Septiembre 19
Error deseado
No sé si existan los errores deseados. Una cosa
es desear un error, que algo o alguien se equivoque, que algo pase o no pase.
Pero el error deseado se convierte en algo más, como si de todas las
posibilidades de error hubiera un más erróneo que todos, una confirmación inexacta.
Desde medio día estuve con Viridiana, me pidió que dejara mis labores
cotidianas para ayudarle a preparar todo lo necesario para el evento de la
noche. Comimos juntos en un bonito restaurante cerca del trabajo, parte de mi
premio –según– y regresamos para terminar los detalles. Cuando ella salió de su
oficina, se había arreglado y cambiado algunas prendas, las necesarias para
crear en ella, junto con el maquillaje, una combinación atractiva, cautivadora.
Siempre me han encantado las mujeres que visten con tacón, y aquéllos, por su
tonalidad, lograrían su objetivo: hacer ver a su portadora como toda una
modelo, digna de todas las miradas y atenciones.
Llegamos en su coche al lugar, el Ateneo
Español de México. De inmediato se presentó a nombre de la editorial mientras
me presentaba como “un editor” a secas, y yo haciendo malabares para cargar con
todas las cosas y saludar. La presentación me pareció aburrida, a pesar de ser
de historia. Su visión de múltiples miradas, de cosas del pasado y remitirlas
al presente no era más que un intento nuevo de captar suscriptores. Al final se
dio un vino de honor, y Viridiana y yo degustamos un vino blanco, frutal,
proveniente de Sudáfrica. Aunque me supo rico, nunca he entendido esa necesidad
de gastar en cosas “peculiares”, pero no negaré que, de tener todo ese dinero,
también compraría y bebería muchos vinos como aquel.
Todo sucedió muy rápido. Al salir del
lugar, ya con unas copas encima, Viridiana pisó mal con el tacón, produciéndole
una estrepitosa caída, un dolor inmenso y una inflamación que no pretendía
quitarse en unas horas. Me ofrecí a manejar su coche y llevarla a su casa. Ella
aceptó el gesto y se acomodó en el asiento del copiloto con cierta dificultad.
En el camino seguíamos platicando, por lo poco que sabíamos de nosotros, aquel
trayecto se nos hizo interesante; a pesar de trabajar en el mismo lugar poco
sabíamos del otro. La ayudé a subir al departamento, después de estacionar el
coche. Viridiana me agradeció que la recostara en el sofá y fuera por hielos a
su refrigerador para colocárselos. Me despedí de ella, pero me dijo que si no
quería quedarme, que corría riesgo ir hasta mi casa tan noche. Quise decirle que
no se preocupara, pero me convenció su invitación a continuar con aquella
plática y con la bebida.
No sabré nunca los caprichos del
destino. Tampoco sé por qué se dieron así las cosas o si se dieron así como una
prueba, o como una señal. Los dos seguíamos embelesados con la plática,
descubriendo lo que no sabíamos del otro. Al décimo caballito de tequila eran
sonoras carcajadas y parecía que su dolor había desaparecido. En el décimo
quinto ella intentó levantarse y fue a caer a mi lado. Para el décimo octavo
ella y yo nos mezclábamos en caricias, en besos que pedían haberse dado desde
mucho antes. Y cuando no quedó más en la botella, la fiesta apenas había
comenzado. Sí, pese al número de tequilas había una parte de mí que estaba
consciente, que sabía lo que estaba haciendo y hasta lo encontraba placentero.
¿Por qué no? ¿Por qué negarme a algo cuando Itzamarai seguramente se había
encamado a su amigo? Aquella sensación era liberadora: no sólo mi novia, también
yo podía estar con alguien más.
R. O.
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