Septiembre 18
Vivir de sueños
El día de hoy visitaría, después del trabajo, a
Itzamarai en su universidad. Después de días de no vernos y hablarnos lo
necesario, meras cortesías, como esperando que el tiempo y la distancia
ayudarán a saltar la baya del problema por el que recién atravesamos. En el
trabajo me fue bien, me entrevisté con Viridiana (quien pertenece al consejo
editorial para el que laboro) pues estaba interesada en saber sobre mis avances
que tenía hasta el momento sobre el libro de edición especial que año con año
se prepara para los más antiguos suscriptores de un par de revistas publicadas
bajo el sello de la editorial. Al final quedo contenta, al menos eso me
pareció, y me dijo que como recompensa podía acompañarla el día de mañana a una
presentación de una revista para la que el sello editorial había colaborado
como asesor. “Y como la revista es de historia y a ti te gusta y vas bien con
esos cuentitos, pues por eso te lo doy como premio”. No sé por qué consideraba
ella un premio a tener que perder una tarde sin paga y trabajando. Sin más, le
respondí con un cortés “gracias”.
Al
entrar a la universidad de Itzamarai llevaba conmigo una ensalada para que
comiera, mientras yo me compré una baguette al estilo mexicano. Me percaté de
una multitud a la que no presté total atención hasta que, bajando las escaleras
rumbo a donde me había quedado de ver con ella, escuché su voz desde una
bocina, por un micrófono. Regresé mis pasos para ir hacia la multitud y mis
sospechas fueron ciertas, era ella. Resulta que se estaba llevando a cabo una
asamblea en su escuela para determinar si se irían a paro, o no, en apoyo a los
profesores de la CNTE. Pensé esperarla en una de las bancas, pues no tenía la
más mínima intención de interrumpirla, ni de discutir en algo en lo que, creo
yo, nada me compete. Sin embargo, las horas fueron pasando, apenas en un receso
que pidió ella, para que alguien más tomara el micrófono, se percató que ya
había llegado. Quiso comer conmigo pero la interrumpían otras personas para que
volviera lo más pronto posible. Terminé por comer mi baguette mientras ella
regresaba. Pensé que aquello acabaría pronto y quizás podría acompañarla rumbo
a su casa. Esperé un par de horas más, leyendo el sexto libro de Harry Potter
(que el sábado pasado, en una reunión de amigos, Luis me lo prestó), hasta
llegar al capítulo ocho. Cuando parecía que por fin había acabado, ella me dijo
que sólo dieron otro receso y que lo más probable era que tenía que quedarse
para tomar la escuela y vigilar que el paro se llevara a cabo.
Caminaba rumbo al metro por los linderos
de la universidad. Me había despedido rápido, algo quizás brusco. Pero no
estaba molesto y se lo aclaré. “Haz tus cosas”. En el camino pensaba esa
respuesta. Hice una mueca, una sonrisa irónica. Algo había descubierto, algo se
había revelado de nuevo como tantas otras veces en tantas otras ocasiones:
vivir de los sueños ajenos. Siempre he sido complaciente con mis seres queridos,
me encanta verlos, como recién veía a Itzamarai, luchando por algo que los
motiva, que les apasiona, que las llenas de júbilo. Complaciente con todos
menos conmigo mismo porque hacía, hago y haré lo que pueda para que logren sus
sueños, sus metas, sus objetivos. ¿Dónde quedaron los míos? Después de un par
de horas llegué a casa con la firme convicción de no hacer nada para cumplir
los sueños de los demás, era hora de no pensar en ideas altruistas y solidarias
para enfocarme en mi persona, en mis deseos; vivir ya no de los sueños ajenos,
sino materializar los propios.
R. O.
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