lunes, 30 de septiembre de 2013

Diario de un feministo - Septiembre 30 - El otro fantasma

Septiembre 30
El otro fantasma

Como todos los lunes desde agosto, Itzamarai se levantó a las cinco de la mañana para prepararse y salir, media hora después, rumbo a la universidad. Las mañanas de septiembre se tornaban frías, alguna que otra con una breve llovizna, y la víspera del siguiente mes sólo auguraba algo: lunes más fríos. Con el tiempo medido, ella llega al paradero de Indios Verdes y se encamina a la entrada del metrobús, pues sabe que a esas horas ir por metro resulta una labor titánica. Ventaja o no, aprovecha su sexo para formarse en una fila exclusiva y, después de ver cómo las que la antecedieron abordan dos metrobúses, entra en el tercero y toma asiento. Durante el camino, poco más de una hora, Itzamarai va a duermevela, ese sueño que permite recuperar, la mayoría de las veces, las horas que faltaron de sueño; y vaya que las necesitaba, porque el día anterior se desveló para terminar de preparar una exposición para su primera clase. En un movimiento casi autónomo, despierta momentos antes de llegar a la parada de la universidad y se levanta para encaminarse y tomar la salida. Minutos después, con café y cigarro en ambas manos y la mochila bien colgada, ella se dirige hacia el salón repasando mentalmente los datos más importantes para que ninguno se le olvide durante la exposición. Dos horas después, ella sale contenta, satisfecha con el trabajo hecho y más cuando una de sus amigas la felicita por haber estado fenomenal. Quizás, quien escribe las circunstancias de la vida quiso darle el día libre, porque ella se enteró que no tendría las otras dos clases: un maestro había enfermado y pidió un día económico y la segunda llamó a la dirección por la mañana para notificarle que se estaba indispuesta para laborar por el fallecimiento de su padre por la madrugada.

Así, Itzamarai imaginó las posibilidades que le brindaba un día que pintaba para pinta ya sin preocupación de qué pasaría en las clases de los demás maestros. Algo era seguro, no regresaría a casa temprano, era una ocasión única. Y sí, lo primero que hizo fue llamarle a su novio para ver si podían hacer algo, pero resultó ser que él tenía otras cosas qué hacer. Él le dijo que se tomara el día para ella, pero aquello era innecesario decirlo porque Itzamarai sabía que ese tiempo era suyo aunque aún no definiera qué hacer con éste. Entonces una fugaz idea cruzó su pensamiento y volvió a hacer otra llamada, tenía que avanzar con aquel pendiente, aquel desasosiego. Respondió Ángel y se quedaron de ver en Tlatelolco en una hora, ella compró algo de desayunar para ir comiendo en el metro y pasado aquel lapso de tiempo se encontró con él; el otro fantasma, según el novio de ella, y ella que no podía explicarle aún.


Ángel la recibió maravillado, y no era para menos, aquella cita salida de la nada resultaba ser para él prueba fidedigna del interés que ella sentía por él; un interés que antes no le había mostrado, y si le había mostrado algo era puro desdén, mera cortesía cuando tenían que trabajar juntos. Se conocían desde el bachillerato y desde que la vio, Ángel quedó cautivado, un ángel que quiso batir sus alas para seducirla y ella, Venus de otro planeta, le negó toda oportunidad. Pero ahí estaba, tomándola de la mano, como si todos los años anteriores hubiesen sido pruebas tras pruebas que conducirían, como ahora él lo hace con ella rumbo a la plaza de las tres culturas, a una felicidad inevitable. Sin embargo, Itzamarai no está allí por despecho o simple deseo, está para encontrar las respuestas que quedaron pausadas por un tiempo; una respuesta que no sólo tenía Ángel, sino que lo creía parte de aquella estratagema que la obligó a separarse de sus amigos, una noche como cualquiera, y terminara en el suelo, hecha añicos, tras una golpiza propinada por un grupo de porros que la detestaban por ser la activista quien protagonizó la expulsión de más de una docena de porros del bachillerato.     

R. O.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Diario de un feministo - Septiembre 23 - Apariciones

Septiembre 23

Apariciones


Después de la noche anterior Itzamarai y yo regresamos a una estabilidad como hace tiempo no teníamos. Por un momento pasó por mi mente si nuestra relación sólo estaba basada únicamente en el sexo, pero caí en cuanta de mi errada conjetura al rememorar todo lo que hemos vivido en este año, sin duda, la relación más feliz que he tenido en todo este tiempo. Sin embargo, aquellos claroscuros de la relación seguían presentes; no olvidaba la promesa que aún no ha podido confesarme como que su relación con aquel amigo suyo aún continúa; el fantasma de mi pasado y aquella fugaz noche que tuve con Viridiana.

El fantasma que de mi pasado que hizo recién aparición tiene nombre: Sonia. Mucho tiempo después debí de caer en cuenta que ni siquiera su nombre me pareciera lindo. Si hay algo en lo que creo es en el significado de los nombres; bien podría parecer curioso, burdo o baladí, pero si hay algo que he aprendido en todos estos años como editor es que la palabra tiene significado y pronunciar resulta ser un acto evocador. En resumidas cuentas, aquel nombre trae consigo muchos de los momentos más tristes; escenas de celos disfrazadas de preocupación, una inestabilidad económica y la responsabilidad paternal que aunque no tendría por qué ser terminó siendo. Todos estos años, tras evasivas y escapatorias, las circunstancias volvieron a acercarme de nuevo a ella, ahora con la posibilidad de terminar de una vez con aquel fantasma, si bien no dispersarlo (porque siempre estarán con uno) al menos lograr que deje de aparecerse. Pero había un miedo oculto, personal; sabía que si volvía a verla era como encontrarme conmigo mismo a la edad de dieciocho años, recordar las metas que pude haber logrado y que dejé ir con la esperanza de formar algo con ella, con su hijo. No podía seguir conteniendo un río que tarde que temprano se desbordaría.


Viridiana apareció en mi camino, rumbo a la salida del edificio, a la hora de la comida. Decidimos ir a la fonda donde suelo comer con Itzamarai. Álvaro, el meso con quien había entablado recién plática, me hizo un gesto, una disimulada sonrisa que bien podía traducirse como un: “ella no está nada mal”. Le pregunté cómo seguía con lo de su pie, y ella me atajó con otra pregunta, quería saber que estuve haciendo el fin de semana. No me quedó otra más que continuar mintiendo. Aprovechando lo que me sucedía con el fantasma de mi pasado, construí la mentira: le dije que mi ex me había localizado, y que incluso el domingo salimos… (en ese momento Viridiana maquinaba no sé qué cosas, pues su rostro sereno había cambiado, lo que me llevó a pensar más rápido en lo que estaba diciéndole) pero fue en el centro, una plática; resulta que quiere regresar, pero yo ya no quiero, pero hay algo que aún me mueve de ella, quizás los momentos que vivimos felices, aunque no fueron muchos. Además, pues lo que sucedió entre nosotros me tiene en ascuas, con muchas dudas, porque no hemos tenido tiempo de platicar y sólo quería que supieras que fue algo inolvidable y quisiera saber qué sentiste tú (no sé por qué en ese momento me sentí abochornado, parecía ser yo la mujer en la relación). Viridiana espetó una risa, me dijo que no me lo tomara tan en serio; que lo nuestro sucedió y ya; tampoco negaba su interés en algo más, pero prefería que arreglara mi pasado. Ya no supe qué más decirle: había una posibilidad de estar con ella, pero también estaba Itzamarai, Itzamarai y su ser, y la aparición involuntaria de un fantasma al que amé como jamás amaré.

R. O.      

domingo, 22 de septiembre de 2013

Diario de un feministo - Septiembre 22 - Fantasmas

Septiembre 22

Fantasmas


Nunca me habían asaltado en transporte público. Por suerte, como quien dice, sólo fue el susto. Sí, se llevaron mi celular (uno muy bonito, por cierto) y no se me ocurrió hacer nada al respecto. Llevaba cien pesos y ya en casa me pregunté por qué ofrecí el celular en lugar del dinero. Tendría que esperar al día lunes para ir al centro de atención a clientes donde lo compré y pedir que dieran de baja el equipo; no les duraría mucho el gusto de tenerlo aún funcionando. Entendí una parte de lo que muchos y muchas vivimos en esta ciudad, la impotencia de tener que entregar algo que, en la mayoría de los casos, nos costó trabajo; como para que alguien venga, sin más, sólo con la suficiencia de infundir temor (pistola en mano) y en el acto entreguemos aquello que apreciamos, incluso, para bien o para mal, más que nuestra propia vida.

El domingo no quise salir de casa. Me levanté tarde, fui al mercado a desayunar un consomé y un par de tacos de barbacoa, y después regresé a casa para estar en la computadora. Entonces fui alertado por una solicitud de amistad. Leía le nombre y no podía imaginarme que se trataba de ella, después de tantos años. Acepté y dio la curiosidad que se encontraba conectada, tanto que se percató de mi virtual presencia y comenzó a platicar en chat conmigo. Pasada una media hora de plática, me confirmó mi mayor temor: “Hiciste una promesa, pero creo que ya la olvidaste”. Era cierto, sabía que le había prometido algo (suena a lo que suelo hacer), pero no recordaba exactamente qué le había prometido. Minutos después se conectó Itzamarai, también entabló una conversación por chat conmigo y me dijo que si quería ir al cine por la tarde. Le dije que sí, era la oportunidad perfecta que no habíamos tenido en mucho tiempo para poder platicar. Sin más, me disculpé en ambas conversaciones de mi pronta ausencia y apagué la computadora para prepararme. Cuando estuve listo, le mandé un mensaje a mi novia para decirle que iba en camino. Y en el camino seguía pensando sobre aquella promesa, sobre aquella persona.


Fuimos a ver la recién estrenada película que dirigía y protagonizaba Eugenio Derbez. Aunque nunca me gustó su faceta como cómico de Televisa (es cierto, todos reíamos con él, nos gustase o no), tenía cierta reticencia. Derbez fue un genio con la elaboración de la película, me encantó la trama y la actuación de “Sammy” me partió de risa. Después de la película regresamos caminando a su casa, situación que nos favoreció a ella y a mí porque platicamos de todo lo que no habíamos podido platicar en este tiempo. Sí, no le conté nada sobre Viridiana ni sobre la charla que tuve por chat en la tarde con aquella otra persona. Los amores del pasado son fantasmas, entes incorpóreos que hacen sus apariciones en el momento menos esperado, aquel espectro se hacía presente; un boggart (en términos Pottéricos) cuya forma mudaba según el miedo, y en mi caso: uno femenino, devastador. Pero los fantasmas del amor no sólo son pasados, también los hay en el presente y Viridiana estaba tomando aquella sutil forma; fue una suerte que no me llamara en todo el día. Sea como fuera, no quería enfrentar ninguna de aquellas situaciones sin primero volver a restaurar mi relación con Itzamarai. Y ella, no sé si por intuición o por inexorable necesidad también lo sabía, tanto, que dejamos las palabras y rencores afuera del primer motel que encontramos en el camino. 

R. O.   

sábado, 21 de septiembre de 2013

Diario de un feministo - Septiembre 21 - Por asalto

Septiembre 21

Por asalto

Camino a casa de Itzamarai, ella me platicó lo que había sucedido respecto al paro. Aunque yo tenía una concepción diferente, como mucha gente, de lo que se hacía en un paro, conforme me fue explicando todas las actividades que llevaron a cabo, me percaté que había más un prejuicio formado de mi parte que lo que sucedía en realidad. Resguardando las instalaciones, manteniéndolas limpias, elaborando informes, publicando en diferentes medios, no cayendo en juegos de retóricas trotskistas y discursos institucionales, su grupo salió avante y con el reconocimiento del cuerpo administrativo. En pocas palabras, me dijo, “la cara de la directora lo decía todo: estaba que echaba chispas”. No tuvimos mucho tiempo para hablar, llegamos a la estación del metro Indios Verdes, y de ahí tomamos el camión para llegar a su casa. Al llegar fuimos recibidos por su madre, me dio las gracias por acompañar a su hija hasta la casa y yo le dije que no había nada que agradecer. Intuyendo el eminente momento de madre-hija, me despedí lo más pronto que pude, argumentando que ya era noche y no quería perder el último camión a casa.

Itzamarai y yo nos despedimos de forma rápida. En todo este tiempo no habíamos podido platicar sobre nosotros, lo que aún sentíamos (o no), y si la relación debería de continuar con esta pausa. No parecía favorecernos, pero de algo estaba seguro, ninguno de nuestros sentimientos respecto al otro habían cambiado. A principios de la relación, ella me dijo una frase de Eduardo Galeano: “el amor es eterno mientras dure”, y reconocía en aquellas palabras (que traía de nuevo a mi mente) que lo nuestro aún era eterno por más complicado que se haya tornado. El camino a casa me resultó tranquilizador, como reconociendo que sólo era cuestión de tiempo, que la distancia no nos alejara sino que nos produjera aquella sensación de saberse inseparable del otro, urgente de volver a mirarlo, tocarlo, sentirlo. Pese a lo que había sucedido con Viridiana, no me resultaba ser un motivo tan complejo como para terminar con Itzamarai. A esta última la amaba, a la primera no sé si llegaría a amarla. Bien podría decirle la verdad a Viridiana y sin más regresar al estilo de vida que llevaba antes de haber estado con ella en su departamento. Pero: ¿y si era una señal para terminar con Itzamarai e intentar algo con Viridiana? ¿Y si Viridiana sólo hizo lo propio como yo con ella, una noche y ya? ¿Pero, entonces, por qué se despidió de mí de esa forma hace unas horas? Seguía preguntándome y llevando mi cabeza a conclusiones que rayaban en chaquetas mentales, incluso pasado un rato de haber tomado el microbús rumbo a casa. Eso sí, de algo estaba seguro: tenía que…


Ahora sí se los cargó la chingada: ¡Saquen todo lo de valor que traigan! Y no se hagan los pendejos porque aquí mismo se quedan. Dame ese pinche celular. Rápido que no tengo tu puto tiempo. Baja la cabeza: ¡Ni se te ocurra mirar! También la cadena. ¡Eh, tú, dame ese reloj! Ya, ya, deja de llorar pinche vieja y tú no quieras hacerte el héroe. Ándele, así me gusta. Cuando te digo que pares no quieras hacerte pendejo. Todavía no. ¡Tú que miras chingada madre! Valen para pura verga. Ahora, pendejo: ¡para!         

R. O.

Diario de un feministo - Septiembre 20 - Vernos de nuevo

Septiembre 20

Vernos de nuevo

Viridiana me levantó temprano de su cama. Me dijo que ella podía pedir permiso de faltar, por su molestia en el tobillo, pero yo tenía que llegar a trabajar; de otra manera, resultaría sospechoso que ninguno de los dos se presentara. Me levantó con tiempo suficiente para que me diera un baño, me dejó en su recámara una muda de ropa mientras preparaba un plato de avena en la cocina. “Te queda grande, pero es mejor a que si fueras con la misma ropa”, dijo cuando salí rumbo a la sala para recoger mi celular, supuse que aquella ropa era de su ex marido. No sabía muy bien cómo reaccionar, al perecer ella estaba tomando muy bien las cosas, pero algo dentro de mí no permitía confiarme del todo. Me dio de nuevo las llaves del coche y me explicó el plan: “como vieron que ibas a conducir y llevarme a casa, dirás que me dejaste y yo te presté el coche para que te fueras a tu casa y me lo devolverías al día siguiente por la tarde”. Yo no entendía para qué tantos pretextos, no tenía a nadie a quién contarle lo que había sucedido y si sucedió fue porque quisimos. Terminé por asentir con la cabeza y me dispuse a comer el plato con avena y leche.

Llegué al trabajo y nadie me preguntó nada de lo que había sucedido ayer; cosa que era de suponerse, pues Viridiana trabajaba en un piso y área diferente al mío, incluso dudaba si alguno supo qué hice ayer por la tarde-noche. Continué con las labores que había dejado pendiente el día anterior, revisé mi celular para saber si Itzamarai me había mandado un mensaje, pero nada; al parecer el estar en paro en su universidad la mantenía ocupada todo el tiempo. Salí a comer en la fonda cerca del trabajo y de nuevo intercambié algunas palabras con Álvaro, nada fuera de lo común. Me dio su visión de lo que pasaba en el país y yo sólo negaba o asentía con la cabeza según fuera el sentido de su perorata. No tenía ganas de hablar sobre lo que pasaba en el país, nunca las he tenido. Como alguna vez se lo dije a mi novia: teniendo qué comer, dónde dormir y a quién cogerse; todo lo demás es vanidad. Y después de la cogida de ayer, de la jeteada monumental del lunes y el chicharrón en salsa verde, con frijoles refritos, que me estaba chingando en esos momentos; bien cumplía con aquellos mandamientos.


Por la tarde fui a entregarle el coche a Viridiana. Quise saber si habría algo más, pero fui advertido por la llamada de mi celular: era la mamá de Itzamarai. Estaba preocupada porque su hija no se había comunicado con ella desde hace un par de días y me pedía el enorme favor de ir a la universidad, hablar con ella, y de ser posible traerla a casa. Me disculpé con Viridiana, le inventé que me había surgido un problema en casa y me despedí de ella. Y un beso fugaz más su sonrisa, me hizo suponer que pronto nos veríamos de nuevo. Un par de horas después, cayendo la noche, llegué a la universidad. En el camino me pregunté que estaba sucediendo conmigo, la noche anterior la había engañado, y estaba con una tranquilidad perturbadora. ¿Qué no debería de comerme la culpa? Reconocí que quizás, con todas las chaquetas mentales que me hice de ella con su amigo, bien condecoraba mi hazaña como algo digno de las mejores justicias terrenales que uno puede hacerse por mano propia. Y el vernos de nuevo, al llegar a donde estaba ella, me resultó extraño; era como mirar a la mujer que amaba por más de un año, y también a la mujer a la que había engañado como resultado de la ley de talión.   

R. O.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Diario de un feministo - Septiembre 19 - Error deseado

Septiembre 19

Error deseado


No sé si existan los errores deseados. Una cosa es desear un error, que algo o alguien se equivoque, que algo pase o no pase. Pero el error deseado se convierte en algo más, como si de todas las posibilidades de error hubiera un más erróneo que todos, una confirmación inexacta. Desde medio día estuve con Viridiana, me pidió que dejara mis labores cotidianas para ayudarle a preparar todo lo necesario para el evento de la noche. Comimos juntos en un bonito restaurante cerca del trabajo, parte de mi premio –según– y regresamos para terminar los detalles. Cuando ella salió de su oficina, se había arreglado y cambiado algunas prendas, las necesarias para crear en ella, junto con el maquillaje, una combinación atractiva, cautivadora. Siempre me han encantado las mujeres que visten con tacón, y aquéllos, por su tonalidad, lograrían su objetivo: hacer ver a su portadora como toda una modelo, digna de todas las miradas y atenciones.

Llegamos en su coche al lugar, el Ateneo Español de México. De inmediato se presentó a nombre de la editorial mientras me presentaba como “un editor” a secas, y yo haciendo malabares para cargar con todas las cosas y saludar. La presentación me pareció aburrida, a pesar de ser de historia. Su visión de múltiples miradas, de cosas del pasado y remitirlas al presente no era más que un intento nuevo de captar suscriptores. Al final se dio un vino de honor, y Viridiana y yo degustamos un vino blanco, frutal, proveniente de Sudáfrica. Aunque me supo rico, nunca he entendido esa necesidad de gastar en cosas “peculiares”, pero no negaré que, de tener todo ese dinero, también compraría y bebería muchos vinos como aquel.

Todo sucedió muy rápido. Al salir del lugar, ya con unas copas encima, Viridiana pisó mal con el tacón, produciéndole una estrepitosa caída, un dolor inmenso y una inflamación que no pretendía quitarse en unas horas. Me ofrecí a manejar su coche y llevarla a su casa. Ella aceptó el gesto y se acomodó en el asiento del copiloto con cierta dificultad. En el camino seguíamos platicando, por lo poco que sabíamos de nosotros, aquel trayecto se nos hizo interesante; a pesar de trabajar en el mismo lugar poco sabíamos del otro. La ayudé a subir al departamento, después de estacionar el coche. Viridiana me agradeció que la recostara en el sofá y fuera por hielos a su refrigerador para colocárselos. Me despedí de ella, pero me dijo que si no quería quedarme, que corría riesgo ir hasta mi casa tan noche. Quise decirle que no se preocupara, pero me convenció su invitación a continuar con aquella plática y con la bebida.


No sabré nunca los caprichos del destino. Tampoco sé por qué se dieron así las cosas o si se dieron así como una prueba, o como una señal. Los dos seguíamos embelesados con la plática, descubriendo lo que no sabíamos del otro. Al décimo caballito de tequila eran sonoras carcajadas y parecía que su dolor había desaparecido. En el décimo quinto ella intentó levantarse y fue a caer a mi lado. Para el décimo octavo ella y yo nos mezclábamos en caricias, en besos que pedían haberse dado desde mucho antes. Y cuando no quedó más en la botella, la fiesta apenas había comenzado. Sí, pese al número de tequilas había una parte de mí que estaba consciente, que sabía lo que estaba haciendo y hasta lo encontraba placentero. ¿Por qué no? ¿Por qué negarme a algo cuando Itzamarai seguramente se había encamado a su amigo? Aquella sensación era liberadora: no sólo mi novia, también yo podía estar con alguien más.

R. O. 

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Diario de un feministo - Septiembre 19 - Vivir de sueños

Septiembre 18

Vivir de sueños

El día de hoy visitaría, después del trabajo, a Itzamarai en su universidad. Después de días de no vernos y hablarnos lo necesario, meras cortesías, como esperando que el tiempo y la distancia ayudarán a saltar la baya del problema por el que recién atravesamos. En el trabajo me fue bien, me entrevisté con Viridiana (quien pertenece al consejo editorial para el que laboro) pues estaba interesada en saber sobre mis avances que tenía hasta el momento sobre el libro de edición especial que año con año se prepara para los más antiguos suscriptores de un par de revistas publicadas bajo el sello de la editorial. Al final quedo contenta, al menos eso me pareció, y me dijo que como recompensa podía acompañarla el día de mañana a una presentación de una revista para la que el sello editorial había colaborado como asesor. “Y como la revista es de historia y a ti te gusta y vas bien con esos cuentitos, pues por eso te lo doy como premio”. No sé por qué consideraba ella un premio a tener que perder una tarde sin paga y trabajando. Sin más, le respondí con un cortés “gracias”.

 Al entrar a la universidad de Itzamarai llevaba conmigo una ensalada para que comiera, mientras yo me compré una baguette al estilo mexicano. Me percaté de una multitud a la que no presté total atención hasta que, bajando las escaleras rumbo a donde me había quedado de ver con ella, escuché su voz desde una bocina, por un micrófono. Regresé mis pasos para ir hacia la multitud y mis sospechas fueron ciertas, era ella. Resulta que se estaba llevando a cabo una asamblea en su escuela para determinar si se irían a paro, o no, en apoyo a los profesores de la CNTE. Pensé esperarla en una de las bancas, pues no tenía la más mínima intención de interrumpirla, ni de discutir en algo en lo que, creo yo, nada me compete. Sin embargo, las horas fueron pasando, apenas en un receso que pidió ella, para que alguien más tomara el micrófono, se percató que ya había llegado. Quiso comer conmigo pero la interrumpían otras personas para que volviera lo más pronto posible. Terminé por comer mi baguette mientras ella regresaba. Pensé que aquello acabaría pronto y quizás podría acompañarla rumbo a su casa. Esperé un par de horas más, leyendo el sexto libro de Harry Potter (que el sábado pasado, en una reunión de amigos, Luis me lo prestó), hasta llegar al capítulo ocho. Cuando parecía que por fin había acabado, ella me dijo que sólo dieron otro receso y que lo más probable era que tenía que quedarse para tomar la escuela y vigilar que el paro se llevara a cabo.   


Caminaba rumbo al metro por los linderos de la universidad. Me había despedido rápido, algo quizás brusco. Pero no estaba molesto y se lo aclaré. “Haz tus cosas”. En el camino pensaba esa respuesta. Hice una mueca, una sonrisa irónica. Algo había descubierto, algo se había revelado de nuevo como tantas otras veces en tantas otras ocasiones: vivir de los sueños ajenos. Siempre he sido complaciente con mis seres queridos, me encanta verlos, como recién veía a Itzamarai, luchando por algo que los motiva, que les apasiona, que las llenas de júbilo. Complaciente con todos menos conmigo mismo porque hacía, hago y haré lo que pueda para que logren sus sueños, sus metas, sus objetivos. ¿Dónde quedaron los míos? Después de un par de horas llegué a casa con la firme convicción de no hacer nada para cumplir los sueños de los demás, era hora de no pensar en ideas altruistas y solidarias para enfocarme en mi persona, en mis deseos; vivir ya no de los sueños ajenos, sino materializar los propios. 

R. O.

martes, 17 de septiembre de 2013

Diario de un feministo - Seprtiembre 17 - No pensar más

Septiembre 17

No pensar más


Ya no sé ni qué pensar. Es más, el no pensar ahora resulta atractivo, sutil, liberador. Pero no he podido dejar de pensar en todo lo que me ha pasado, en todo lo que pasa con mi familia, con mis amigos y cuando pareciera que encuentro un espacio vacío para no pensar, aparecen hasta los problemas nacionales. Terminé de leer el quinto libro de Harry Potter, ya sólo restan dos, y aquel Harry, el de sentimientos y emociones encontradas ha sido el mejor ejemplo en el que he podido refugiarme. Y no ha sido la primera vez que me sucede. De pequeño, cuando leí Mi planta de naranja lima, encontré en las líneas de ese libro una identificación inusual, más, porque yo también tenía un árbol de naranja lima, que iba a visitar año tras año, en vacaciones de verano, con mi familia en el pequeño terreno que teníamos (hace tiempo que se vendió) en Puebla. Sucedió lo mismo en el último año de la preparatoria, cuando leí El Conde de Montecristo y, página tras página, fui identificándome con el personaje, con su historia que bien podría ser la mía. El Ángel Anáhuac, exterminador de alas imbatibles, de Jorge F. Hernández.

Con todo lo visto y leído, empiezo a creer que el único consenso válido es el de las infructuosas democracias; con las que no se tiene contento a todos, pero todos aprueban usar aquella forma. Siempre hay una porción, pequeña o grande, que nunca estará contenta, ni con la elección del presidente, ni con las decisiones en los sindicatos, ni con las marchas de la CNTE, ni con las asambleas en las universidades, ni siquiera con el menú que ofrece un día común y corriente una fonda de comida cualquiera. Al salir del trabajo, agobiado por la falta de ejercicio (que dejé de hacer hace como una semana), me fui directo a la fonda para aprovechar el máximo tiempo posible, tener siquiera unos cinco minutos para un cigarrillo (sí, volvía a fumar después de todo).


Tuve la oportunidad, sin importar la circunstancia, de compartir mesa con el mesero que, hasta hace un momento, estaba atendiendo las mesas. Y digo oportunidad, pues nunca había cruzado más palabras que las simples, las amables, para solicitar algo. Su nombre es Álvaro, un chico casi de mi edad, tono de piel y corpulencia. Me preguntó si hoy no iba a estar acompañado (pues reconoce cuando voy con Itzamarai), pero le respondí que no, que nos habíamos distanciado un rato por unos problemas que tuvimos. Me dijo que él ya era casado, desde hace como cinco años, pero que hace poco menos de uno tuvo su primer hijo. Me dice con una sonrisa en su rostro: “Antes, sin hijo, pues; salía con mi vieja en el carro que traía. A cada rato cambiábamos de celular, porque tenía otro trabajo en una empresa y ¡chingue su madre! que la vida nos juega chueco cuando mi mujer ya se había embarazado; que me despiden de la chamba, me liquidaron con 200 pesos, ¿tú crees? valen verga; y tuve que buscar trabajo en otro lado, en otra empresa; pero nada, al parecer dieron el pitazo de mi despido”. Por suerte, esa no era mi situación con Itzamarai, podríamos estar distanciados, disgustados, yo desconfiado por una promesa que más bien parecía tomada de pelo. No hay acuerdos, ni consensos, ni votaciones, ni democracias que tengan conforme a todo el mundo porque todo el mundo busca siempre cosas distintas. Yo, en cambio, sólo quería comer y no pensar más.

R. O.      

domingo, 15 de septiembre de 2013

Diario de un feministo (Septiembre 15)

Septiembre 15

Gritosquedades

“No hay ninguno que se salve cuando de gritosquedades se trata. Gritosquedades a la primera hora de la mañana, con el tránsito que empeñas en llamar tráfico, de conductores que van mentando madres y tocando y tocando y tocando el claxon hasta el hartazgo. Gritosquedades la señora que vende atoles en su triciclo por todas las calles desde temprano, sin importarle que sea domingo y te despierte. Gritosquedades el patrón que se empeña en decirte que no es como lo estás haciendo sino que debe de ser como el lo quiere. Gritosquedades urbanas que se niegan a desaparecer, como quien compra fierro viejo o te ofrece tamales, patitas y elotes con su harto chile y su harta mayonesa. Gritosquedades el gondolero que va marcando rumbos, direcciones y destinos para que los futuros pasajeros estén enterados y puedan subir al camión. Gritosquedades blasfemas, desiertas y con cierto aire de renovación.

Gritosquedades en todos los estadios porque anotaron un gol, falló el penalti, se barrió a matar o marcó una falta que no era. Gritosquedades en el box, la lucha libre y las peleas del vecindario. Gritosquedades las marchas desgastadas, los arrebatos del pueblo y las consignas de autoayuda. Gritosquedades de alumnos que buscan germinar consciencia desde el señalamiento y la nula empatía. Gritosquedades en todos los tianguis, en todas las baratas, en todas las liquidaciones. Gritosquedades de los niños que se pelean, los que truenan pirotecnia y los que se mueren de hambre. Gritosquedades del dolor causado por la herida, por una bala o por la muerte misma. Gritosquedades para imponer la opinión sobre el otro, para intimidar, para dialogar, para convencer. Gritosquedades que proclaman al diablo las instituciones. Gritosquedades que provocan burla y pena ajena. Gritosquedades que quieren despertar a un pueblo dormido y gritosquedades que responden ya estamos despiertos y poco importa lo que pase. Gritosquedades que se quedaron como un nudo en la garganta.


Por suerte hoy se celebra, se festeja y se conmemora. Por suerte hoy hay gritosquedades patrias, de identidad comprada a ciegas, discurso tragado por la fuerza. Gritosquedades de país grande, del sí se puede, del este es mi país y esta es mi gente. Gritosquedades negadoras, plus ultra, arriba de un tabique o de un kilo de tortillas por no querer ser parte del resto de gritosquedades nacionales. Gritosquedades de no pasa nada, ya merito y ahí pa´ la otra. Gritosquedades de ruptura, de ignorancia, de pinches revoltosos y de pinches huevones. Gritosquedades de la noche, en una habitación rentada por horas. Gritosquedades su puta madre. Gritosquedades que siguen, que no se van y si se marchan siempre vuelven. Gritosquedades culpables, culposas. Gritosquedades que conforman, distorsionan, enajenan, promueven, victimizan, transgreden. Gritosquedades actuales, pasadas y futuras todas reunidas en gritosquedades paternales y más maternales. Gritosquedades de cada quince de septiembre, de viva México, de viva el pueblo, de muera el mal gobierno. Gritosquedades que complacen a todo mundo, empezando con nosotros”.

R. O.     

martes, 10 de septiembre de 2013

Diario de un feministo - Septiembre 9

Septiembre 9

La promesa

Ella hizo un gesto de desaprobación. Volví a preguntarle mientras fumaba ya sin sentido. “No hay nada”, me dijo y de inmediato le hice otra pregunta: “¿Entonces por qué te escribes de esa manera con él?” Ella sabía a lo que me estaba refiriendo. “No lo entenderías”, dijo y una fuerza hasta ese momento desconocida se iba apoderando de mí. “¿Por qué no lo entendería?”, volví a preguntarle y ella caminó hacia la cama para sentarse en una de las esquinas. “Hay mucho que necesitas saber y no es ni el momento ni el lugar, déjalo para después, por favor”. Quise estallar en ese momento, salir de la habitación y conducir lo más lejos posible, pero me quedé allí, mirándola fijamente con una mirada incomprensible, destructiva.

Ella salió de la casa, yo no la detuve ni le dirigí la palabra. Me quedé escribiendo, todas las palabras y todos los sentires. Vomité emociones. Anocheció y me pregunté si había llegado a su casa, si había ido a parar con él. Entonces escuché que llamaban a la puerta. Era ella y llevaba consigo un cuadro, pequeño. Me pidió volver a entrar. La dejé pasar y fuimos a mi habitación. Allí dio vuelta al cuadro y pude contemplarlo, era la imagen de una mano que detenía el paso de unos clavos que iban en dirección a una pareja, en tonos blancos y negros. Me dijo que salió a caminar y se encontró con aquella imagen, la compró y regresó con la firme intención de explicar lo que sucedía, el mal entendido en el que, según ella, yo me encontraba. Me hizo entrega del cuadro y me dijo:

“Te lo doy como símbolo de una promesa. Tarde que temprano sabrás la verdad de las cosas. Si hay algo en lo que no debes de dudar nunca es que te amo, que eres lo más importante para mí, que no tengo ojos para ti y que sepas que quiero mi vida contigo y sólo contigo. Aún no te puedo explicar, pero te entrego este cuadro para que veas mi compromiso a explicarte esta situación. Perdona que no pueda decirte nada más. Llamé a mi madre y le dije que habíamos peleado y quería arreglarlo. Y bueno, sólo quiero saber si quieres que me quede esta noche contigo o me regrese a casa, no es necesario que me lleves”.


Me quedé mirando el cuadro y escuchando sus palabras. Para mí no había otra explicación que una infidelidad de su parte. Un vil juego de sentimientos y emociones plásticas. Me sentí engañado. Pude haber terminado la relación en ese mismo instante. Confrontarla a que me dijera en ese momento lo que sucedía, con la amenaza de terminar si no lo hacía. Pero la amaba mucho, más que cualquier dolor e infidelidad. Le di el voto de confianza, total, aquella situación y aquella relación ya no era la de un principio. Me convencí de que no perdía nada otorgándole la duda. Pero le pedí que se fuera. Ella, ya con los ojos tristes, me dijo “de acuerdo” y se marchó. El resto de la noche me quedé llorando, leyendo una y otra vez el texto intentando encontrar aquello que no podía explicarme ahora; pero seguía sin ver nada, la misma infidelidad, la misma de las anteriores, de todas, de siempre. ¿Cómo seguir en una relación en la que en un santiamén pierdes toda la confianza en la otra persona? 

R. O.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Diario de un feministo - Septiembre 8

Septiembre 8

Es mejor

Es mejor aquello que lo otro. Es mejor que pase a que no hubiera pasado. Es mejor que te arregles a ir fachoso. Es mejor que calles. Es mejor que hables. Es mejor no tomárselo tan apecho. Es mejor tomar cartas en el asunto. Es mejor que le digas lo que sientes y es mejor que no le digas nada a nadie. Es mejor jugador que lo que se creía y es mejor que vaya consiguiendo chamba en otro lado. Es mejor que sobre y no que falte. Es mejor que ninguno otro. Es mejor esperar. Es mejor hacerlo de una buena vez. Es el mejor de los mejores. Es mejor que aquel o aquella. Es mejor que te llame luego y el mejor que le llames de una buena vez. Es mejor que termines eso antes y es mejor que empieces cuanto antes.

Es mejor el amor que el odio. Es mejor un Lamborghini que un Porsche. Es mejor con efecto analgésico que sin éste. Es mejor que ahorres y es mejor que lo compres ahora mismo. Es mejor que su hermano y es mejor que todos los alumnos juntos. Es mejor que no regreso nunca y es mejor que se quede en casa reposando. Es mejor que te lo comas y es mejor que vomites porque así se te baja. Es mejor reír que luego andar-(la)mentando. Es mejor que mi ex y es mejor sin nadie. Es mejor si lo asegura. Es mejor que el anterior. Es mejor navegar con bandera de pendejo. Es mejor escucharlo. Es mejor la telenovela de las nueve que la de las ocho. Es mejor caminar con cuidado. Es mejor de lo que imaginaba y es mejor no haberme imaginado cómo era lo que buscaba. Es mejor si compartimos. Es mejor si terminas este párrafo.

Es mejor de marca que genérico. Es mejor original que pirata. Es mejor en agencia que en taller mecánico cualquiera. Es mejor titulado que pasante. Es mejor con experiencia que sin ella. Es mejor que me lo cuentes que me entere por otro lado. Es mejor si dices la verdad y es mejor que no la digas. Es mejor si lo hacen juntos. Es mejor si lo haces solo. Es lo mejor que he visto en mucho tiempo y es mejor que saques algo nuevo. Es mejor porque aquí gano más y es mejor porque me dan seguro médico. Es mejor el libro que la película y es mejor la serie de televisión que el libro de autoayuda. Es mejor subtitulada. Es mejor si la escuchas con los comentarios del director. Es mejor si no pasa nada y es mejor que pase todo.


Es mejor almorzar. Es mejor no cenar nada o muy poco. Es mejor no echarle tanta sal. Es mejor no beber tanta azúcar. Es mejor light que regular. Es mejor al vapor que empanizado. Es mejor si te quedas y es mejor que te vayas. Es mejor que no me mires y es mejor que me mires. Es mejor si te ríes y es mejor si no lloras. Es mejor tenerlo que abortar y es mejor abortar que tenerlo. Es mejor que su padre. Es mejor que su madre. Es mejor no tomárselo personal y es mejor no tomarlo a la ligera. Es mejor Barcelona que el Real Madrid y es mejor el Play Station que el Xbox. Es mejor si lo recompensas. Es mejor si le rezas un ave maría y es mejor si dejas de idolatrar figuritas y estampitas. Es mejor llamarlo por su nombre y es mejor si le dices de otra forma. Es mejor ganar que perder. Es mejor vivir. Es más mejor morir.

R. O.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Diario de un feministo - Septiembre 7

Septiembre 7

Caída

Seguía sin poder dormir, sin creer en lo que había visto en aquellos mensajes. Itzamarai seguía durmiendo, eran cerca de las dos de la madrugada cuando decidí buscar más. Fui por la mochila de ella, saqué su computadora portátil y la encendí. Esperé a que iniciara y me introduje a sus cuentas. Entre a su perfil en Facebook, que se encontraba abierto, leía cada una de las conversaciones con un sentir contradictorio: una parte de mí deseaba no encontrar nada, ninguna insinuación que perturbara la relación maravillosa a su lado, la otra parte de mí se desvivía con la esperanza de encontrar algo más, cualquier cosa lo suficientemente clara para aterrizar de la nube llamada noviazgo y caer en picada para despertar con la intención de creer que no hay relaciones perfectas, que la nuestra no lo era.

Entonces llegué a la conversación con Miguel Ángel, a quien le había enviado los mensajes por su celular. Mis ojos no podían dar crédito a lo que estaba leyendo. Una conversación plagada de insinuaciones, ganas de verse, impedimentos por situaciones particulares, besos y te amos, e incluso una salida al cine que prometía un “no pasará nada que no quieras” escrito por él y un “ese es el problema” escrito por ella. Por más acelerado que se encontrara mi corazón, el frío comenzaba a recorrer más y más mi cuerpo. Era una sensación conocida, la misma sensación de todas las veces anteriores en que por alguna u otra situación mis relaciones pasadas no funcionaban. Y nunca funcionaban porque tarde que temprano se cometía un error, muchas veces mío. ¿Cómo reaccionar cuando uno no comete el error? ¿O acaso también se es culpable porque no vemos nunca por lo que está pasando la otra persona? ¿Y si su necesidad de tener a alguien más se debe a que no soy lo suficiente para ella?

Una infinidad de preguntas seguían cruzando por mi mente al tiempo que copiaba aquella conversación para guardarla en un documento. Con mi usb, la copie a mi computadora, como teniendo así la prueba irrefutable de que lo nuestro había terminado. Me fui a la cama y me acosté a su lado. Dormía tan tranquila. Mi mente pidió un descanso a la fuerza: empezó a dolerme. Quise abrazarla, lo hice. La abracé con la firme convicción de que sería la última vez. Y es que, cuando las relaciones terminan, uno empieza a hacer memoria del último beso, el último abrazo, la última relación sexual. De nada sirve planear las despedidas, y sin embargo me encontraba allí, a pocas horas para que amaneciera, formulando un plan para mañana.


Ella me despertó, ya se encontraba lista para asistir a sus clases sabatinas. Me dijo que si prefería quedarme en casa, a lo que acepté. Ella se despidió de mí con la promesa de regresar a casa después de sus clases. Cuando escuché que la puerta de la casa cerraba, comencé a llorar. No sé si lloraba por todo el tiempo que vivimos juntos, porque se había convertido en polvo o quizás porque siempre fue polvo. Tardé más de una hora para recobrarme de aquel mal sentir. Me preparé para su regreso. El resto de la mañana la dediqué a hacer ejercicio y el quehacer de la casa, en especial, el de la habitación. En aquel tiempo buscaba en mi mente las palabras precisas. No quería que fuera una plática extensa, pero sí que pudiera responder ella por qué y desde cuándo. Llegó a casa y me encontró fumando, le resultó extraño y antes cuando me preguntó si algo malo había sucedido, de forma tajante y con una seriedad desconocida para ella y para mí, le pregunté: ¿Qué hay entre tú y Miguel Ángel?        

R. O.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Diario de un feministo (Septiembre 6)

Septiembre 6

Ocultar cosas

El día de hoy me quedé de ver con Itzamarai en la universidad. En la hora de la comida, pedí en la fonda que me prepararan un par de comidas para llevar. Al terminar la jornada de trabajo, pasé por la fonda donde ya tenían la comida empacada y caminé hacia la próxima estación del metro para ir con mi novia. Llegué a las cinco de la tarde, justo a tiempo para que nos viéramos en una de las mesas, donde previamente habíamos acordado. Al poco rato llegó ella donde me encontraba y dispusimos de comer. A principio la sentí un poco distante, y es que el día anterior se había despedido de forma abrupta, pero preferí no cuestionarla y preguntarle sobre su día de escuela. La hora pasó rápidamente y la acompañé a su salón donde tomaría la última clase. Mientras me quedé en la biblioteca leyendo, estaba por comenzar el quinto libro de Harry Potter –sí, leí el tercero y el cuarto en casi una semana y media– con ansiedad. Al salir de su clase nos conducimos rumbo a mi casa, pues su mamá le había dado permiso de quedarse conmigo.

Terminando el viaje en metro hasta llegar al paradero, continuamos platicando sobre nuestro día. Y al bajar por las escaleras para tomar la combi que nos dejara en la esquina de la casa, nos dimos cuenta que había mucha gente. Era un caos, gente queriendo subir a los camiones a la fuerza, filas y filas interminables y encharcaderos que bien podrían simular ser un lago en medio del pavimento. Si lo anterior no eran las primeras escenas de una inevitable invasión apocalíptica, poco le faltaba. La lluvia había hecho un caos con la ciudad y tardamos una hora en llegar a casa, cuando nuestro tiempo estimado no rebasa los veinte minutos. Al final llegamos cansados, mojados y sin cenar. Compramos un par de atunes en la tienda, los acompañamos con una ensalada rápida y la digestión de la cena nos cargó con más sueño. Decidimos ir a la cama y ya abrazados y sin que lo esperara me dijo: “No me gusta que me ocultes las cosas”. Le pregunté a qué se refería exactamente y me respondió casi de inmediato: “Ayer hablé con Vanesa, y me platicó cosas que no me dijiste, como lo del libro. ¿Te sigue gustando esa chica?” Para mi sorpresa, le dije que no lo consideré importante, y que no intenté que se sintiera mal, y sí, le confesé que me gustaba, pero eso fue hace mucho.


Sin más, ella se quedó dormida, como si al escuchar aquello la mente le dejara de dar vueltas al asunto que la había propiciado a ser distante conmigo. Al verla dormir, me levanté para revisar mi correo electrónico. Me di cuenta que el celular de ella estaba en el tocador y, movido por la curiosidad, lo tomé para revisarlo. Parecía que no había nada extraño, cuando me encontré con dos mensajes que le había enviado a su amigo Ángel, y quedé aún más sorprendido cuando leí en uno “mmm alguien está jugando rico…” y el otro “mejor con unas nalgadas”. No supe cómo reaccionar, si despertarla y pedirle una explicación o mejor aún: ¿cómo es que me pedía que no le ocultara cosas si ella misma lo hacía? ¿Qué significaban aquellos mensajes? Sea como fuere, lo anterior me quitó el letargo que traía.

R. O.

Diario de un feministo (Septiembre 5)

Septiembre 5

Lecturameras

“Pocos y muchas, bastantes y minorías no sabrán nunca lo que hay detrás de tus lecturameras. Basta con extraviarse entre las calles, sentarse en una banca de cualquiera de los jardines, perderse entre una feria de pueblo o bien adentrarse a los corredores del mercado de Sonora para que así aparezca como acostumbra, de sobresaltos y colores, y ofrezca a cada uno de los transeúntes que llegaron por curiosidad o verdadera necesidad sus más jaculatorias lecturameras.

Lecturameras las que se gastan miradas y miradas, todas desorientadas, de revistas con chismes trágicos pero candentes, últimas modas de siempre, hijos no reconocidos ya nacidos, tips proverbiales para todo mundo y una enmarañada relación de aquél con ella y ella a su vez con el otro que es el mismo que se fue con la anterior ya embarazada del primero. Lecturameras todos los discursos políticos de todas las direcciones proponiendo lo mismo y rechiflando en contra y de memoria; alborotando alborotadores ya alborotados y ejerciendo discursos ya dichos y recontradichos todos los sexenios todos los gobiernos. Lecturameras las novelas y best sellers maquillados de publicidad con miles de ejemplares ya vendidos que no siempre significan leídos; tramas que no tienen mayor sustento que un trapiche amoroso y esperanzas explotadas porque todos los finales, dicen, siempre deben de ser felices.

Lecturameras pedidas y obligadas por profesores y maestras que fueron obligados y pedidos de lecturameras anteriores sin más motivo que el todavía funciona, todavía es actual; volviéndose clásicos más por demanda que por contenido. Lecturameras aquella, ésta y la otra publicación de autoayuda que logra mantener a la editorial porque nunca alcanza para el autor que tuvo que chutarse miles y miles de lecturameras sentimentales y que poco faltó para que, en vez de tanta línea, sólo dijera: échele ganas, siempre se puede siempre. Lecturameras todos los letreros mal escritos, retazos de letras, onomatopeyas escritas cual cantadas con el mísero fin de ser lecturameras momentáneas, tantas como se necesiten.

Lecturameras burocráticas, oficios y copias de la copia de la copia que tienen que pasar al gato del gato del gato y siempre una para el archivo porque no vaya a ser que aquellas lecturameras se pierdan entre tantas otras. Lecturameras los trocitos de poesía, cuentos calzado a la fuerza y minificción poluta de quienes escriben para portales de internet, revistas digitales y demás publicaciones publicadas porque no hay más, escribe padre, tiene final alternativo o va más allá de lo leído antes; poco importa la estructura del género, y menos aún si es alguien conocido: publica sus lecturameras, que ya vendrán otras.


Lecturameras la que no se deja, la que pudo lograr más, la que quedó corta, la que le faltó más trama, otro desenlace, otra manera distinta bien distinta. Poco importa mientras existan, de nada sirve ser paladín exterminador de lecturameras que brotan de entre las piedras, pues todos tenemos siempre una de muchas lecturameras favoritas”. 

R. O.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Diario de un feministo (Septiembre 4)

Septiembre 4

Una escala inesperada

Trabajando en la redacción de una revista de contenido científico, situación de lo más aburrida, pude entrar a mis cuentas de redes sociales para despejar mi mente por un momento. Pero no había nada interesante qué ver, comentar o escribir. Entonces recibí la alerta de una conversación. Se trataba de Vanesa, una amiga de la secundaria. Me escribió: “¡Qué bueno que te encuentro conectado! Pásame tu número. Isabel viene a la ciudad hoy”. Aquella noticia me tomó por sorpresa, tanto, que brinqué cuando escuché el tono de mi celular. Vanesa me llamó para confirmarme lo dicho en la conversación. Me dijo que llegaba a las seis de la tarde y que si podía acompañarla al aeropuerto para su llegada. Yo tenía otros planes (me había quedado de ver con Itzamarai en su universidad), pero no podía pasar esta oportunidad de volver a ver a Isabel. Finalmente, le dije que tenía algo de trabajo pendiente, pero que las alcanzaba en el aeropuerto. Ella terminó con la llamada diciendo: “Ella no quería que dijera nada, sólo hará escala en la ciudad por unas horas”.

Movido por aquella situación repentina, de inmediato me comuniqué con Itzamarai, le envié un mensaje diciéndole que los planes habían cambiado, que me había surgido otro compromiso y que más noche le llamaba para decirle cómo habían resultado las cosas. Después de terminar la jornada laboral, me fui de regreso a casa, hice algunas compras, me di un baño rápido y conduje hasta el aeropuerto. En la sala de espera de las llegadas internacionales ya me esperaba Vanesa. Mientras observábamos el monitor para saber la situación del vuelo donde viajaba Isabel, recordamos aquellos ayeres cuando estudiábamos juntos en la misma secundaria. Casi en el último año, Isabel tuvo que viajar a Colombia. Un golpe de suerte en el trabajo de su padre lo había colocado al frente de una gran empresa trasnacional de aparatos electrónicos y su nuevo puesto se encontraba en aquellas distantes tierras. La despedida fue triste, con la promesa de escribirnos diario. Y aquellos correos electrónicos fueron cada vez menos al punto en que sólo nos enviábamos felicitaciones de cumpleaños o de navidad y año nuevo. Y sí, mi interés en volver a verla estribaba en el hecho de que, en aquellos ayeres, Isabel me gustaba.


Apareció tras desplazarse las puertas, con el mismo semblante de siempre, aquellos ojos color miel sacados de su madre y el pelo teñido de un negro que hacían más notoria su tonalidad de piel clara. Se sorprendió al vernos y los tres nos fundimos en sonrisas y abrazos que no pararon por un buen tiempo. Aquellas horas de escala las pasamos platicando, cenando y bebiendo en uno de los restaurantes del aeropuerto. Después de pasarnos nuestros números de celular, salimos para acompañarla a su siguiente vuelo. Aunque le dijimos que era nuestra invitada de honor, ella no aceptó que pagáramos su cuenta. Se despidió de ambos y cuando fue mi turno, le entregué un libro con una dedicatoria que le pedí leyera hasta que llegara a su destino. Me dio un beso en la mejilla y desapareció entre la gente. Llevé a Vanesa a su casa y luego regresé a la mía para platicarle a Itzamarai de lo que había sucedido. Y claro, sin decirle nada sobre el libro, ni mucho menos de la dedicatoria: “Isabel: Ojalá que este libro te recuerde siempre a mí, a nosotros, a tu gente y a tu país. Gracias por esta dulce nostalgia, me sentí como hace mucho no me había sentido, como cuando teníamos aquella edad. Besos siempre. R.O.”.      
R. O.

martes, 3 de septiembre de 2013

Diario de un feministo (Septiembre 3)

Septiembre 3

Momentos

Mi vida no ha cambiado. Sigo en la misma rutina del ejercicio, el trabajo, acompañar de vez en cuando a mi novia y leer. Una monotonía que me ha tenido casi al borde del aburrimiento, pero que reconozco como una fiel guarida tras las decepcionantes noticias de no haber conseguido aquel empleo tan deseado. Y pese a aquella triste noticia, los días se suceden a sus noches respectivas, sin tener la menor intención de virar a un lado, de detener el camino o hacer un giro abrupto. Eso sí, cada día me hago más consciente de mi edad, y que no he logrado hacer gran cosa. Messi y yo tenemos la misma edad y él es un deportista de talla internacional. Y yo apenas si logro llegar a la quincena sin pedir prestado.

Pero hay cosas buenas, he continuado con el ejercicio y a casi un mes mi novia me ha dicho que ya se nota la diferencia. Incluso, una vez que visité a Violeta a su departamento, me pesé en su báscula y confirmé con mis propios ojos que tenía ya dos kilos y medio debajo de mi peso (digno de ser considerado para lidiarse en alguna plaza de toros). Yo también he notado aquellas diferencias: los pantalones ahora me los puedo cerrar con más facilidad y colocarlos cerca del ombligo, cuando antes no pasaban de la pronunciación de la barriga. Mi resistencia cada vez es mayor e incluso, según Itzamarai, mi piel ha retomado una sensación fresca. En cuanto al trabajo, aunque sigo manteniéndome en el mismo puesto de siempre, he conseguido algunos trabajos extra y otros por fuera. Algunas ediciones, clases y hasta corregir tesis de licenciatura (en redacción claro) me han valido el dinero suficiente como para la gasolina o los pasajes.


A través de Viridiana, y como agradecimiento por haberla sacado de aquel trabajo urgente hace semanas, ella intervino con el consejo editorial para proponerme a elaborar un especial de literatura. Cada año, la revista entrega un número especial a sus suscriptores más antiguos (de diez años para arriba) con un libro con contenido que varía conforme pasa los años. Desde ensayos científicos hasta biografías históricas, pasando por manuales de cocina y especiales sobre el origen de la navidad, aquellos libros han sido una referencia que le ha valido a la editorial tener un constante crecimiento de suscriptores. En este año se presentaría uno sobre cuento y cuando Viridiana se enteró no tardó en recomendarme, pues sabía de mi gusto por aquel género literario. El especial se resumió a un autor en específico, y propuse que fuera sobre Carlos Fuentes, de quien conozco casi toda su obra cuentística “de pe a pa”. Al consejo editorial le resultó interesante la propuesta y decidieron darme luz verde. Tenía que entregar a más tardar en octubre aquella selección y presentación, para que hubiera tiempo necesario de revisarla, proponer algunos cambios (si los necesitaba) y enviarlo lo más pronto posible a la imprenta para que pudiera entregarse a más tardar en enero. Entonces entendí que, quizás, estaba en un error al esperar que las cosas sucedieran, que se dieran por sí mismas; así como el ejercicio, que requirió de días constantes de ejercicio y dieta para bajar algunos kilos, debía de esforzarme para lograr un mejor puesto. Los momentos no llegan: se trabajan.          

R. O.