miércoles, 18 de septiembre de 2013

Diario de un feministo - Septiembre 19 - Vivir de sueños

Septiembre 18

Vivir de sueños

El día de hoy visitaría, después del trabajo, a Itzamarai en su universidad. Después de días de no vernos y hablarnos lo necesario, meras cortesías, como esperando que el tiempo y la distancia ayudarán a saltar la baya del problema por el que recién atravesamos. En el trabajo me fue bien, me entrevisté con Viridiana (quien pertenece al consejo editorial para el que laboro) pues estaba interesada en saber sobre mis avances que tenía hasta el momento sobre el libro de edición especial que año con año se prepara para los más antiguos suscriptores de un par de revistas publicadas bajo el sello de la editorial. Al final quedo contenta, al menos eso me pareció, y me dijo que como recompensa podía acompañarla el día de mañana a una presentación de una revista para la que el sello editorial había colaborado como asesor. “Y como la revista es de historia y a ti te gusta y vas bien con esos cuentitos, pues por eso te lo doy como premio”. No sé por qué consideraba ella un premio a tener que perder una tarde sin paga y trabajando. Sin más, le respondí con un cortés “gracias”.

 Al entrar a la universidad de Itzamarai llevaba conmigo una ensalada para que comiera, mientras yo me compré una baguette al estilo mexicano. Me percaté de una multitud a la que no presté total atención hasta que, bajando las escaleras rumbo a donde me había quedado de ver con ella, escuché su voz desde una bocina, por un micrófono. Regresé mis pasos para ir hacia la multitud y mis sospechas fueron ciertas, era ella. Resulta que se estaba llevando a cabo una asamblea en su escuela para determinar si se irían a paro, o no, en apoyo a los profesores de la CNTE. Pensé esperarla en una de las bancas, pues no tenía la más mínima intención de interrumpirla, ni de discutir en algo en lo que, creo yo, nada me compete. Sin embargo, las horas fueron pasando, apenas en un receso que pidió ella, para que alguien más tomara el micrófono, se percató que ya había llegado. Quiso comer conmigo pero la interrumpían otras personas para que volviera lo más pronto posible. Terminé por comer mi baguette mientras ella regresaba. Pensé que aquello acabaría pronto y quizás podría acompañarla rumbo a su casa. Esperé un par de horas más, leyendo el sexto libro de Harry Potter (que el sábado pasado, en una reunión de amigos, Luis me lo prestó), hasta llegar al capítulo ocho. Cuando parecía que por fin había acabado, ella me dijo que sólo dieron otro receso y que lo más probable era que tenía que quedarse para tomar la escuela y vigilar que el paro se llevara a cabo.   


Caminaba rumbo al metro por los linderos de la universidad. Me había despedido rápido, algo quizás brusco. Pero no estaba molesto y se lo aclaré. “Haz tus cosas”. En el camino pensaba esa respuesta. Hice una mueca, una sonrisa irónica. Algo había descubierto, algo se había revelado de nuevo como tantas otras veces en tantas otras ocasiones: vivir de los sueños ajenos. Siempre he sido complaciente con mis seres queridos, me encanta verlos, como recién veía a Itzamarai, luchando por algo que los motiva, que les apasiona, que las llenas de júbilo. Complaciente con todos menos conmigo mismo porque hacía, hago y haré lo que pueda para que logren sus sueños, sus metas, sus objetivos. ¿Dónde quedaron los míos? Después de un par de horas llegué a casa con la firme convicción de no hacer nada para cumplir los sueños de los demás, era hora de no pensar en ideas altruistas y solidarias para enfocarme en mi persona, en mis deseos; vivir ya no de los sueños ajenos, sino materializar los propios. 

R. O.

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