viernes, 20 de septiembre de 2013

Diario de un feministo - Septiembre 19 - Error deseado

Septiembre 19

Error deseado


No sé si existan los errores deseados. Una cosa es desear un error, que algo o alguien se equivoque, que algo pase o no pase. Pero el error deseado se convierte en algo más, como si de todas las posibilidades de error hubiera un más erróneo que todos, una confirmación inexacta. Desde medio día estuve con Viridiana, me pidió que dejara mis labores cotidianas para ayudarle a preparar todo lo necesario para el evento de la noche. Comimos juntos en un bonito restaurante cerca del trabajo, parte de mi premio –según– y regresamos para terminar los detalles. Cuando ella salió de su oficina, se había arreglado y cambiado algunas prendas, las necesarias para crear en ella, junto con el maquillaje, una combinación atractiva, cautivadora. Siempre me han encantado las mujeres que visten con tacón, y aquéllos, por su tonalidad, lograrían su objetivo: hacer ver a su portadora como toda una modelo, digna de todas las miradas y atenciones.

Llegamos en su coche al lugar, el Ateneo Español de México. De inmediato se presentó a nombre de la editorial mientras me presentaba como “un editor” a secas, y yo haciendo malabares para cargar con todas las cosas y saludar. La presentación me pareció aburrida, a pesar de ser de historia. Su visión de múltiples miradas, de cosas del pasado y remitirlas al presente no era más que un intento nuevo de captar suscriptores. Al final se dio un vino de honor, y Viridiana y yo degustamos un vino blanco, frutal, proveniente de Sudáfrica. Aunque me supo rico, nunca he entendido esa necesidad de gastar en cosas “peculiares”, pero no negaré que, de tener todo ese dinero, también compraría y bebería muchos vinos como aquel.

Todo sucedió muy rápido. Al salir del lugar, ya con unas copas encima, Viridiana pisó mal con el tacón, produciéndole una estrepitosa caída, un dolor inmenso y una inflamación que no pretendía quitarse en unas horas. Me ofrecí a manejar su coche y llevarla a su casa. Ella aceptó el gesto y se acomodó en el asiento del copiloto con cierta dificultad. En el camino seguíamos platicando, por lo poco que sabíamos de nosotros, aquel trayecto se nos hizo interesante; a pesar de trabajar en el mismo lugar poco sabíamos del otro. La ayudé a subir al departamento, después de estacionar el coche. Viridiana me agradeció que la recostara en el sofá y fuera por hielos a su refrigerador para colocárselos. Me despedí de ella, pero me dijo que si no quería quedarme, que corría riesgo ir hasta mi casa tan noche. Quise decirle que no se preocupara, pero me convenció su invitación a continuar con aquella plática y con la bebida.


No sabré nunca los caprichos del destino. Tampoco sé por qué se dieron así las cosas o si se dieron así como una prueba, o como una señal. Los dos seguíamos embelesados con la plática, descubriendo lo que no sabíamos del otro. Al décimo caballito de tequila eran sonoras carcajadas y parecía que su dolor había desaparecido. En el décimo quinto ella intentó levantarse y fue a caer a mi lado. Para el décimo octavo ella y yo nos mezclábamos en caricias, en besos que pedían haberse dado desde mucho antes. Y cuando no quedó más en la botella, la fiesta apenas había comenzado. Sí, pese al número de tequilas había una parte de mí que estaba consciente, que sabía lo que estaba haciendo y hasta lo encontraba placentero. ¿Por qué no? ¿Por qué negarme a algo cuando Itzamarai seguramente se había encamado a su amigo? Aquella sensación era liberadora: no sólo mi novia, también yo podía estar con alguien más.

R. O. 

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