lunes, 23 de septiembre de 2013

Diario de un feministo - Septiembre 23 - Apariciones

Septiembre 23

Apariciones


Después de la noche anterior Itzamarai y yo regresamos a una estabilidad como hace tiempo no teníamos. Por un momento pasó por mi mente si nuestra relación sólo estaba basada únicamente en el sexo, pero caí en cuanta de mi errada conjetura al rememorar todo lo que hemos vivido en este año, sin duda, la relación más feliz que he tenido en todo este tiempo. Sin embargo, aquellos claroscuros de la relación seguían presentes; no olvidaba la promesa que aún no ha podido confesarme como que su relación con aquel amigo suyo aún continúa; el fantasma de mi pasado y aquella fugaz noche que tuve con Viridiana.

El fantasma que de mi pasado que hizo recién aparición tiene nombre: Sonia. Mucho tiempo después debí de caer en cuenta que ni siquiera su nombre me pareciera lindo. Si hay algo en lo que creo es en el significado de los nombres; bien podría parecer curioso, burdo o baladí, pero si hay algo que he aprendido en todos estos años como editor es que la palabra tiene significado y pronunciar resulta ser un acto evocador. En resumidas cuentas, aquel nombre trae consigo muchos de los momentos más tristes; escenas de celos disfrazadas de preocupación, una inestabilidad económica y la responsabilidad paternal que aunque no tendría por qué ser terminó siendo. Todos estos años, tras evasivas y escapatorias, las circunstancias volvieron a acercarme de nuevo a ella, ahora con la posibilidad de terminar de una vez con aquel fantasma, si bien no dispersarlo (porque siempre estarán con uno) al menos lograr que deje de aparecerse. Pero había un miedo oculto, personal; sabía que si volvía a verla era como encontrarme conmigo mismo a la edad de dieciocho años, recordar las metas que pude haber logrado y que dejé ir con la esperanza de formar algo con ella, con su hijo. No podía seguir conteniendo un río que tarde que temprano se desbordaría.


Viridiana apareció en mi camino, rumbo a la salida del edificio, a la hora de la comida. Decidimos ir a la fonda donde suelo comer con Itzamarai. Álvaro, el meso con quien había entablado recién plática, me hizo un gesto, una disimulada sonrisa que bien podía traducirse como un: “ella no está nada mal”. Le pregunté cómo seguía con lo de su pie, y ella me atajó con otra pregunta, quería saber que estuve haciendo el fin de semana. No me quedó otra más que continuar mintiendo. Aprovechando lo que me sucedía con el fantasma de mi pasado, construí la mentira: le dije que mi ex me había localizado, y que incluso el domingo salimos… (en ese momento Viridiana maquinaba no sé qué cosas, pues su rostro sereno había cambiado, lo que me llevó a pensar más rápido en lo que estaba diciéndole) pero fue en el centro, una plática; resulta que quiere regresar, pero yo ya no quiero, pero hay algo que aún me mueve de ella, quizás los momentos que vivimos felices, aunque no fueron muchos. Además, pues lo que sucedió entre nosotros me tiene en ascuas, con muchas dudas, porque no hemos tenido tiempo de platicar y sólo quería que supieras que fue algo inolvidable y quisiera saber qué sentiste tú (no sé por qué en ese momento me sentí abochornado, parecía ser yo la mujer en la relación). Viridiana espetó una risa, me dijo que no me lo tomara tan en serio; que lo nuestro sucedió y ya; tampoco negaba su interés en algo más, pero prefería que arreglara mi pasado. Ya no supe qué más decirle: había una posibilidad de estar con ella, pero también estaba Itzamarai, Itzamarai y su ser, y la aparición involuntaria de un fantasma al que amé como jamás amaré.

R. O.      

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