sábado, 31 de agosto de 2013

Carta de otro hombre en respuesta a un hombre verdadero que escribió una carta a las mujeres

Para que las mujeres lean, y el hombre que escribió la carta… entienda.
Carta de otro hombre en respuesta a un hombre verdadero que escribió una carta a las mujeres

Queridas amigas, y amigo:

Sí importa cuánto pesen: pero que no se confundan mis palabras, que no van por la cuestión de la vanidad, sino por salud (y no, tampoco pido que todas y todos estemos en nuestro peso "ideal"; sólo no debemos descuidar nuestro cuerpo). Por supuesto que es fascinante tocar, abrazar y acariciar el cuerpo de una mujer… siempre y cuando ella lo permita y quiera, pues otros pueden confundirse y pensar que aquellas palabras son una carta abierta a tocar y abrazar y acariciar los cuerpos de las mujeres que quieran nada más porque quieren. No entiendo a qué viene su tercer línea de algo que se debate entre un mal poema o una reflexión irreflexible.

El talle es la medida, la disposición de las formas y se lo aclaro en aras de despejar una duda (para nada es un intento de subirme a un tabique llamado soberbia). Si líneas arriba de su texto dijo que no importa la talla, entonces: ¿por qué decir que si la forma de la mujer es como una guitarra está buena?. Mayor y absurda generalización y contradicción sumada no pudo haber escrito. Y si a instrumentos vamos y entramos en el mismo reducto y parangón de palabras toscas: la mujer no es guitarra, sino violín. Claro que importan los centímetros, si no importaran poco valor tendría el poema (ese sí, con todas las de la ley) de Rubén Bonifaz Nuño:

Es como si dijeras:
"Cuenta hasta diez, y búscame", y a oscuras
yo empezara a buscarte, y torpemente
te preguntara: ¿estás allí?", y salieras
riendo del escondite,
tú misma, sí, en el fondo; pero envuelta
en una luz distinta, en un aroma
nuevo, con un vestido diferente.

En mayor trampa no pudo haber caído la mujer que pensara que sus letras eran maravillosas, con baladí comparación y denominaciones parcas. Y cuando pareciera que nada de las medidas importa, me viene con que deben de ser ideales, curvilíneas, pulposas (que quién sabe qué entienda usted por “pulposas”) y femeninas… pero: ¿qué no lo femeninas es ya epistemológico? Continúa con una clase del cuerpo, un ideal y una representación social que ha atado a las mujeres a cumplir estándares de belleza muchas veces inalcanzables… y por suerte recuerdo que usted no tiene la más mínima intención de ofenderles, y qué bueno, porque si lo tuviera…

Ya no sé si por quedar bien o por mero recurso retórico, ahora viene con que las chicas de pasarela son desérticas en emociones, mas le recuerdo que, aunque fascinadas por el velo de la moda, siguen siendo mujeres. Y aunque es cierto, se agreden, de nada sirve decir que lo hacen y menos sin proponer que dejen de hacerlo. No es que la mujer odie su cuerpo, le enseñaron a odiarlo; y no es exclusivo de las mujeres. Pero sigamos con su quimera literaria, sin pies ni cabeza, que afirma a la feminidad (que nunca explica qué entiende por ella) y la dulzura, la elegancia y el buen trato (poco faltó que sacara el Manual de Carreño y lo tomara como Moisés lo hizo con los mandamientos, bajando del monte Sinaí), fuesen las características únicas e irrefutables para ser mujer (cómo si fuera una lista por cumplir). Y lo de los viagras… menuda analogía.

Y como la lógica prospera en su texto, ahora presenta las obligaciones inexorables  del juicio de la historia, tan dañino como quien siga creyendo que la historia es juez y parte. Si a su lógica sobre el maquillaje continuamos: las representaciones sociales se hicieron para que las usemos… ¡usémoslas! Y no, para nada comparto eso de que nosotros debamos de andar a cara lavada, al menos yo me echo cremita Vasenol (no, Vasenol no me dio dinero por concepto de publicidad), y si me quiero consentir me pongo algo de una cremita que compré hace mucho de Lancŏme (mismo caso que Vasenol). Y como si la cosificación no fuera suficiente, ahora por mero capricho visual “insinúa” coquetamente que usen las faldas por el simple hecho de que para eso se hicieron. Y claro, retomando su lógica, las pistolas se hicieron para matarnos… ¡matémonos!  

¿Alguien dijo lo contrario sobre las olas y las caderas? Metafísico estáis, Rocinante, y no por el hambre. Claro, la madre naturaleza hace las cosas porque así las “planeó”, al diablo las representaciones sociales estructuradas antes, qué mejor recurso que la imbatible naturaleza que todo lo hace y todo lo puede; tanto, que hasta hay un dicho español: “Lo que la naturaleza no da, Salamanca no presta”.

(Lea el siguiente párrafo con un tono sarcástico) ¡Por favor! En qué piensan, mujeres, este tipo tiene toda la razón, y más cuando las compara con un mueble, y ustedes dicen: “hay qué bonito escribe”, y se vean obligadas a mostrar sus curvas a tantos como él que no importa que no quieras mostrar tu cuerpo, no importa porque se hicieron para eso, porque la madre naturaleza así lo quiso y te jodes, amiga, que no estás como para elegir... (termina el sarcasmo) por suerte falta poco para acabar con esta trampa machista.

Entiéndelo de una vez, amigo: ¡no tienen por qué obligarse a gustarnos! Y por si fuera poco ahora señalas que entre mujeres no puede haber comunicación ni amistad, engendrando así más rencor entre su género, más daño del bien (qué espero sea por pecar de ingenuo) quiere hacer. Qué bueno que usted es un hombre que sabe de mujeres… aunque no sea mujer y dé consejos a mujeres para cuidarse entre ellas... aunque siga sin ser mujer. Lo único claro hasta aquí es su habilidad para entromete entre líneas su machismo.

Ahora nos vamos con las confesiones sobre gustos, y que todas son lindas e irresistibles. Es decir: que no importa tu edad, ¡eres diga de ser cosificada, nomás porque yo lo digo! Y hasta aquí con sus puntos suspensivos que más allá de estilo suyo, muestran nula idea de lo que es la prosa. Luego nos saca, quién sabe de dónde, esas referencias que tanto gustan de usar la gente como usted, porque basta con poner unas comillas para pensar que una autoridad lo dijo y por ello se tiene la razón verdadera del mundo mundial (sí, sé que no se dice: mundo mundial). ¡Vaya, qué cerca estamos del conocimiento humano! Y para rematar como un torero de mira al toro que, cortado el rabo, se va por la oreja, de nuevo la naturaleza contraataca y ahora la culpa es una tendencia (respaldados con datos estadísticos precisos para poder usar la palabra “tendencia”) propia de ellas. Con cada palabra se supera a usted mismo, machito querido. La culpa no es una tendencia, es una emoción, que todos tenemos. Ojalá la tenga usted al recapacitar sobre la carta anónima que ha escrito.

Pero volvamos a su "carta", que es mucho decir, porque ahora el intento suyo de poema se ha convertido en lista:

Comerás cuanto tengas ganas.
Harás dieta sin sufrir.
Serás una loca ninfómana.

Entonces otros machitos, mujeres y hombres, digan “amén” y crean que aquello que usted escribió y resumió en el mismo número de puntos es como un debe ser y no un quiero ser. Y justo cuando se ve que este suplicio llamado “me salió del corazón” le dicta un final que implora acabar, da su vuelta de tuerca (que ni a media pulgada llega) para decir que la mujer ahora es un tanque de guerra, una guerra a la que está obligada a participar, a sufrir embates y heridas porque es un tanque. Y si no lo hacen entonces no han hecho nada bueno con su vida, porque así lo dice usted, amigo mío, y si no me cree, vuelva a leerse.    

Recuerde bien lo siguiente (entonces nos preparamos para ese magister dixit que tanto agrada a quien no puede terminar por sí mismo y busca cobijo de sus ideas en alguien reconocido que allá dicho algo parecido): No se necesita recurrir a ningún Dios para probar que ellas existen, basta mirarlas a los ojos sin ningún pensamiento que no sea la empatía: soy el otro, soy la otra.

¡Cuídese, quiérase!  

“Al menos ponga de dónde saca estas frases que le encanta colocar y entrecomillar”

Firma un hombre que no necesita decir que es "verdadero" para escribir una carta, y menos aún, para responderla.

Rodrigo O´Gorman

miércoles, 28 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 27)

Agosto 27

Xavier

Itzamarai no quiso hablar conmigo el día de ayer. Cuando llegó a casa lo único que pidió es estar con su mamá y después hacer sus deberes escolares. Insistí en que debía de darme una explicación, más porque veía en su mirada un dejo de tristeza. ¿La habrán asaltado? ¿Le habrán hecho algo? Le dijo a su madre que hablaría con ella en cuanto se despidiera de mí. Antes de abrir la puerta de su casa me dijo que estaba bien, que ya me lo explicaría mañana. Sin tener nada qué hacer, me fui sin despedirme, enojado porque no pudo decirme en ese momento lo que le había sucedido ¿tan grave era? Conduje a casa temiendo lo peor: una infidelidad suya.

A la mañana siguiente, después del trabajo, la alcancé en su escuela, tenía un par de materias que recursaba por la tarde, por lo que cuando llegué a la hora en que terminaba su clase. En el camino pensé en todas las posibilidades de su extraño comportamiento. Todas excepto lo que me dijo, cuando nos sentamos en una de las jardineras de su escuela y ella, que en todo ese camino no dijo nada y evitaba mi mirada, por fin habló:

–Tuve que mentir porque no quería que mi mamá supiera… –yo seguía igual de intrigado– y no quería que esto se saliera de mis manos. Mi intención no era preocuparte…
–Entonces: ¿por qué no me dijiste qué sucedía? –le dije un tanto serio.
–Me dio miedo que hicieras algo más. No me mal entiendas, sólo son cosas que pasaron en mi pasado y no quería que arruinaran nuestra rela…
–¿Puedes ir al grano de todo esto? –Interrumpí con el mismo tono.
–Se trata de un chico… –sentí una corazonada fría– un hombre de mi pasado: Xavier.


Itzamarai me explicó lo que sucedió. El domingo por la tarde decidió ir a casa de Vania, su amiga de la universidad, para estudiar para su examen y preparar algunas tareas de otras materias. En el camino, en una estación del metro, reconoció a su exnovio, quien iba acompañado de una chica muy hermosa (y que después se enteró que era la novia de él). Éste se abrió paso por el vagón, llevando de la mano a su novia, y se le acercó a Itzamarai. Le presentó a su novia, quien hizo una cara de desdén a Itzamarai, y le preguntó si seguía con la loca idea de entrar a la universidad y antes de que mi novia pudiera responderle Xavier se dirigió a su novia y le dijo: “es que esta mensa cree que va a lograr algo en la vida”, hecho que enfureció y entristeció a Itzamarai. Él siguió con su perorata: "No sabes lo feliz que soy desde que saliste de mi vida, no creo que haya nadie que pueda respirar tranquilo contigo a su lado". La novia de Xavier se reía, como encontrando divertido lo que su novio hacia con su expareja. Itzamarai bajó de inmediato en la siguiente estación, escuchando aún algunas palabras de él. “No sé cómo me pude fijar en ti”. Lo siguiente fue un llanto mezclado con rabia, con dolor, con vergüenza, con un sentir iracundo hacia la vida, el destino o lo que haya hecho que, después de tanto tiempo, volvieran a cruzarse. Esa noche le pidió a Vania quedarse en su casa, le platicó su situación y se desahogó toda la madrugada. Por un momento tuvo miedo de que alguna vez le pasara aquella situación conmigo, de ahí el por qué del mensaje. El resto del día no quiso hablar conmigo, esperando que entendiera por lo que había pasado. Y es que no es fácil encontrarse con nuestros fantasmas y confrontarlos, y menos aún cuando logran amilanarnos. Yo no supe si reconfortarla o confesarle que había pensado en lo peor… 

R. O.

martes, 27 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 26)

Agosto 26

Un mal sueño

Cerca de las dos de la mañana del día lunes recibí un mensaje de Iztamarai: Te amo mucho. Pase lo que pase siempre recuérdalo, siéntelo y dalo por hecho. Perdón si te despierto, si me has sentido dispersa y de un ánimo terrible últimamente. Le llamé para saber qué sucedía, pues es raro que me mande mensajes a esas horas de la madrugada, pero no contestó. Intenté de nuevo, siguió sin contestar. Le mandé un mensaje diciéndole que me extrañaba que no contestara, pero que no la sentía dispersa ni con ánimos terribles, le reiteré mi amor y le dije que descansara porque su semana en la escuela sería estresante (empiezan los primeros exámenes en algunas asignaturas). Esperé algunos minutos para ver si respondía mi mensaje, tantos que el sueño terminó por vencerme.

Después tuve un sueño difícil. Recuerdo muy pocas cosas, como que ella se encontraba con un semblante triste y yo intentaba consolar algo de por sí inconsolable. Luego mis miedos más frecuentes de niño se hicieron presentes, como los camiones, las vías del metro, los humanos con cabeza de perro y las arañas de colores nocivos y tamaños descomunales. Por suerte, fui despertado por Sebastián, mi gato, quien maullaba y arañaba la puerta afuera de mi habitación para que le abriera y pudiera pasar. Me levanté para darle de comer mientras recordaba lo que había sucedido. Tomé el celular para marcarle de nuevo a mi novia, pero me mandaba a buzón. “Quizás esté en clase”, pensé. Terminé por enviarle un mensaje, diciéndole que, si ella quería, podíamos vernos a la hora de la comida en mi trabajo para platicar. Sin esperar pronta respuesta, me preparé para ir a hacer ejercicio y después dirigirme al trabajo.

Hace mucho tiempo que no soñaba con mis pesadillas, intuí que el mensaje de la madrugada de Itzamarai me había dejado inquieto y eso provocó el mal sueño. Para la hora de comida del trabajo no recibí ninguna respuesta de ella. Comenzó a preocuparme, más cuando intenté llamarla y ahora me mandaba directamente a buzón: había apagado el teléfono. Intenté calmarme en la fonda pero el ruido de la gente, las pláticas que se cruzaban en la mesa y la música del local no me lo permitió. ¿Estará bien? ¿Habrá ido a la escuela? ¿Le pasó algo malo? ¿Por qué apagó su teléfono? ¿Llegó a su casa? ¿Por qué debería de sentirme amado pasara lo que pasara? ¿Salió a una fiesta? ¿Salió con alguien? ¿Se quedó con alguien y no llegó a su casa? Mi mente produjo un desvarío en todas las direcciones posibles, todas menos en alguna que me condujera a un sentir más tranquilo. Para cuando salí del trabajo tenía pensado ir a su casa, era la única manera de averiguar qué había sucedido y así quitarme de una vez por todas las angustias producidas desde  aquel mensaje en la madrugada.


Un par de horas después llegué a la casa de Itzamarai. Toqué y me abrió su madre, quien se sorprendió al verme. “¿Qué no mi hija está contigo?”, preguntó, provocándome un hueco en el pecho. “No, ¿qué no está aquí?”, le respondí ya con el ritmo cardíaco acelerado. “Me acaba de llamar a la casa, me dijo que estaba contigo y que en media hora llegaba”, dijo su mamá y entonces entendí que aquel mal sueño no fue una pesadilla, sino un augurio de algo que estaba sucediendo. ¿Dónde estuvo? ¿Por qué nos mintió? ¿Qué hizo?        

R. O.

lunes, 26 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 24 y 25)

Agosto 24 y 25

Hermandad

Ante mi desánimo por el infortunio de no haber logrado establecerme en el nuevo trabajo editorial hubo una reunión con mis amigos, que desde la preparatoria (cuando los conocí a todos) han estado –como yo con ellos– en cada uno de nuestros momentos de alegría, pero sobre todo en los momentos más nauseabundos y tristes. Entre los cinco hemos conformado no sólo una amistad, sino más bien una hermandad, una cofradía, los cinco mosqueteros si se quiere.

Después del trabajo de sábado por la mañana, pues comenzó a juntarse de nuevo la carga de trabajo, me vi con Itzamarai para ir al centro a comer algo, terminamos por comer algo en La casa del pavo y de ahí cada uno se dirigió a su casa. Ella sabía de mi reunión y sólo me deseó que me la pasara muy bien, pues hacía mucho tiempo que no me reunía con todos mis hermanos y quizás el juntarme con ellos me ayudaría a pasar el mal sabor de boca que fue no haberme quedado con el trabajo. Yo le di las gracias por los buenos deseos. Si hay algo que también me encanta de mi novia es la cuestión de las salidas con amigos. Ambos sabemos que conocimos gente antes de conocernos nosotros y que eso, lo de conocer personas nuevas– seguirá pasando. También estamos conscientes de la libertad del otro, por fortuna ninguno ha armado alguna escena de “no vas con tu amigo(a) porque yo lo digo” pues reconocemos que, en nuestras experiencias pasadas, a cada uno le fue como en feria respecto a las reuniones con amistades. En mi caso, mi anterior pareja casi no me dejaba ver a mis hermanos, y peor aún si se trataba de salir con una amiga porque entonces ya la estaba señalando a ella de “facilota” y a mí de infiel. Por suerte, para ambos, eso ha cambiado; sabemos lo que ya no queremos en nuestra vida como pareja y por eso hemos logrado tener la comunicación y confianza suficiente con el otro.

En la tarde pasé a mi casa para tomar unas cosas y llevarme el coche. Metí en una mochila todo lo necesario y después me despedí de mi papá avisándole que no regresaría hoy sino hasta mañana en la noche. Mi papá conoce a mis hermanos desde hace mucho, tanto como yo los conozco, por lo que el decir “voy con mis hermanos” es como si también fueran sus hijos. Me dio tiempo suficiente par allegar puntual al novenario del abuelo de mi amigo Esteban. Después del rosario, salimos de su casa para viajar a la casa de Santiago, quien propuso su hogar para la reunión, y en el camino Esteban llamó a Luis y a Daniel para saber si también se dirigían hacia la casa de Santiago. En cuarenta y cinco minutos llegamos a casa de Santiago, quien nos recibió con gusto. Desde hace tiempo no nos reuníamos en su casa porque tuvo una remodelación. Anteriormente la casa de Santiago era muy pequeña para todos los que vivían ahí: sus padres, su hermano y él. En su cocina si entraban dos personas ya era montón. A pesar del reducido espacio, la sentíamos como nuestro propio hogar, más por las atenciones que siempre hemos recibido de sus padres, en especial de Lila, su mamá. Después de titularse Santiago logró obtener un buen empleo y gracias a ello, a muchos años de esfuerzo, ha logrado hacerse de muchas cosas, que en su momento no se podía. El mejor de los ejemplos es su propia casa. De aquel reducido espacio sólo se conservó el orden que tenía: la cocina se amplió muchísimo, tanto, que ahora cabe el comedor, la sala de estar se duplicó en tamaño además de que ahora tenía un televisor de pantalla plana –yo muero por uno de esos en mi casa– donde juega con su consola de videojuegos. Aunque el baño y el cuarto de servicio quedaron del mismo tamaño, cambiaron la loza del suelo para que combinara con el resto de la casa, y después de mucho tiempo por fin tiene su propia habitación, que se ha dedicado en organizar con sumo cuidado. Al entrar Lila también nos dio la bienvenida y preguntó por Luis y Daniel. En ese momento tocaron a la puerta, se trataba de Luis. Decidimos que, mientras Daniel llegaba a la casa, ir por la cena y las cosas para ambientar la reunión. Compramos una cantidad grosera de tacos de tripa, pastor, campechano como si cada fuera a comerse quince. El récord del mayor número de tacos engullidos en una sola sentada ha sido de Esteban, con dieciocho y un dolor de estómago insufrible, motivo de risas nostálgicas cada que volvemos a comprarlos. Pasamos a una tienda por refrescos y cigarros y para cuando regresamos a casa de Santiago, Daniel ya nos esperaba adentro, platicando con Lila.

Ya casi a media noche empezamos a platicar mientras cenábamos y nos dimos cuenta, diez tacos cada quien después, que haber pedido tantos no fue una excelente idea. Recordamos los tiempos en la preparatoria cuando yo podía engullirme dos tortas Joe Montana y un litro de Coca-cola sin empacho y Esteban dos tortas Jorge Campos, algo así como una cubana, y un litro de Boing. O la ocasión en que Daniel, en un puesto de antojitos mexicanos, se comió un “Arca de Noé” (como así nombró al hecho de tragarse dos piezas de todos los antojitos que tenga el puesto en cuestión) y horas más tarde dijo que tenía hambre. Después comenzamos a beber, llevé una botella de ron Zacapa XV, pues tenía pensado abrirla para celebrar mi nuevo trabajo, y como aquel sueño se había ido por el drenaje más profundo no tenía caso seguir conservándola. Santiago hizo lo propio con una botella de Brandy, además de obsequiarnos unos caballitos, como recuerdos de su reciente viaje a Perú. Cuatro tragos fueron suficientes para ablandar a Esteban y pudo llorar lo que no había podido en estos días por la muerte de su abuelo. Luis y yo nos unimos a esas malas noticias, pues a él le habían quitado el empleo y yo no me quedé en tan anhelado puesto. Parecía que a los únicos que les estaba yendo bien era a Daniel y a Santiago, y ni tanto; ambos han tenido que trabajar a marchas forzadas en sus trabajos y han tenido que desvelarse un par de días durante la semana para lograr salir a flote.


Como sea, aquella reunión duró hasta la tarde del día siguiente. Daniel se fue primero porque tenía que entrar a trabajar –¡En domingo, que Dios se apiade de su alma!–. Esteban y yo quedamos desechos y con una cruda que sólo un sal de uvas pudo quitarnos y Luis y Santiago se dedicaron a platicar algunas cosas sobre un proyecto de teatro que tenían en común. De regreso pase a dejar a sus casas a Esteban y a Luis, para llegar a la mía cerca de las seis de la tarde. A esa hora llame a Itzamarai para decirle que la reunión había marchado de maravilla y que me dispondría a descansar el resto del día. Ella me dijo que saldría con su mamá y después se prepararía para un examen. Recostado en la cama, me di cuenta que siempre tenemos una red en la cual caer. No importa la caída, sino quién está para levantarnos. 

R. O.

domingo, 25 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 23)

Agosto 23
Caminos

Son pocos los caminos que deben de volver a caminarse si es que se quiere llegar a un punto distinto, pues no todos conducen a Roma, aunque así tengamos por entendido. Existen caminos que sabemos de memoria como el camino a casa y otros que nos duelen todas las mañanas como el camino al trabajo que no nos gusta pero debemos de hacer. Hay caminos que se forman con la vereda y otros que se tienen que construir con base en demoliciones de montes y pavimentaciones de calles. Hay caminos por los que nos conducimos sin darnos cuenta. Hay caminos inexorables como lo es el camino a la muerte aunque otros tantos piensen que caminan y suben las escaleras rumbo al cielo. Hay caminos de tierra, de asfalto, de lodo, de tezontle, de terracería, de pasto, de hielo, de arena y hasta se cuenta de un camino sobre el agua que fue caminado por un hombre cercano a un Dios, para asombro de quienes lo vieron.

Algunas canciones dicen que los caminos de la vida no son como yo pensaba, como los imaginaba, como los creía. Los caminos siempre tienen un destino, un punto final como el camino del arcoíris, mismo que nos conduce, me han dicho, hacia un balde con innumerables monedas de oro. Hay caminos que dejaron de construirse pero siguen siendo caminos porque siempre empiezan y terminan donde se quedó parada la construcción. Hay caminos colgantes, otros en los que se debe de cruzar un río. Hay caminos que no están hechos, se hacen al andar. Hay caminos que regresan al mismo punto de partida y caminos de los cuales nunca se regresa o no se quieren volver a caminar. Eso sí, todos los caminos se caminan de frente, y no todos se caminan con la firme intención de llegar al otro punto.


Hay caminos que se corren, otros que no se pueden transitar. Hay caminos que son conocidos porque si no se conduce con cuidado sobre éstos es mucha la probabilidad de sufrir algún accidente. Hay caminos que se caminan de rodillas, caminos que se crean y bifurcan sobre otros caminos. Hay caminos entre los caminos, y que si son cortos les decimos “atajos”, pero si no lo son nos sentimos extraviados. Hay caminos que dejan de existir, que se dejan de caminar o que sólo se caminaron una vez. Camino es dirección, un modo particular de hacer o conducirse, medio para conseguir algo. Hay caminos de sirga, seronero, de cabras, cubierto, capdal. Tú y yo nos cruzamos en el camino, y procuramos el camino de nuestra felicidad, sólo basta seguir haciendo camino…     

R. O.

jueves, 22 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 22)

Agosto 22
Todo va a estar bien

Hoy llegó la tan ansiada noticia. Por la mañana estuve trabajando con Viridiana, encargada del departamento de producción y diseño, quien me encargó corregir y editar un par de notas urgentes. Aquella urgencia no me permitió salir a la hora de la comida, pero terminé gratificado y además pude salir una hora antes de lo acostumbrado. Compré una bolsita de nueces de la india para calmar el estómago y me dirigí rumbo a la casa, pues tenía planeada una comida con mi papá, mi hermana Mariana y mi novia Itzamarai.

Pasé por mi novia en el paradero de la estación del metro y en el camión me preguntó si ya había revisado el correo para saber la noticia. Le dije que no, que me dediqué toda la mañana a hacer lo de las ediciones que Viridiana me había encargado y no quise abrir el correo. Quería comer con mi familia, pasarla a dejar a su casa y regresar en la noche para, entonces sí, enterarme en el correo si había logrado aquel ansiado puesto de trabajo que me quitaría muchas de las preocupaciones cotidianas. Al llegar a casa ya se encontraba mi papá y Mariana esperándonos y fuimos en el carro a un restaurante. Pareciera que estábamos celebrando lo inminente, una nueva etapa en mi vida y un desarrollo personal como pocos había tenido hasta entonces. Casi por terminar el postre recibí una llamada a mi celular. Se trataba de Violeta. Ella se encargó de darme la noticia: “Ánimo, mijo, ya será para la otra”. Violeta tenía fotógrafos conocidos en aquella casa editorial, hecho que le permitió saber antes que nadie los nombres de los nuevos integrantes de aquel nuevo proyecto que tenía en mente el director editorial. Tenía pensado leer el correo en la noche, por lo que su llamada fue como si me cayera de pronto un balde de agua frío. Tras darles la noticia a mi papá, hermana y novia, les pedí que pagáramos la cuenta y regresáramos a casa.

Al llegar a casa me encerré en mi habitación con Itzamarai. Ella sabía que no quería hablar de nada, ni con nadie. Yo me recosté en la cama sin siquiera quitarme los zapatos y dándole la espalda. Ella se acomodó al otro lado de la cama y me abrazó. Las palabras no fueron necesarias porque el llanto hizo una traducción al pie de la letra de mi sentir. Humillado, devastado, inseguro, derrotado, incomprensible, desahuciado, débil y sin futuro alguno. Me preguntaba en mi mente por qué debían de ser así las cosas, por qué alguien que intenta esforzarse no logra nada bueno; me vino a la mente de nuevo mi vecino, su vida fácil, su auto último modelo, su trabajo espléndido y cómo todo le fue dado sin el mínimo esfuerzo; “que porque conozco a tal”, “que fíjate que soy hijo de equis”, y tantas otras formas de ganarse lo que no se merece a costa de los que intentamos y nada recibimos. ¿Sería acaso mi vida un eterno monótono, mismo trabajo y mismas preocupaciones, hasta que la muerte me jubile? ¿Qué no hay éxito, ni recompensa, ni “al final los buenos ganan”? ¿O será que no soy bueno, que nunca lo he sido y sólo son meras ínfulas las que me creo a diario? ¿Será que lo que hago con gusto no es lo mío? ¿Para qué sirvo entonces, para qué vivir así?


Itzamarai lloró conmigo y yo no pude encontrar mejor consuelo que el suyo. “Todo va a estar bien”, me dijo y repitió una y otra vez hasta que quedé dormido en sus brazos, como esperando que así fuera.

R. O.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 21)

Agosto 21
Celoscilación

“Nunca comprenderás, mujer, que tu belleza encomiable forja sinrazones de los mortales e incautos y que provocan la celoscilación que nos mantiene equilibrados. Nadie  comprenderá el deseo incrépate de tus dones ni las miradas que te desnudan con un saludo y te cogen de soslayo y despedida. Nadie podrá no mirarte sin que empotre su lívido entre los escondites de tus relieves y nadie hablará sobre la verdad de tus pasos de celoscilación que dejas en cada esquina, paradas y estaciones subterráneas, en los salones de baile, las ventanas vecinas, las tardes en la Marquesa o los fines de semana de camping.

Sólo unos cuantos conocen el ritmo de la celoscilación que ejerces puntual con cada una de las manecillas del no me doy cuenta y en cada uno de los segunderos que se prolongan en una charla. Sólo pocos se atreven a vivir el quijotesco andar de tu celoscilación sin perder todas las canicas en el acto y otras rarísimas veces logran hacer corte de oreja y rabo ante una masa irreconocible de hombres que saben a lo que están jugando y se quitan el sombrero faena tras faena por no ser derribados por la celoscilación. Celoscilación que hace perder a más de uno porque no logra comprender que todo es parte de la celoscilación que produces, queriéndolo o sin querer –poco importa–, a destajo y medida de quien se atreve a pronunciarte.


Sólo algunos han perdido el tacto y el interés de conducirse por los tiempos y vaivenes de la celoscilación, mas no están a salvo porque no se sabe en dónde ni cuándo ni en qué momento aparecerá de nuevo el zigzag de sus miedos y culpas que no son más que la celoscilación de saberte libre, y por libre, resuelta. Celoscilación el juego que todos jugamos lanzando palabras que esperan eco convertido en palabras tuyas y si se logran y si las leo por mero accidente o paranoico desparpajo me siento perdido y lastimado y digo que fue trampa aunque sean reglas del juego. Celoscilación que se compra, se vende, moneda de intercambio, castigo injustificado, azote de las almas buenas, ruleta rusa del desubicado, tiro de gracia para el primerizo, entretenimiento del experto, calca de nuestros apegos, fantasma frenético, despedida y adiós de los ingrávidos, amantes fieles todos de la celoscilación que aparece siempre y de pronto con sólo mencionar tu nombre y con ello tu existencia y la mía y la de esta sempiterna celoscilación”. 

R. O.

martes, 20 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 20)

Agosto 20
Una discusión, una reconciliación, un novenario y un intenso dolor de cabeza

Después del trabajo acompañé a mi novia a comprarse una camisa para su práctica de campo de la universidad. En compañía de todo su grupo, cerca de unas veinte personas, caminamos por las calles del centro de la ciudad para buscar un local donde vendieran camisas tipo polo a un precio accesible, pero que tampoco se destiñeran a la primera lavada. Casi una hora después terminaron por comprar las camisas en el primer local donde preguntaron. Y ahí se suscitó una discusión con mi novia. En esas de querer cambiar un billete de doscientos pesos, para poder hacer cuentas, le dije “a ver zoquetín” mientras le intercambiaba el billete por otros de menor denominación. Y ese “a ver zoquetín” pareció haber sido una de las más graves afrentas e insultos del mundo mundial. Siento que exageró, pues enseguida su rostro se tornó serio y me dijo: “¡Oye, pero no me digas así!” hecho que me hizo sentir mal, pues no pensé que ella se tomara a mal lo que le dije. Son pocas las veces en que ella y yo hemos tenido diferencias, pero para suerte nuestra nos ocurren cuando estamos con más personas, y personas que nos conocen. No es que me preocupe el qué dirán sobre nosotros, bueno… quizás un poco, pero simplemente es innecesario que lo sepan, pues como bien dicen por ahí: “la ropa sucia se lava en casa”.

Al terminar pudimos estar a solas y platicamos lo que momentos antes había sucedido. Y eso es algo de lo más valioso que tiene nuestra relación: siempre podemos platicar las cosas y nunca hemos tenido que recurrir a otras cosas que nos parecen nefastas en una relación como lo son los gritos o de plano los golpes. Entendí que a ella no le agradó lo que le dije porque lo sintió como una ofensa y ella entendió que yo se lo dije de cariño y nunca por querer ofenderla. Terminando la plática, como si nada, y eso es otra de las maravillas que tiene nuestra relación y por la que hemos trabajo mucho, esto es, que una vez agotado el tema no se vuelve a tratar. ¿Cuántas parejas no hay que en cada discusión siempre sacan la lista de todo el pasado?

Me despedí de Itzamarai en el metro y, viendo la hora y con el resto de la noche libre, me conduje hasta la casa de Esteban para asistir al novenario de su abuelo. Lo encontré más tranquilo que los primeros días, aunque un poco cansado. Sé lo que es pasar por la muerte de un familiar cercano y si hay algo que cansa de todo ello es que se traduce en un cansancio mental. Poco tiempo después llegó Luis y al finalizar el novenario platicamos con Esteban y planeamos una próxima reunión con el resto de nuestros amigos, Daniel y Santiago.


Durante la plática Luis nos ofreció cigarros para fumar, cosa que acepté, aunque tenía bastante tiempo que había dejado aquel vicio del demonio. Lo dejé porque quiero que Itzamarai lo deje, pues ella fuma mucho; en una plática con su madre le dije que quería ser un ejemplo para su hija, un ejemplo de que las cosas se pueden lograr con esfuerzo. No podía pedirle que dejara de fumar si yo no era capaz de hacerlo. Por eso dejé de fumar, esperando que ella se dé cuenta que no necesita el cigarro para nada. Fumé un par de cigarrillos, nos despedimos de Esteban y Luis me dio un aventón a mi casa. Y ya en casa comenzó el dolor de cabeza insoportable, la boca seca y con un muy mal sabor. Cuando uno deja de fumar por bastante tiempo se da cuenta, cuando vuelve a fumar, que uno sólo inhala puro veneno con sabor de “quita-estrés”, “convivencia”, “dicha”, “cliché”, “inspiración” y demás pendejadas.  

R. O.

lunes, 19 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 19)

Agosto 19
Su cumpleaños

Hoy es su cumpleaños, y no sabe la alegría que me produce. Hace dos años que conozco a Itzamarai. El año pasado, con permiso de mi padre, pudimos disponer de la casa para hacer una fiesta, una reunión con algunos de sus más cercanos amigos. Se la pasó muy bien. Este año le pregunté si quería hacer algo similar, pero prefirió no celebrarlo con una fiesta sino sólo pasar ese día como cualquier otro. Por la mañana fue a la universidad, donde fue felicitada por muchos de sus compañeros. Por la tarde, después de mi trabajo, nos quedamos de ver en el centro para ir  a comer. En dicha comida nos acompañó Vania, una de sus más grandes amigas y hablamos casi de todo al tiempo que disfrutábamos de las delicias que ofrece un buffet chino.

Al terminar la comida Vania se despidió de nosotros y ella quiso caminar por la Alameda. Estuvimos platicando y me dijo que se sentía muy contenta a pesar de no ser el gran festejo. Me dijo que ayer salió con su familia y le regalaron una chamarra muy bonita. Mi regalo tendría que esperar un par de días más, necesitamos un espacio entre semana para visitar una cafetería con temática de Harry Potter que está por Tlalpan. También pasamos a una clínica médica donde ofrecían diversos servicios. Ella está interesada por usar algún método anticonceptivo, pues aún no queremos tener hijos –en lo personal me da un poco de miedo–. Yo le sugerí el implante porque tuve anteriormente tuve una pareja que se lo había colocado y no tuvimos problemas, salvo las molestias ocasionales de ella. Pero Itzamarai no quería nada hormonal, suficiente tuvo con la ocasión en que tomó una pastilla de emergencia, hecho que le provocó un desmayo y un severo regaño de su madre. La opción que consideró más viable fue el DIU, aunque tendríamos que esperar para ello, por la cuestión económica.

El resto del día la pasamos en una de las habitaciones de un hotel del centro. Fue una ocasión especial, un momento en el que podíamos sentirnos realmente unidos. Son dos años de conocernos y uno de andar juntos y pareciera que todos los días son como el primero. Nunca me cansaré de recorrer su cuerpo con mis dedos, de arrancarle suspiros, de provocarle un ansia desmedida que sólo puede apaciguarse con un beso, con una caricia sutil. Es su cumpleaños y sólo deseo lo mejor para ella. No le ha sido fácil, pero estoy convencido que logrará todas y cada una de sus metas. Es un tesoro, un diamante que se va puliendo para alcanzar su máximo valor. Es la persona de mi vida y con la que anhelo tantas cosas. Hoy es su cumpleaños y quiero verla sonreír, como desde el primer día en que la conocí.


“Hoy es tu cumpleaños, madre tierra, musa griega, Venus enigmática, Isis egipcia, Litelantes gnóstica, mujer dormida, Coyolxauhqui desmembrada, Juana de Arco incomprendida, Ana Bolena injustamente acusada, Marie Curie ensombrecida, Mata Hari irresistible, Frida Kahlo accidentada, Eva Perón no reconocida, Violeta Parra conmovedora, Alejandra Pizarnik íntima, Leona Vicario insurrecta, Adelita revolucionaria, Marta Lamas desmitificadora, Nuria Valera explosiva, amazona irreductible, Mafalda inquieta, Simone de Beauvoir inexorable, Rosario Castellanos enardecida, Itzamarai de todas ellas".

R. O. 

domingo, 18 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 18)

Agosto 18
Reacomodos

Me desperté tarde después de una noche de lectura fenomenal. Pocos han sido los libros que me han fascinado al grado de no parar la lectura hasta que sea realmente indispensable. Conocí a Harry Potter por las películas y me gustaron mucho, pero nunca había leído los libros. El primero lo había iniciado hace medio año y no lograba entender por qué el interés de muchas personas en la lectura. No fue sino hasta el segundo libro, Harry Potter y la cámara de los secretos, en el capítulo del “Diario íntimo” donde quedé enganchado con la pluma de la autora. Debo decir que es maravillosa su forma de narrar. Desde ese capítulo ha ido incrementándose mi ansia por leer el siguiente capítulo, y de capítulo a capítulo, el siguiente libro hasta terminar con el último.

Salí de mi habitación para ir al tianguis, pero al bajar a la sala me encontré con mi papá y con Mariana, mi hermana mayor. Me preguntaron si tenía el día libre y cuando les respondí que sí, me pidieron que les ayudara a mover algunos muebles y cosas. Mi hermana inicia mañana con su maestría y quería desocupar el cuarto de cachivaches que teníamos al fondo de la casa para adaptar un pequeño cuarto donde pudiera quedarse en la semana, pues es mucha la distancia que hay entre su casa y la universidad, y como trabaja por la mañana y estudiaría por las tardes, prácticamente llegaría a dormir a su casa, por lo que quería aprovechar que la casa de mi papá está más cerca de su trabajo y de la escuela.

Fui a desayunar algo rápido al mercado para regresar a ayudarles. Cuando estuve de vuelta me encontré con Fernando, mi hermano mayor, quien había llegado de trabajar y también quería aprovechar la movida de muebles y cosas para acomodar otras tantas suyas. Así es que pusimos manos a la obra. Todos en algún momento de nuestras vidas pasamos por un reacomodo de la casa, un reordenamiento familiar. Que si cambiamos de cuarto, que si esto ya por fin lo tiramos, que aquello de dónde salió, que aquello otro ya lo había dado por perdido, que mira nada más cómo quedó aquello, que eso ya ni sirve, que para qué lo guardas, que por qué lo tiras, que mejor ya lo dejamos así, o mejor movemos todo de una vez y ¡por fin encontré esto que hace tiempo andaba buscando!


Lo maravilloso de aquel ritual familiar fue la participación de todos en casa. A pesar de que hemos tenido diferencias e incluso riñas que han llegado a golpes, es un “mal necesario” que tuvimos que pasar para poder vivir en la actualidad con cierta armonía. Cerca de las cuatro de la tarde llegó Silvia, mi otra hermana, con su hija Paola y mientras continuábamos con la subida y bajada de muebles, ella fue al mercado para comprar la comida. Decidimos que lo mejor sería taco placero y una hora después, habiendo movido lo más pesado, nos encontramos en familia pasándonos la salsa, el chicharrón, el queso, las salsas y las tortillas para que cada uno se preparara sus tacos. Desde que inicié con el ejercicio no había vuelto a tomar refresco, así que ese vaso de Coca-cola me supo a gloria. Al final de la comida, estuvimos platicando sobre todos los cambios que ha tenido la casa. Mi papá, quien junto con mamá se empeñaron en construirla, siempre le gusta terminar su plática referente al hogar que nos vio crecer con una significativa frase: “Y pensar que mi viejita y yo empezamos con el terreno baldío, con un cuartito de adobe”. Y cada que lo dice siempre pienso que todo se puede lograr.

R. O.

Diario de un feministo (Agosto 17)

Agosto 17
Problemas de casa

La noche anterior Itzamarai se quedó en mi casa, después de que su mamá accediera a darle permiso –argumentamos la hora y el funeral– para que regresara a casa al día siguiente. Como si se tratara de una recompensa por haber acudido con Esteban, ella y yo pensamos en la maravillosa noche que pasaríamos, aunque teníamos que levantarnos temprano porque mi novia también tiene clases los días sábado.

La alarma del celular empezó a sonar a las seis treinta de la mañana, decidimos dormir media hora más. A las siete y cuarto nos levantamos ya con el tiempo encima. Nos dimos un duchazo rápido, y en punto de las ocho salimos rumbo a la universidad. Por suerte no hubo tanto tránsito, lo que nos permitió llegar cerca de las nueve de la mañana, aunque sin desayunar. Mientras Iztamarai entró a sus clases, yo desayuné algo ligero, un jugo, y fui al gimnasio de la universidad para hacer ejercicio. A pesar de no tener ni un mes con la actividad física, he notado los cambios en mi cuerpo. No es que haya adelgazado de la noche a la mañana, pero me he sentido con más vitalidad, más ligero y cada vez más motivado por continuar ejercitándome. Hice ejercicio un par de horas y el resto lo dediqué a leer en la biblioteca. Continué con el libro de Harry Potter y el prisionero de Azkaban que Luis me había prestado la ocasión en que visité su casa. Cerca de la una de la tarde, Itzamarai me alcanzó en la biblioteca y decidimos ir a comer, pues los dos sólo teníamos un yogurth y un jugo en el estómago, respectivamente.


Después de comer nos quedamos recostados en una de las áreas verdes de la universidad. Le pregunté sobre su día de escuela. Dormimos una hora en el pasto –eso de levantarse temprano los sábados no es de Dios– y terminamos por comprar unas libretas para sus nuevas asignaturas, un libro publicado por uno de sus profesores y algo de fruta para el camino. Horas después la llevé a su casa y su mamá ya nos estaba esperando. Al parecer había problemas. Al entrar a la casa pidió hablar con nosotros. Estaba molesta y tenía razón: Itzamarai olvidó el celular y nunca le dijo a su mamá que regresaría más tarde de la hora acordada. “Ella tiene un horario, y si accedí a dejarla quedarse en tu casa es porque ustedes también van a llegar a la hora acordada”. Mi novia argumentó que su madre tenía mi número telefónico, pero ella le respondió que la obligación de comunicarse era de su hija. Le pedí disculpas por lo que había sucedido y ambos nos comprometimos a que no volvería a suceder. “Mi hija debe llegar  a una hora acordada porque también tiene responsabilidades que hacer en casa, y si de por sí llega tarde y llega contigo, no me lo tomes a mal, pero eso la va a retrasar más. Y no lo veas como que no te quiero en mi casa porque sabes que eres bienvenido, pero como le dije a mi hija: cuando te doy permiso para salir con tu novio es tiempo suyo y saben lo que hacen o no, cuando estás aquí en casa es tiempo de casa”: Itzamarai y yo terminamos por pedir disculpas, me despedí de su mamá y mi novia me acompañó a la salida. “Perdónala, pero luego se pone así y eso me desespera”. No entendí la razón de ella, pues creo que su mamá tenía su molestia justificada. Como fuera, le dije que no había problema y que procuraríamos que eso no pasara, si es que queríamos llevar la fiesta en paz. Nunca he sido de las personas que buscan ni se meten en problemas, y no quiero serlo por mucho tiempo.  

R. O.

sábado, 17 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 16)

Agosto 16
Un funeral

Los días viernes Itzamarai sale noche de la escuela, pues debe recursar un par de materias. Teníamos pensado cenar algo cerca de la universidad y después pasar un par de horas en alguno de los tantos moteles que ofrece la ciudad. Sin embargo, momentos después de que terminamos de cenar, recibí la llamada de Daniel, muy amigo mío:

–Hermano, ¿no le interrumpo?
–Para nada hermano. Dígame, ¿para qué soy bueno?
–Le traigo malas noticias, hermano. El abuelo de Esteban acaba de fallecer. Luis me llamó para decirme y me pidió de favor que te dijera a ti y a Santiago. Yo no podré ir al velorio, pero si usted puede ir, dele un abrazo de mi parte.
–Lamentable, hermano. Gracias por avisarme.
–De acuerdo, hermano. Se lo encargo mucho. Hasta luego.
–Pierda cuidado, hermano. Hasta luego.

Le dije la noticia a Itzamarai, quien también quedó conmovida. Decidimos cambiar nuestros planes para acudir con Esteban. En el camino platicamos sobre nuestros abuelos. A ella sólo le queda su abuela materna, pues los paternos se distanciaron de su familia y hasta la fecha no tiene razón alguna de ellos. En mi caso, fue poca la relación que establecí con mis abuelos, aunque amena. Mi abuela paterna, por ejemplo, falleció años antes de que yo naciera y mi abuelo paterno –de quien tengo gratos recuerdos de mi infancia en su taller de carpintería–, falleció cuando tenía como diez años. De mis abuelos maternos tengo pocos recuerdos. Mi abuela materna siempre que nos visitaba me dejaba domingo o bien me llevaba a comprar uvas –fascinación de la infancia–, mientras que mi abuelo paterno, quien trabajó por muchos años en el aeropuerto, me traía muchos dulces después de realizar cada uno de sus viajes, hasta que, ya jubilado, falleció de cirrosis y yo no pude asistir a su funeral.


Cuando arribamos al lugar ya nos esperaban Luis y Santiago. Después de saludarnos nos dirigimos con Esteban para darle ánimos, un abrazo, unas palabras, lo que fuera necesario para aliviar su pena, pero no se nos ocurría qué. Fue él quien inició y nos platicó lo que había sucedido. “Qué curiosa es la vida. Hoy por la tarde comí con él y cuando regresé del partido me dijeron que iba rumbo al hospital… y tiempo después me dijeron que esa fue la última comida que tuve con él”. No pudo evitar un nudo en la garganta, el abuelo de Esteban fue como su padre, pues éste vivía en provincia y cuando Esteban llegó a la ciudad muy joven estuvo bajo el cuidado de su abuelo. Después de intentar consolarlo y sin saber cómo, Luis nos llamó a Santiago y a mí hacia adentro de la casa en tanto Esteban seguía platicando con Itzamarai. Cuando él quedó más tranquilo por las palabras de mi novia entró para buscarnos. Entonces se dio cuenta que Luis, Santiago y yo estábamos haciendo guardia al ataúd donde yacía el cuerpo de su abuelo. Tal vez no supimos decirle las palabras correctas a Esteban, pero ese fraternal acto le dijo todo. 

R. O.

jueves, 15 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 15)

Agosto 15
Túnel-tristeza

Al terminar la rutina de ejercicio en el gimnasio por la mañana y continuar con el trabajo de buen Godínez para la editorial –respirando un ambiente más favorable gracias a la ausencia del supervisor Moreno–, confirmé por mensaje salir con Itzamarai. Aquel día decidí no llevar el coche, por lo que me quedé de ver con ella en una estación intermedia entre su escuela y mi trabajo. Momentos después me encontraba con ella viajando rumbo a mi casa, pues queríamos tener un rato apacible y cómodo.

A mitad del viaje, Itzamarai recibió una llamada de su mamá; tuvimos que bajar del metro en la siguiente estación para que ella le devolviera la llamada y preguntara qué había sucedido. Hubo un cambio de planes, mi novia tenía que regresar temprano a su casa. Viajamos en el metro, ahora en dirección contraria, para llegar a la estación Indios Verdes. Transbordamos en la estación La Raza y aprovechamos la oportunidad para comer un helado Nutrisa, pues había promoción de dos por uno. Nos quedamos sentados en una de las orillas del túnel de la ciencia, justo donde se encuentran las constelaciones, para comer nuestros helados y platicar:

–¿Te ha llegado el correo?
–Nada hasta ahora. Igual y me quedo donde siempre.
–Ten paciencia, pronto llegara y te dirán que te quedaste en ese puesto.
–¿Y si no llega? Hay días en que temo que no llegará.
–Pero no pienses así, cielo. Eres muy bueno en lo que haces.
–No sólo basta ser bueno. Además, me da miedo el imaginar qué será de mí en los próximos años ¿Qué tal si me despiden?
–No tengas miedo al éxito. Voy a estar contigo pase lo que pase.
–Una parte de mí sabe que es así, pero otra… no sé.
–¿La otra parte qué?
–Es difícil explicarlo. Sé que las cosas no son como antes, como cuando vivieron nuestros abuelos. Pero, hay una carga muy fuerte hacia nosotros, ¿sabes? Si uno como hombre no tiene los medios para sobrevivir o mantener a una familia es como si no tuviera sentido su vida. Y sí, sé que hay mujeres que trabajan y sacan a sus hijos adelante. Es sólo que quiero tener lo mejor para nosotros.

Itzamarai me abrazó, fue uno de esos abrazos que le permiten a uno sentirse en la mayor de las calmas posibles, tanto, que olvidé por un segundo dónde nos encontrábamos. Después me dijo:

–Para eso vamos a trabajar los dos. Si hay algo que me gusta de ti es que siempre intentas dar lo mejor de ti. Con el tiempo nos irá mejor.


Cuando terminó de hablar yo no pude evitar soltar algunas lágrimas. Y es que no sé si ella lo entienda, si entienda mi preocupación, mi frustración que es la misma desde que no he logrado hacer lo que había deseado con mi vida. No puedo explicarle mi miedo de que ella encuentre a alguien mejor aunque me diga lo contrario. Cómo explicarle que hay días en los que no me gustaría ni quedarme conmigo mismo, no con el que soy ahora. 

R. O.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 14)

Agosto 14
Vanidadesdén

“Bastó mirarte por un segundo para descubrir que existes y no sólo en una única forma sino en otras tantas que podría quedar ciego si las avistó todas en un solo abrir y cerrar de ojos. Aunque más pequeño sólo encontré un halo cálido, a los pocos años me encontraba insólito por tu múltiple semblante que resulta ser siempre el mismo. Te ubico entre cuerpos de todas las formas y caras sin nombre, rostros fugitivos y por fugitivos letales. Te sigo con la vista a todas partes, incluso cuando ya no estás, porque apareces a mis espaldas si te miro de soslayo.

Se pierde en tu vanidadesdén todos los niños que descubren tu encanto floreciente y relieves que se niegan a subordinarse, vanidadesdén los jóvenes que caen en tu encanto que aparece sin sospecha, trampa de los incautos, letanía para el fiel creyente. Vanidadesdén para los adultos que no son como quieres ni como ellos pidieron, desquicio de sombras, y entre más vanidadesdén produzcas, más dolor carcome. Vanidadesdén para los ancianos que no pueden siquiera mirarte por temor de un infarto o una indiferencia que lo deje sin aliento de vida, por muchos años de vanidadesdén.


Vanidadesdén cuando logré hablarte por vez primera y después de aquella carta te marchaste del salón de clases sin siquiera despedirte; vanidadesdén de aquellas pláticas que sólo condujeron a un beso no pedido porque no era tuyo; vanidadesdén los siguientes dos años donde nunca apareciste dejándome a tientas y siguiendo el primer halo de luz que encontraba a mis pasos; vanidadesdén la época más oscura y lúgubre donde te alejabas a cada paso que daba y nunca pude cruzar ni una palabra y cuando lo permitías sólo era para regocijarte en tu vanidadesdén que se acrecentaba conforme te alejabas hasta que llegó el momento de darte por perdida; vanidadesdén que fue la distancia de tus destinos que nunca serán porque no quieres y si los quieres jamás serán conmigo; vanidadesdén la que siguieron a los años que se consolidaron en una fortaleza impenetrable y que demostrabas con el miedo a tan siquiera saludarme; vanidadesdén que me volvió inseguro e infeliz porque te muestras más codiciada de lo que fuiste en un principio; vanidadesdén que me obligó a mí y obligó a muchos de tus presos tras los barrotes de tus siluetas a ejercitarse día tras día con la esperanza de ser de tu agrado o por lo menos nos dirigieras una mirada de quizás; vanidadesdén que gobierna al mundo y  mis más bajos instintos que sacio con lo más cercano a tu vanidadesdén, imaginando en todas esas ocasiones que no sólo me miras sino, por breve que resulte, me deseas”.       

R. O.     

Diario de un feministo (Agosto 13)

Agosto 13
Sólo es barniz, mi amor

Hoy cumple años la hermana de Itzamarai. Después del trabajo me quedé de ver con mi novia para buscar un obsequio. Mientras caminábamos por las calles del centro de la ciudad ella me platicaba cómo le estaba yendo en la universidad. Terminamos por visitar una tienda de ropa y en ésta ella encontró una blusa que, a su parecer, le quedaría muy bien. Itzamarai quiso complementar su obsequio con un par de accesorios, hecho que significó caminar por más tiempo hasta encontrar los indicados.

Ir de compras, más cuando se trata de ropa o zapatos, puede resultar caótico para un hombre y maravilloso para una mujer, según se cree. Itzamarai no ha sido la única mujer a la que he acompañado, también lo he hecho con amigas y sobre todo con mis hermanas. Sean pocas o muchas, me he dado cuenta que tienen algunas similitudes que bien podrían traducirse como todo un ritual femenino. En ese ritual es obligatorio visitar cada una de las tiendas donde se pueda conseguir el objeto deseado. Bien podrían hallarlo en la primera tienda que visitan o quizás deban de visitar tienta tras tienda. Como hombre, quiero creer que es así para la mayoría, el ir de compras no nos resulta del todo fantástico. Se dice que somos más sencillos que ellas, y quizás tenga algo de razón quien lo dice; mientras ellas buscan tienda tras tienda, nosotros compramos justo lo que necesitamos, del color que haya y de la talla más cómoda. Una compra que dura un par de horas, en promedio imaginario, de una mujer puede simplificarse en media hora para un hombre. Y sí, a más de uno le ha pasado ver que su acompañante, después de visitar cada una de las tiendas habidas y por haber del lugar, termina decidiéndose por la prenda que vio en el primer establecimiento. Para nosotros: un pantalón es un pantalón y punto; una camisa, también.

Itzamarai terminó por comprar un par de barnices para ella y unos aretes “que le hacen juego a la blusa” para su hermana. Después de aquella travesía, pasamos a comer en La Pagoda. Ella me dijo que le encantaba salir conmigo porque no me desesperaba para acompañarla en sus compras y que incluso la ayudaba para decidirse entre una cosa o la otra. Y es cierto, aunque no me canso de acompañarla, quizás por costumbre, ella también ha sido más consciente con sus tiempos para esos asuntos. Aun así, siempre tengo un plan de emergencia: cargo conmigo algún libro. Estábamos terminando con el postre –una comida muy rica en aquel lugar, como siempre– cuando me dijo que si podía prestarle mi mano. Lo hice sin saber para qué la quería y cuando me di cuenta tenía ya abierto uno de sus barnices y se disponía a pintarme una uña.

–¿Qué haces?
–Sólo es barniz, mi amor. Quiero ver cómo se ve el color y yo traigo pintadas las uñas.
–Sí, pero de regreso a casa se me van a quedar mirando extraño…
–Ni que se te fuera a caer la verga, mi machito; además, hay hombres que se las pintan.
–Sí, pero son como Marilyn Manson o Paco Palencia, y yo no quiero parecerme en nada a esos tipos.


Ella soltó una carcajada, misma que me provocó una sonrisa. Sobre el barniz, era uno color azul cielo. Camino a casa me pregunté: ¿qué de malo tiene que algunos hombres quieran pintarse las uñas?  

R. O.

lunes, 12 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 12)

Agosto 12
Un mejor amigo

Pareciera ser cosa de la naturaleza: no podemos vivir solos y necesitamos de otros seres humanos para nuestro desarrollo. Como dicen por ahí: “uno nace en una familia al azar, pero los amigos son por elección”. Y aunque algunas personas aseguren y presuman que tienen muchos amigos, siempre le damos más atención y tiempo a uno en específico. Ese trascendental amigo puede ir cambiando, amigo tras amigo, con el tiempo o serlo toda la vida. En mi caso, se llama Luis.

Pareciera ser cosa del destino. Conocí a Luis en la preparatoria, a finales del primer año. Recuerdo haberlo visto por vez primera mientras cruzaba de un salón a otro. También nos conocíamos “de reojo” porque frecuentábamos la misma zona de la preparatoria. En el segundo año coincidimos en el mismo grupo y por azares de quién sabe quién o qué una de las profesoras no pudo asistir a clase, por lo que aprovechamos para jugar un juego de cartas (Yu gi Oh!). Para sorpresa de él –más la mía– gané aquella primera partida y con ello su amistad. Desde entonces, han sido muchas las experiencias que he pasado a su lado y de todas he aprendido bastante. Con el tiempo, logró ingresar a la universidad y hoy día tiene una compañía de teatro. Él sabe que desde que lo conozco tengo cierta admiración por su persona. Un par de años fue becario de una institución para que él escribiera teatro y cada una de sus obras siempre superaba a la última.

Pareciera ser útil escribir aquí que después de la rutina despertar-ejercicio-trasladarse al trabajo-trabajar como Godínez-comer-regresar a trabajar como Godínez-salir, le mandé un mensaje para saber si tenía la noche libre. Quedamos de vernos por la noche en un puesto de “antojitos mexicanos”, como así le dicen a una quesadillería-tortería-pambazería-gorditacería-taquería-alambrería-sopería-huarachería-flautería. A las ocho de la noche Luis ya se encontraba en el lugar, nos saludamos con un fuerte abrazo, pedimos algo para cenar y comenzamos a platicar. Después de la comida, me invitó a ir a su casa para continuar la plática con unas cervezas, hecho que acepté. La casa de Luis queda muy cerca de donde vivo, por lo que decidimos caminar un par de avenidas, desde el puesto, y fumar un cigarro.


Pareciera ser la misma impresión hospitalaria de siempre. Al llegar a su casa, fui recibido por sus papás quienes me han tratado como otro hijo suyo y hermano de Luis. Después de saludarlos pasé a su habitación. A pesar de tener poco espacio, bien cabe ahí un ropero, un librero, una cama y un escritorio. Luis trajo un six de cervezas del refrigerador y nos dispusimos a beber mientras terminábamos de platicar. Aproveché que estaba en su casa para devolverle el segundo libro de Harry Potter y de inmediato me prestó el tercero –y qué maravilla, porque me quedé intrigado con la historia–. Después encendió el Nintendo 64 para jugar Pokémon Stadium y recordar aquellas tardes frikis después de salir de clases. Tal vez nunca conozca qué es eso de la amistad sempiterna, incondicional y perfecta, mas la que tengo con Luis se acerca.

R. O.    

domingo, 11 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 11)

Agosto 11
Tianguis

“Todo se compra en un tianguis sabiéndolo encontrar”. Elotes cocidos, aguas de horchata, vasos con fruta picada, zanahoria rayada y cacahuates y doritos locos, ropa de marca y otras que son de “a veinte la prenda”, herramientas para todo oficio, micheladas en cada diez puestos, mochilas para los de nuevo ingreso, libros que quién sabe por cuántos ojos han pasado, cachorros traficados, celulares robados, agujetas de color de rosa… telenovelas, series gringas y películas porno, la llave del agua o todo el lavamanos, fusiles y focos, faros y marlboros, garapiñados salados japoneses y pepitas, la birria por taco y el pulque curado, los chamorros de carnitas, las empanadas de camarón y los vuelve a la vida, el jabón por kilo y el papel por rollo, la música de todos los géneros ambientando todo a su paso, las quesadillas en comal y la barbacoa de penca, los videojuegos mandos y consolas rearmadas, el guacamole en vasito de plástico y las flores en maceta de lata, los Bon ice en cada salida y entrada, hierbas por manojo, frutas y verduras de todos los colores y olores, nieves de mango con miguelito, jicaletas con tajín y tajín a los esquítes, las chacharas sin mayor presentación que una lona maltrecha, carritos de supermercado con naranjas y extractores, hiters y tatuajes a plena luz del día, el pasón de mota para el aguante, el rímel y barniz, los juguetes de madera, las refacciones del carro y alguna que otra llanta para servir de “gallito”, los tacos de tripa y cecina enchilada, las papas a la francesa y los jeans entubados, las piezas para una patineta y los piercings esterilizados, “se compran botellas de perfume y monedas viejas”, “pásele marchanta, güerita, ¿qué le vendo? lléveselo aunque le pierda, que tenga buena mano”.


Los domingos, como para la mayoría de las personas, es un día de descanso, intocable y si se trabaja se debería pagar al doble. Aquellos días los ocupo para dormir lo que no puedo entre semana –aunque hoy me levanté temprano y sin sueño–, para ir con la familia de paseo o bien visitar a un conocido lejano. Los parques y plazas comerciales están hasta el tope de gente y pocos –quizás muchos– encontramos en los tianguis que se colocan en varios puntos de la ciudad, del país mismo, un espacio de distracción. Desde que tengo memoria siempre me ha encantado pasear por los tianguis, y más cuando los reconoces como una tradición prehispánica. Compré un par de agujetas para mis tenis, un morral pequeño donde pudiera cargar mi agua, toalla y cuerda para el ejercicio, además de una serie de anime japonés que hace tiempo me habían recomendado. Comí unas quesadillas y no pude resistir empacarme una torta de carnitas, con la mentira de que al día siguiente con la rutina de ejercicio pagaría mi “gustito”. Ya en casa, encendí la computadora y me conecté casi de inmediato a Facebook, ahí ya se encontraba Itzamarai, por lo que aproveché para platicar con ella. Abrí mi correo electrónico para saber si había llegado un correo que estaba esperando, pero nada, debía de seguir esperando. Se abrió una convocatoria para otra editorial en la que podía aspirar a una ocupación más alta que en la que me encontraba actualmente –a nadie le viene mal un poco más de dinero–. Por suerte, el plazo termina en la semana que inicia. El contenido del correo marcará, sea la noticia que sea, un parteaguas en mi vida. Es un gran puesto, una oportunidad que permitiría ilusionarme en una nueva etapa, una donde cada instante valiera la pena.                    

R. O.   

sábado, 10 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 10)

Agosto 10
Itzamarai

Por increíble que pueda ser, conocí a Itzamarai a través de la red social más importante: Facebook. Resulta que un amigo mío –casi hermano– tiene una compañía de teatro. Ella fue a una de las obras presentadas y después de quedar conmocionada decidió preguntarle a uno de los actores el nombre de la compañía. Con el nombre, ella encontró la página de dicha compañía en internet. Hubo una plática con el director de la compañía, mi amigo, en relación a los proyectos que éste tenía a futuro. Por mi parte, me di cuenta de ella a través de la página (pues para ese entonces trabajaba en la compañía de mi amigo) y decidí, como ahora se dice, “estalquearla”. Quedé impresionado por su belleza, sentí una atracción que, incluso hoy día, a veces me sigue resultando inexplicable. De todas las fotos que pude mirar esa vez, me topé con una que me fascinó aún más que todas las anteriores juntas. Confiado en mi intuición y deseo de conocerla le envié una solicitud de amistad corriendo el riesgo de que nunca aceptara. Y mi sorpresa fue mayor cuando la aceptó horas después.

No sabía por dónde comenzar, qué decirle. Quería salir con ella, pero tampoco quería que ella me viera como un depravado o acosador. Me fui por lo más sencillo, un simple “hola”. Ella, quien se encontraba despierta y conectada en la red social, respondió a mi conversación con otro “hola”. No sé de dónde surgieron las palabras, ni de cómo logré que respondiera a cada una de ellas. Nunca le he preguntado qué pasó por su mente en aquel momento, como quizás ella nunca sepa lo que yo sentía al hablar con ella por primera vez. Así pasaron cerca de dos semanas, con pláticas, gustos y “me gusta” en comentarios, imágenes etc. Parecía que habíamos hecho química y yo le decía a Violeta que no podía creer la buena suerte que tenía de poder hablar con aquella chica. A la tercera semana me armé de valor para invitarla a tomar un café al centro, temiendo ser rechazado o incluso bloqueado y casi brinqué de alegría cuando me respondió con un “Claro, me agrada la idea”.


Oscar Wilde escribió alguna vez que “… y el misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte”, palabras que confirmaron mis sospechas para aquella cita. Por una injuria del tiempo, iba con cierto retraso y sin nada en el estómago. A las 8:20 de la mañana me encontraba en una de las esquinas del Sanborns de los azulejos esperando, al fin, su presencia. No esperé mucho, después de un par de minutos apareció detrás de mí. Pronunció mi nombre y fue como si nadie más lo hubiera dicho tan correcto. Si en las imágenes me pareció hermosa, el estar frente a ella reiteró con profunda devoción mi esperanza de ser algo más que un simple conocido, que una simple cita. Esa ocasión desayunamos en uno de los restaurantes de comida china sobre la calle de Gante. Después subimos al mirador de la Torre Latinoamericana. El día nos regaló un paisaje fabuloso. Parecía que todo era parte de una coreografía bien ensayada, de una obra de teatro donde el ritmo llevó consigo y sin saberlo mis brazos a su espalda y ella giró su rostro; una escena donde el tono se presentó sin miramientos para decir un “me gustas” y devolver un “tú también” y sin necesidad de algún recurso literario o un Deux ex machina, nuestros labios se entrecruzaron de forma breve, mas ya inevitable.

R. O.

viernes, 9 de agosto de 2013

Diario de un feministo (Agosto 9)

Agosto 9
Salsa, ritmo y son

A las siete de la mañana me encontraba haciendo ejercicios “reductivos”, según así le dicen a esa rutina de ejercicio. En un par de días el cuerpo comenzó a acostumbrarse al ejercicio, aunque terminara destrozado y sin ganas de mover ni un solo dedo al día siguiente. Después del ejercicio, pasé por un jugo verde (que me recomendó Violeta para estos menesteres) y llevé el coche con el mecánico. En el trabajo me enteré de una grata noticia. Resulta que al Coordinador Moreno lo restituyeron de su puesto, enviándolo a otra casa editorial hermana (gracias a esos convenios que tienen para laborar las editoriales). Jimena, una compañera del trabajo, me dio la noticia y yo no pude evitar alegrarme. Por fin se había ido mi verdugo. El señor Moreno se encargó por un largo tiempo de hacerme, como quien dice, la vida de cuadritos. Desde que lo corregí frente a todos en una junta, él me tuvo en la mira y, como si se tratara de una estrategia deportiva, ejerció sobre mí una cobertura y marcación personal. Por si fuera poco, llegó a tener la osadía de ofrecer un mejor puesto de trabajo a conocidos suyos y que trabajaban en el mismo piso que yo, como una señal de “mientras estés bajo mi supervisión seguirás donde siempre”. Sin duda alguna el día pintaba favorable.

Mientras comía en la fonda recibí una llamada de mi novia. Me dijo que su mamá le había dado permiso de salir hoy por la noche, por lo que podíamos aprovechar para vernos. Le dije que pasaría a su casa alrededor de las nueve de la noche. Teníamos tiempo para idear qué hacer. Después del trabajo regresé por el choche, que ya había sido arreglado por el mecánico. “Fue el termostato, nada grave”. Y ese nada grave se tradujo en una cuenta menos elevada. A las ocho y cuarto iba rumbo a la casa de mi novia. Al llegar pasé a saludar a la familia que se encontraba con ella: su hermana mayor y su mamá. Minutos después nos encontrábamos dentro del auto platicando qué podríamos hacer. Terminamos por salir a bailar. 

Media hora más tarde nos encontrábamos en la entrada del salón de baile. Pagué las entradas y subimos al primer piso donde se encontraba la pista. Dicen los abuelos que bailar con la pareja resulta ser una prueba de fuego. En la mayoría de los estilos de baile, más en los ritmos como la salsa o el tango, debe de existir una total comunicación con el otro, una simbiosis de cadencia, un péndulo unísono de pies, manos y caderas. Los abuelos creyeron creen y creerán que si una pareja no sabe bailar entonces no pudieron pueden ni podrán complementarse al cien por ciento, y que quizás no fueron son ni serán el uno para el otro. En aquellos tiempos, como ahora, el baile es la invitación inconfundible de los cuerpos a la fiesta que es el sexo. Es provocar en el otro la debilidad del deseo. La cuenta de cigarros, bebidas y canciones dejaron de ser nuestra preocupación y justo en la canción Por retenerte, interpretada por Charlie Cardona para el Tributo a la Salsa Colombiana de Alberto Barros, la tomé por la cintura y acerqué mis labios a los suyos. Entonces, en el beso, nos lo contamos todo.


R. O.