Septiembre 20
Vernos de nuevo
Viridiana me levantó temprano de su cama. Me
dijo que ella podía pedir permiso de faltar, por su molestia en el tobillo,
pero yo tenía que llegar a trabajar; de otra manera, resultaría sospechoso que
ninguno de los dos se presentara. Me levantó con tiempo suficiente para que me
diera un baño, me dejó en su recámara una muda de ropa mientras preparaba un
plato de avena en la cocina. “Te queda grande, pero es mejor a que si fueras
con la misma ropa”, dijo cuando salí rumbo a la sala para recoger mi celular,
supuse que aquella ropa era de su ex marido. No sabía muy bien cómo reaccionar,
al perecer ella estaba tomando muy bien las cosas, pero algo dentro de mí no
permitía confiarme del todo. Me dio de nuevo las llaves del coche y me explicó
el plan: “como vieron que ibas a conducir y llevarme a casa, dirás que me
dejaste y yo te presté el coche para que te fueras a tu casa y me lo
devolverías al día siguiente por la tarde”. Yo no entendía para qué tantos
pretextos, no tenía a nadie a quién contarle lo que había sucedido y si sucedió
fue porque quisimos. Terminé por asentir con la cabeza y me dispuse a comer el
plato con avena y leche.
Llegué al trabajo y nadie me preguntó
nada de lo que había sucedido ayer; cosa que era de suponerse, pues Viridiana
trabajaba en un piso y área diferente al mío, incluso dudaba si alguno supo qué
hice ayer por la tarde-noche. Continué con las labores que había dejado
pendiente el día anterior, revisé mi celular para saber si Itzamarai me había
mandado un mensaje, pero nada; al parecer el estar en paro en su universidad la
mantenía ocupada todo el tiempo. Salí a comer en la fonda cerca del trabajo y
de nuevo intercambié algunas palabras con Álvaro, nada fuera de lo común. Me
dio su visión de lo que pasaba en el país y yo sólo negaba o asentía con la
cabeza según fuera el sentido de su perorata. No tenía ganas de hablar sobre lo
que pasaba en el país, nunca las he tenido. Como alguna vez se lo dije a mi
novia: teniendo qué comer, dónde dormir y a quién cogerse; todo lo demás es
vanidad. Y después de la cogida de ayer, de la jeteada monumental del lunes y
el chicharrón en salsa verde, con frijoles refritos, que me estaba chingando en
esos momentos; bien cumplía con aquellos mandamientos.
Por la tarde fui a entregarle el coche a
Viridiana. Quise saber si habría algo más, pero fui advertido por la llamada de
mi celular: era la mamá de Itzamarai. Estaba preocupada porque su hija no se
había comunicado con ella desde hace un par de días y me pedía el enorme favor
de ir a la universidad, hablar con ella, y de ser posible traerla a casa. Me
disculpé con Viridiana, le inventé que me había surgido un problema en casa y
me despedí de ella. Y un beso fugaz más su sonrisa, me hizo suponer que pronto
nos veríamos de nuevo. Un par de horas después, cayendo la noche, llegué a la
universidad. En el camino me pregunté que estaba sucediendo conmigo, la noche
anterior la había engañado, y estaba con una tranquilidad perturbadora. ¿Qué no
debería de comerme la culpa? Reconocí que quizás, con todas las chaquetas
mentales que me hice de ella con su amigo, bien condecoraba mi hazaña como algo
digno de las mejores justicias terrenales que uno puede hacerse por mano propia.
Y el vernos de nuevo, al llegar a donde estaba ella, me resultó extraño; era
como mirar a la mujer que amaba por más de un año, y también a la mujer a la que
había engañado como resultado de la ley de talión.
R. O.
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