sábado, 21 de septiembre de 2013

Diario de un feministo - Septiembre 20 - Vernos de nuevo

Septiembre 20

Vernos de nuevo

Viridiana me levantó temprano de su cama. Me dijo que ella podía pedir permiso de faltar, por su molestia en el tobillo, pero yo tenía que llegar a trabajar; de otra manera, resultaría sospechoso que ninguno de los dos se presentara. Me levantó con tiempo suficiente para que me diera un baño, me dejó en su recámara una muda de ropa mientras preparaba un plato de avena en la cocina. “Te queda grande, pero es mejor a que si fueras con la misma ropa”, dijo cuando salí rumbo a la sala para recoger mi celular, supuse que aquella ropa era de su ex marido. No sabía muy bien cómo reaccionar, al perecer ella estaba tomando muy bien las cosas, pero algo dentro de mí no permitía confiarme del todo. Me dio de nuevo las llaves del coche y me explicó el plan: “como vieron que ibas a conducir y llevarme a casa, dirás que me dejaste y yo te presté el coche para que te fueras a tu casa y me lo devolverías al día siguiente por la tarde”. Yo no entendía para qué tantos pretextos, no tenía a nadie a quién contarle lo que había sucedido y si sucedió fue porque quisimos. Terminé por asentir con la cabeza y me dispuse a comer el plato con avena y leche.

Llegué al trabajo y nadie me preguntó nada de lo que había sucedido ayer; cosa que era de suponerse, pues Viridiana trabajaba en un piso y área diferente al mío, incluso dudaba si alguno supo qué hice ayer por la tarde-noche. Continué con las labores que había dejado pendiente el día anterior, revisé mi celular para saber si Itzamarai me había mandado un mensaje, pero nada; al parecer el estar en paro en su universidad la mantenía ocupada todo el tiempo. Salí a comer en la fonda cerca del trabajo y de nuevo intercambié algunas palabras con Álvaro, nada fuera de lo común. Me dio su visión de lo que pasaba en el país y yo sólo negaba o asentía con la cabeza según fuera el sentido de su perorata. No tenía ganas de hablar sobre lo que pasaba en el país, nunca las he tenido. Como alguna vez se lo dije a mi novia: teniendo qué comer, dónde dormir y a quién cogerse; todo lo demás es vanidad. Y después de la cogida de ayer, de la jeteada monumental del lunes y el chicharrón en salsa verde, con frijoles refritos, que me estaba chingando en esos momentos; bien cumplía con aquellos mandamientos.


Por la tarde fui a entregarle el coche a Viridiana. Quise saber si habría algo más, pero fui advertido por la llamada de mi celular: era la mamá de Itzamarai. Estaba preocupada porque su hija no se había comunicado con ella desde hace un par de días y me pedía el enorme favor de ir a la universidad, hablar con ella, y de ser posible traerla a casa. Me disculpé con Viridiana, le inventé que me había surgido un problema en casa y me despedí de ella. Y un beso fugaz más su sonrisa, me hizo suponer que pronto nos veríamos de nuevo. Un par de horas después, cayendo la noche, llegué a la universidad. En el camino me pregunté que estaba sucediendo conmigo, la noche anterior la había engañado, y estaba con una tranquilidad perturbadora. ¿Qué no debería de comerme la culpa? Reconocí que quizás, con todas las chaquetas mentales que me hice de ella con su amigo, bien condecoraba mi hazaña como algo digno de las mejores justicias terrenales que uno puede hacerse por mano propia. Y el vernos de nuevo, al llegar a donde estaba ella, me resultó extraño; era como mirar a la mujer que amaba por más de un año, y también a la mujer a la que había engañado como resultado de la ley de talión.   

R. O.

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