Enero 6
Magia
real
Esteban intentó cambiar su vida con el único propósito de recuperar a
Itzamarai. Días antes ha intentado localizarla, pero no sabe nada de ella. Todo
parece indicar que cambió de número celular, que fue bloqueado de Facebook y que los amigos en común
decidieron callar como tumbas y cambiar de tema cada que se mencionaba a
Itzamarai. Para cuando amaneció, sabía que la única opción posible era
visitarla a su casa. Quiso dejarlo para el final.
Por la mañana salió a correr, pero no lo logró. A
penas si trotó un par de vueltas en el circuito que, hace poco menos de medio
año, podía dedicarle media hora a paso firme. La cuesta volvía a mirarse complicada.
Su cuerpo también era reflejo de todos los problemas que tuvo, los que sigue
teniendo. Era volver a ejercitarse, cuerpo y mente, mente y espíritu, espíritu
y quintaescencia, el propósito posible de mirarse de nuevo, manos entrelazadas,
con la persona que, hasta la fecha, lo conoce mejor. Otra vez dejar el cigarro,
la mariguana, el alcohol y demás toxinas que no le servían, que lo mataban. En
el desayuno escuchó que una madre le decía a su hija: “Ante todo, las
relaciones se basan en el respeto”.
Por la tarde se dedicó a estar en casa. Acompañó a
su hermana Silvia y su sobrina Paola a la explanada del municipio para que la
niña jugara con el triciclo que le habían traído los reyes magos. Ver a la niña
contenta no le provocó algún recuerdo incómodo, como pensar el qué hubiera
pasado de haber continuado con el embarazo de Itzamarai; lo que le vino a la
mente fue su infancia al correr de los años y de los seis de enero. Esteban
tuvo la fortuna de aquellos niños que gozaban, año con año y sin excepción
alguna, de todos los juguetes que pedía para reyes. Recordó desde los peluches,
el triciclo, el estacionamiento miniatura, la bicicleta, la avalancha, el
futbolito, la consola de videojuegos y tantos otros regalos que bien pudieron
nunca haber llegado, pero estuvieron ahí, iluminados siempre por las luces del
árbol y del nacimiento. Habló con su hermana al respecto, la vez en que
descubrieron a los reyes magos y todas las alegrías y risas que provocaba la
ilusión de ver cumplidos los deseos. Y cuando le dijo la palabra “ilusión”,
Silvia le respondió que no era ilusión, porque era verdadera la emoción. “Es
magia real”, dijo, y a Esteban se le ocurrió una idea.
En la obscuridad de la noche, Esteban llegó a la
casa de Itzamarai y llamó a la puerta. Sin ilusión alguna, mera agua de azahar,
ella fue quien abrió la puerta y se encontró con él. Pasó una cantidad
incalculable de tiempo para que él dijera un “hola” y otra para que ella
respondiera, también, “hola”. Teniendo la oportunidad de hablar sobre lo que
había sucedido, él prefirió pedirle que cerrara los ojos, a lo cual ella
aceptó. Él sacó del coche un gran regalo que dejó en las manos de ella, quien
abrió los ojos en cuanto sintió el peso del regalo. Lo abrió ahí mismo y le
vino al rostro una inevitable sonrisa infantil. Era el microhornito que, año
tras año, Itzamarai había pedido a los reyes sin que se lo trajeran nunca. Ella
se lo contó una vez y él lo recordó. Itzamarai le dio las gracias y él, sabiendo
que la magia real no era el regalo sino el recuerdo, y queriendo recobrar todo
el respeto que se derrumbó, le dijo sonriendo: “de nada”.
Rodrigo O´Gorman
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