Septiembre 4
Una escala inesperada
Trabajando en la redacción de una revista de
contenido científico, situación de lo más aburrida, pude entrar a mis cuentas
de redes sociales para despejar mi mente por un momento. Pero no había nada
interesante qué ver, comentar o escribir. Entonces recibí la alerta de una
conversación. Se trataba de Vanesa, una amiga de la secundaria. Me escribió: “¡Qué
bueno que te encuentro conectado! Pásame tu número. Isabel viene a la ciudad
hoy”. Aquella noticia me tomó por sorpresa, tanto, que brinqué cuando escuché
el tono de mi celular. Vanesa me llamó para confirmarme lo dicho en la
conversación. Me dijo que llegaba a las seis de la tarde y que si podía
acompañarla al aeropuerto para su llegada. Yo tenía otros planes (me había
quedado de ver con Itzamarai en su universidad), pero no podía pasar esta oportunidad
de volver a ver a Isabel. Finalmente, le dije que tenía algo de trabajo
pendiente, pero que las alcanzaba en el aeropuerto. Ella terminó con la llamada
diciendo: “Ella no quería que dijera nada, sólo hará escala en la ciudad por
unas horas”.
Movido por aquella situación repentina,
de inmediato me comuniqué con Itzamarai, le envié un mensaje diciéndole que los
planes habían cambiado, que me había surgido otro compromiso y que más noche le
llamaba para decirle cómo habían resultado las cosas. Después de terminar la
jornada laboral, me fui de regreso a casa, hice algunas compras, me di un baño
rápido y conduje hasta el aeropuerto. En la sala de espera de las llegadas
internacionales ya me esperaba Vanesa. Mientras observábamos el monitor para saber
la situación del vuelo donde viajaba Isabel, recordamos aquellos ayeres cuando
estudiábamos juntos en la misma secundaria. Casi en el último año, Isabel tuvo
que viajar a Colombia. Un golpe de suerte en el trabajo de su padre lo había
colocado al frente de una gran empresa trasnacional de aparatos electrónicos y
su nuevo puesto se encontraba en aquellas distantes tierras. La despedida fue
triste, con la promesa de escribirnos diario. Y aquellos correos electrónicos
fueron cada vez menos al punto en que sólo nos enviábamos felicitaciones de
cumpleaños o de navidad y año nuevo. Y sí, mi interés en volver a verla
estribaba en el hecho de que, en aquellos ayeres, Isabel me gustaba.
Apareció tras desplazarse las puertas,
con el mismo semblante de siempre, aquellos ojos color miel sacados de su madre
y el pelo teñido de un negro que hacían más notoria su tonalidad de piel clara.
Se sorprendió al vernos y los tres nos fundimos en sonrisas y abrazos que no pararon
por un buen tiempo. Aquellas horas de escala las pasamos platicando, cenando y
bebiendo en uno de los restaurantes del aeropuerto. Después de pasarnos
nuestros números de celular, salimos para acompañarla a su siguiente vuelo. Aunque
le dijimos que era nuestra invitada de honor, ella no aceptó que pagáramos su
cuenta. Se despidió de ambos y cuando fue mi turno, le entregué un libro con
una dedicatoria que le pedí leyera hasta que llegara a su destino. Me dio un
beso en la mejilla y desapareció entre la gente. Llevé a Vanesa a su casa y
luego regresé a la mía para platicarle a Itzamarai de lo que había sucedido. Y
claro, sin decirle nada sobre el libro, ni mucho menos de la dedicatoria: “Isabel: Ojalá que este libro te recuerde siempre a mí, a nosotros, a tu gente y
a tu país. Gracias por esta dulce nostalgia, me sentí como hace mucho no me
había sentido, como cuando teníamos aquella edad. Besos siempre. R.O.”.
R. O.
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