sábado, 7 de septiembre de 2013

Diario de un feministo - Septiembre 7

Septiembre 7

Caída

Seguía sin poder dormir, sin creer en lo que había visto en aquellos mensajes. Itzamarai seguía durmiendo, eran cerca de las dos de la madrugada cuando decidí buscar más. Fui por la mochila de ella, saqué su computadora portátil y la encendí. Esperé a que iniciara y me introduje a sus cuentas. Entre a su perfil en Facebook, que se encontraba abierto, leía cada una de las conversaciones con un sentir contradictorio: una parte de mí deseaba no encontrar nada, ninguna insinuación que perturbara la relación maravillosa a su lado, la otra parte de mí se desvivía con la esperanza de encontrar algo más, cualquier cosa lo suficientemente clara para aterrizar de la nube llamada noviazgo y caer en picada para despertar con la intención de creer que no hay relaciones perfectas, que la nuestra no lo era.

Entonces llegué a la conversación con Miguel Ángel, a quien le había enviado los mensajes por su celular. Mis ojos no podían dar crédito a lo que estaba leyendo. Una conversación plagada de insinuaciones, ganas de verse, impedimentos por situaciones particulares, besos y te amos, e incluso una salida al cine que prometía un “no pasará nada que no quieras” escrito por él y un “ese es el problema” escrito por ella. Por más acelerado que se encontrara mi corazón, el frío comenzaba a recorrer más y más mi cuerpo. Era una sensación conocida, la misma sensación de todas las veces anteriores en que por alguna u otra situación mis relaciones pasadas no funcionaban. Y nunca funcionaban porque tarde que temprano se cometía un error, muchas veces mío. ¿Cómo reaccionar cuando uno no comete el error? ¿O acaso también se es culpable porque no vemos nunca por lo que está pasando la otra persona? ¿Y si su necesidad de tener a alguien más se debe a que no soy lo suficiente para ella?

Una infinidad de preguntas seguían cruzando por mi mente al tiempo que copiaba aquella conversación para guardarla en un documento. Con mi usb, la copie a mi computadora, como teniendo así la prueba irrefutable de que lo nuestro había terminado. Me fui a la cama y me acosté a su lado. Dormía tan tranquila. Mi mente pidió un descanso a la fuerza: empezó a dolerme. Quise abrazarla, lo hice. La abracé con la firme convicción de que sería la última vez. Y es que, cuando las relaciones terminan, uno empieza a hacer memoria del último beso, el último abrazo, la última relación sexual. De nada sirve planear las despedidas, y sin embargo me encontraba allí, a pocas horas para que amaneciera, formulando un plan para mañana.


Ella me despertó, ya se encontraba lista para asistir a sus clases sabatinas. Me dijo que si prefería quedarme en casa, a lo que acepté. Ella se despidió de mí con la promesa de regresar a casa después de sus clases. Cuando escuché que la puerta de la casa cerraba, comencé a llorar. No sé si lloraba por todo el tiempo que vivimos juntos, porque se había convertido en polvo o quizás porque siempre fue polvo. Tardé más de una hora para recobrarme de aquel mal sentir. Me preparé para su regreso. El resto de la mañana la dediqué a hacer ejercicio y el quehacer de la casa, en especial, el de la habitación. En aquel tiempo buscaba en mi mente las palabras precisas. No quería que fuera una plática extensa, pero sí que pudiera responder ella por qué y desde cuándo. Llegó a casa y me encontró fumando, le resultó extraño y antes cuando me preguntó si algo malo había sucedido, de forma tajante y con una seriedad desconocida para ella y para mí, le pregunté: ¿Qué hay entre tú y Miguel Ángel?        

R. O.

No hay comentarios:

Publicar un comentario