la primera no sé si
llegaría a amarla. Bien podría decirle la verdad a Viridiana y sin más regresar
al estilo de vida que llevaba antes de haber estado con ella en su
departamento. Pero: ¿y si era una señal para terminar con Itzamarai e intentar
algo con Viridiana? ¿Y si Viridiana sólo hizo lo propio como yo con ella, una
noche y ya? ¿Pero, entonces, por qué se despidió de mí de esa forma hace unas
horas? Seguía preguntándome y llevando mi cabeza a conclusiones que rayaban en
chaquetas mentales, incluso pasado un rato de haber tomado el microbús rumbo a casa.
Eso sí, de algo estaba seguro: tenía que…
Ahora sí se los cargó la chingada: ¡Saquen todo lo de valor que traigan!
Y no se hagan los pendejos porque aquí mismo se quedan. Dame ese pinche celular.
Rápido que no tengo tu puto tiempo. Baja la cabeza: ¡Ni se te ocurra mirar!
También la cadena. ¡Eh, tú, dame ese reloj! Ya, ya, deja de llorar pinche vieja
y tú no quieras hacerte el héroe. Ándele, así me gusta. Cuando te digo que
pares no quieras hacerte pendejo. Todavía no. ¡Tú que miras chingada madre!
Valen para pura verga. Ahora, pendejo: ¡para!
R. O.
No hay comentarios:
Publicar un comentario