Septiembre 22
Fantasmas
Nunca me habían asaltado en transporte público.
Por suerte, como quien dice, sólo fue el susto. Sí, se llevaron mi celular (uno
muy bonito, por cierto) y no se me ocurrió hacer nada al respecto. Llevaba cien
pesos y ya en casa me pregunté por qué ofrecí el celular en lugar del dinero.
Tendría que esperar al día lunes para ir al centro de atención a clientes donde
lo compré y pedir que dieran de baja el equipo; no les duraría mucho el gusto
de tenerlo aún funcionando. Entendí una parte de lo que muchos y muchas vivimos
en esta ciudad, la impotencia de tener que entregar algo que, en la mayoría de
los casos, nos costó trabajo; como para que alguien venga, sin más, sólo con la
suficiencia de infundir temor (pistola en mano) y en el acto entreguemos
aquello que apreciamos, incluso, para bien o para mal, más que nuestra propia
vida.
El domingo no quise salir de casa. Me
levanté tarde, fui al mercado a desayunar un consomé y un par de tacos de
barbacoa, y después regresé a casa para estar en la computadora. Entonces fui
alertado por una solicitud de amistad. Leía le nombre y no podía imaginarme que
se trataba de ella, después de tantos años. Acepté y dio la curiosidad que se
encontraba conectada, tanto que se percató de mi virtual presencia y comenzó a
platicar en chat conmigo. Pasada una media hora de plática, me confirmó mi
mayor temor: “Hiciste una promesa, pero creo que ya la olvidaste”. Era cierto,
sabía que le había prometido algo (suena a lo que suelo hacer), pero no
recordaba exactamente qué le había prometido. Minutos después se conectó
Itzamarai, también entabló una conversación por chat conmigo y me dijo que si
quería ir al cine por la tarde. Le dije que sí, era la oportunidad perfecta que
no habíamos tenido en mucho tiempo para poder platicar. Sin más, me disculpé en
ambas conversaciones de mi pronta ausencia y apagué la computadora para
prepararme. Cuando estuve listo, le mandé un mensaje a mi novia para decirle
que iba en camino. Y en el camino seguía pensando sobre aquella promesa, sobre aquella
persona.
Fuimos a ver la recién estrenada
película que dirigía y protagonizaba Eugenio Derbez. Aunque nunca me gustó su
faceta como cómico de Televisa (es cierto, todos reíamos con él, nos gustase o
no), tenía cierta reticencia. Derbez fue un genio con la elaboración de la
película, me encantó la trama y la actuación de “Sammy” me partió de risa.
Después de la película regresamos caminando a su casa, situación que nos
favoreció a ella y a mí porque platicamos de todo lo que no habíamos podido
platicar en este tiempo. Sí, no le conté nada sobre Viridiana ni sobre la
charla que tuve por chat en la tarde con aquella otra persona. Los amores del
pasado son fantasmas, entes incorpóreos que hacen sus apariciones en el momento
menos esperado, aquel espectro se hacía presente; un boggart (en términos Pottéricos) cuya forma mudaba según el miedo,
y en mi caso: uno femenino, devastador. Pero los fantasmas del amor no sólo son
pasados, también los hay en el presente y Viridiana estaba tomando aquella
sutil forma; fue una suerte que no me llamara en todo el día. Sea como fuera,
no quería enfrentar ninguna de aquellas situaciones sin primero volver a restaurar
mi relación con Itzamarai. Y ella, no sé si por intuición o por inexorable necesidad
también lo sabía, tanto, que dejamos las palabras y rencores afuera del primer
motel que encontramos en el camino.
R. O.
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