Septiembre 30
El otro fantasma
Como todos los lunes desde
agosto, Itzamarai se levantó a las cinco de la mañana para prepararse y salir,
media hora después, rumbo a la universidad. Las mañanas de septiembre se
tornaban frías, alguna que otra con una breve llovizna, y la víspera del
siguiente mes sólo auguraba algo: lunes más fríos. Con el tiempo medido, ella
llega al paradero de Indios Verdes y se encamina a la entrada del metrobús,
pues sabe que a esas horas ir por metro resulta una labor titánica. Ventaja o
no, aprovecha su sexo para formarse en una fila exclusiva y, después de ver
cómo las que la antecedieron abordan dos metrobúses, entra en el tercero y toma
asiento. Durante el camino, poco más de una hora, Itzamarai va a duermevela,
ese sueño que permite recuperar, la mayoría de las veces, las horas que
faltaron de sueño; y vaya que las necesitaba, porque el día anterior se desveló
para terminar de preparar una exposición para su primera clase. En un
movimiento casi autónomo, despierta momentos antes de llegar a la parada de la
universidad y se levanta para encaminarse y tomar la salida. Minutos después,
con café y cigarro en ambas manos y la mochila bien colgada, ella se dirige
hacia el salón repasando mentalmente los datos más importantes para que ninguno
se le olvide durante la exposición. Dos horas después, ella sale contenta,
satisfecha con el trabajo hecho y más cuando una de sus amigas la felicita por
haber estado fenomenal. Quizás, quien escribe las circunstancias de la vida
quiso darle el día libre, porque ella se enteró que no tendría las otras dos
clases: un maestro había enfermado y pidió un día económico y la segunda llamó
a la dirección por la mañana para notificarle que se estaba indispuesta para
laborar por el fallecimiento de su padre por la madrugada.
Así,
Itzamarai imaginó las posibilidades que le brindaba un día que pintaba para
pinta ya sin preocupación de qué pasaría en las clases de los demás maestros. Algo
era seguro, no regresaría a casa temprano, era una ocasión única. Y sí, lo
primero que hizo fue llamarle a su novio para ver si podían hacer algo, pero
resultó ser que él tenía otras cosas qué hacer. Él le dijo que se tomara el día
para ella, pero aquello era innecesario decirlo porque Itzamarai sabía que ese
tiempo era suyo aunque aún no definiera qué hacer con éste. Entonces una fugaz
idea cruzó su pensamiento y volvió a hacer otra llamada, tenía que avanzar con
aquel pendiente, aquel desasosiego. Respondió Ángel y se quedaron de ver en
Tlatelolco en una hora, ella compró algo de desayunar para ir comiendo en el
metro y pasado aquel lapso de tiempo se encontró con él; el otro fantasma,
según el novio de ella, y ella que no podía explicarle aún.
Ángel la
recibió maravillado, y no era para menos, aquella cita salida de la nada
resultaba ser para él prueba fidedigna del interés que ella sentía por él; un
interés que antes no le había mostrado, y si le había mostrado algo era puro
desdén, mera cortesía cuando tenían que trabajar juntos. Se conocían desde el
bachillerato y desde que la vio, Ángel quedó cautivado, un ángel que quiso
batir sus alas para seducirla y ella, Venus de otro planeta, le negó toda
oportunidad. Pero ahí estaba, tomándola de la mano, como si todos los años
anteriores hubiesen sido pruebas tras pruebas que conducirían, como ahora él lo
hace con ella rumbo a la plaza de las tres culturas, a una felicidad
inevitable. Sin embargo, Itzamarai no está allí por despecho o simple deseo,
está para encontrar las respuestas que quedaron pausadas por un tiempo; una
respuesta que no sólo tenía Ángel, sino que lo creía parte de aquella
estratagema que la obligó a separarse de sus amigos, una noche como cualquiera,
y terminara en el suelo, hecha añicos, tras una golpiza propinada por un grupo
de porros que la detestaban por ser la activista quien protagonizó la expulsión
de más de una docena de porros del bachillerato.
R. O.