martes, 10 de septiembre de 2013

Diario de un feministo - Septiembre 9

Septiembre 9

La promesa

Ella hizo un gesto de desaprobación. Volví a preguntarle mientras fumaba ya sin sentido. “No hay nada”, me dijo y de inmediato le hice otra pregunta: “¿Entonces por qué te escribes de esa manera con él?” Ella sabía a lo que me estaba refiriendo. “No lo entenderías”, dijo y una fuerza hasta ese momento desconocida se iba apoderando de mí. “¿Por qué no lo entendería?”, volví a preguntarle y ella caminó hacia la cama para sentarse en una de las esquinas. “Hay mucho que necesitas saber y no es ni el momento ni el lugar, déjalo para después, por favor”. Quise estallar en ese momento, salir de la habitación y conducir lo más lejos posible, pero me quedé allí, mirándola fijamente con una mirada incomprensible, destructiva.

Ella salió de la casa, yo no la detuve ni le dirigí la palabra. Me quedé escribiendo, todas las palabras y todos los sentires. Vomité emociones. Anocheció y me pregunté si había llegado a su casa, si había ido a parar con él. Entonces escuché que llamaban a la puerta. Era ella y llevaba consigo un cuadro, pequeño. Me pidió volver a entrar. La dejé pasar y fuimos a mi habitación. Allí dio vuelta al cuadro y pude contemplarlo, era la imagen de una mano que detenía el paso de unos clavos que iban en dirección a una pareja, en tonos blancos y negros. Me dijo que salió a caminar y se encontró con aquella imagen, la compró y regresó con la firme intención de explicar lo que sucedía, el mal entendido en el que, según ella, yo me encontraba. Me hizo entrega del cuadro y me dijo:

“Te lo doy como símbolo de una promesa. Tarde que temprano sabrás la verdad de las cosas. Si hay algo en lo que no debes de dudar nunca es que te amo, que eres lo más importante para mí, que no tengo ojos para ti y que sepas que quiero mi vida contigo y sólo contigo. Aún no te puedo explicar, pero te entrego este cuadro para que veas mi compromiso a explicarte esta situación. Perdona que no pueda decirte nada más. Llamé a mi madre y le dije que habíamos peleado y quería arreglarlo. Y bueno, sólo quiero saber si quieres que me quede esta noche contigo o me regrese a casa, no es necesario que me lleves”.


Me quedé mirando el cuadro y escuchando sus palabras. Para mí no había otra explicación que una infidelidad de su parte. Un vil juego de sentimientos y emociones plásticas. Me sentí engañado. Pude haber terminado la relación en ese mismo instante. Confrontarla a que me dijera en ese momento lo que sucedía, con la amenaza de terminar si no lo hacía. Pero la amaba mucho, más que cualquier dolor e infidelidad. Le di el voto de confianza, total, aquella situación y aquella relación ya no era la de un principio. Me convencí de que no perdía nada otorgándole la duda. Pero le pedí que se fuera. Ella, ya con los ojos tristes, me dijo “de acuerdo” y se marchó. El resto de la noche me quedé llorando, leyendo una y otra vez el texto intentando encontrar aquello que no podía explicarme ahora; pero seguía sin ver nada, la misma infidelidad, la misma de las anteriores, de todas, de siempre. ¿Cómo seguir en una relación en la que en un santiamén pierdes toda la confianza en la otra persona? 

R. O.

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