Octubre 20
Una menos
La
noche anterior había sido larga. Iztamarai pasó al menos seis horas pegada a la
computadora resolviendo pendientes de la escuela y del colectivo en el que se
encontraba. Ambas tareas demandaban mucha de su energía y su atención, pero aún
escribiendo sus deberes, Itzamarai no podía dejar de pensar en su relación, en
la promesa que aún no podía cumplir, en la letanía en la que su compañero se
había sumido desde aquel día en que, mirándola a los ojos con rabia gélida, le cuestionó
su relación con Ángel. Aquel asunto se
complicaba aún más con el paso de los días. Nayeli, su amiga, respondía con
evasivas cada vez que con sutileza Iztamarai le pedía un tiempo para tomar un
café y ponerse al día. ¿Será que Ángel ya la había puesto sobre advertencia? ¿O
sería más bien que ella por sí sola sentía que el momento de hacerle frente a
la verdad se acercaba? Nayeli conocía a Iztamarai. Era necia, contundente y
perspicaz, un descuido cualquiera haría que su amiga comenzara a desenterrar la
historia que juró no volver a tocar.
Aún con su juramento, había algo de lo que Nayeli había
sido siempre consciente: la verdad sale a flote por mucho que se le quiera
sumergir en el olvido. En ese momento, el timbre del celular la sacó de su
letargo. Era Itzamarai, quien en un mensaje le decía que tendría la tarde libre
y que necesitaba urgentemente hablar con ella. Al parecer se había metido en un
aprieto pues sus palabras delataban una ansiedad poco común en su amiga.
“Te puedo ver a
las 4, a esa hora salgo de trabajar. Metro Hidalgo, donde siempre. ¿Todo bien?”
Recibió un seco “ok” y su preocupación aumentó. Dudaba
grandemente que el asunto de la reunión versara en lo que estuvo pensando instantes
antes. Aunque la distancia entre ella y su amiga había crecido con los años y
con las circunstancias, Nayeli apreciaba mucho a Iztamarai y no podía dejarla a
la deriva en momentos de necesidad.
Su jornada laboral transitó sin mayores noticias, a veces
se preguntaba qué hubiera pasado si en vez de tomarle gusto al dinero hubiese
seguido con la escuela, tal vez no tendría que soportar un trabajo monótono y
mal pagado. Con un suspiro anhelante, Nayeli continuó acomodando la mercancía
del OXXO en sus respectivos anaqueles. Esperando con todas sus fuerzas no tener
que darle explicaciones a Itzamarai en unas horas.
Itzamarai apresuró el paso, sus compañeros la saludaban por
los pasillos de la escuela; sin embargo, no se detuvo con ninguno, se limitó a
brindarle una sonrisa con quien se cruzara en su camino y salió casi corriendo
para alcanzar uno de los taxis colectivos que la llevaría al metro más cercano
de la universidad. Sabía que la oportunidad de hablar con Nayeli no podía ser
desperdiciada; después de todo, haber logrado ese tiempo había costado muchos
descolones de parte de su amiga y una fúrica espera que le había carcomido por días el seso.
Cuarenta minutos después, llegó con el corazón desbocado
entre la prisa y la tensión de lo que ocurriría a continuación. Nayeli ya se
encontraba en el lugar acordado y al ver
a Itzamarai sintió una vorágine violenta que no supo disimular más que con una
sonrisa cansada y un abrazo escueto de bienvenida. Caminaron hacia la salida
mientras Nayeli le observaba con detenimiento.
–Estás
bien pinche ojerosa. Esa carrera va a acabar contigo –le dijo.
–-No
es tan malo cuando le encuentras el gusto –respondió.
Itzamarai estaba distinta, había algo en su mirada que
cambió, una luz que ni el cansancio
lograba consumir, se percató que su amiga tenía algunos kilos menos de peso y
su presencia era más fuerte, más segura. Mientras recorrían la Alameda Central
se hicieron preguntas varias para recuperar los meses perdidos, que si la
escuela, que si el trabajo, que si los amigos, todo parecía ir recortando la
brecha entre ambas y destensando el ambiente. Llegaron a una banca debajo de un
árbol e Itzamarai hizo una pausa en la conversación para sentarse.
–¿Ya
me vas a decir qué te pasa? –preguntó Nayeli.
–Tengo
un problema enorme, no sabía a quién
acudir… Necesito que me acompañes a un lugar.
–¿Ahorita?
¿Pues qué pasa? –volvió a preguntar, ahora un poco asustada.
–Creo
que estoy embarazada, Nayeli.
El silencio cayó entre ambas. Con lágrimas en los ojos,
Itzamarai miró a Nayeli en espera de un consuelo, pero Nayeli no sabía por dónde
empezar, por lo que terminó haciendo lo mismo, seguir preguntando:
–¿Estás
segura?
–No,
por eso necesito que me acompañes a comprar una prueba rápida y a hacérmela ya.
Me he sentido con síntomas raros estos días. Tengo náuseas en la mañana sin
haber comido nada, no tolero algunos olores de comida y estoy cansada todo el
tiempo. Además tengo un retraso de días, pero yo soy muy exacta. Es muy seguro
que lo esté.
–Esas
madres luego no salen bien, no hay nada mejor que acudir con un médico. Yo
tengo una amiga que…
–No
–Itzamarai la interrumpió–, necesito hacerlo hoy, tengo que tener al menos una
respuesta.
–Y
tu güey, ¿ya lo sabe?
–No,
no pienso decírselo hasta que esté segura, además, las cosas con él no están
nada bien. Tengo miedo de que si le digo, todo se vaya a la mierda en un
segundo.
–Pero,
¿y luego? ¿Crees que no se haga responsable?
–No
es eso… es que… tengo que explicarte muchas cosas.
Caminaron hacia el Eje Lázaro Cárdenas, en silencio, pero
con los brazos entrelazados, como cuando entradas en los diez y tantos paseaban
por los pasillos del bachillerato, platicando de casi cualquier cosa y riendo a
carcajadas.
–¿A
dónde iremos? –volvió a cuestionar Nayeli.
–Pensé
en ir a Tlate, ahí hay una farmacia y unos baños muy cerca.
Llegaron en metro a su destino. Itzamarai iba callada,
distante y con los ojos llorosos. Nayeli no acertaba cómo consolar a su amiga
(no sabía si lo que quería era consuelo), lo único que logró hacer fue sobar la
espalda de su otrora mejor amiga y abrazarla mientras le decía que todo estaría
bien. Mientras compraban la prueba se tomaron fuertemente de los brazos y se dirigieron
al baño para que Itzamarai, pudiera por fin salir de dudas.
Nayeli se quedó afuera, pensaba qué es lo que ella haría si
estuviera en la misma situación. Definitivamente no se veía con un hijo, no en
ese momento y no con la pareja con la que estaba. No porque fuera su novio fuese
malo, sino porque ella creía en que si iba a tener familia tenía que estar
segura con quién hacerla. ¿Qué chingados le había pasado a su amiga? Después de
todo, Itza no era tonta, sabía que si le daba vuelo a la hilacha tenía que a
cuidarse. ¿Habría fallado el método? Es más: ¿se cuido?
Itzamarai salió temblorosa con la prueba en la mano.
–¿Ya
está? ¿Qué pasó?
–Faltan
unos minutos para se pueda ver. Dos
minutos según dice la caja.
–Tranquila.
Mejor cuéntame qué fue lo que pasó ¿no te cuidaste?
–Fue
un descuido, te dije que tenía que explicarte muchas cosas –dijo Itzamarai
mientras salían del baño.
–Pues
ya dímelas. Me parece increíble que siendo como eres te pasen estas cosas.
Itzamarai tomó asiento en una jardinera que encontraron cerca
del baño y con un suspiro miró duramente a Nayeli y le soltó de pronto lo que
había esperado por mucho tiempo:
–Vi
a Ángel hace quince días. Estuvimos hablando…
–No
me vengas con chingaderas, Itza, eso no es discusión ahorita –dijo Nayeli
esquivando la mirada de Itzamarai, queriéndose levantar del lugar.
–Déjame
hablar –la serenó Itzamarai–. La charla no resultó como hubiera esperado.
Fuimos a un bar del centro, hablamos por horas y terminamos encamados en un
hotel de mala muerte de la zona. Días después tuve sexo con mi novio. En ambos
casos no me cuidé y en todo caso si esa madre –señaló la prueba de embarazo–
sale positiva el gran pedo es que no sé quién es el que me embarazó.
Nayeli tenía los ojos muy abiertos, no podía creer lo que
estaba escuchando, Itzamarai no se caracterizaba por ser una santa, pero no la
creía capaz de semejante descaro. En ese momento, Itzamarai tomó la prueba de embarazo,
que estaba boca abajo, y la volteó para ver el resultado. Dos líneas azules y
perfectamente definidas aparecieron en el recuadro del resultado. Ambas callaron
por un segundo y de inmediato Itzamarai soltó un gemido lloroso derrumbándose
sobre el hombro de Nayeli quien atinó sólo a abrazarla y llorar con ella.
–Nayeli,
necesito que me digas la verdad: ¿qué fue lo que pasó esa noche en la que me
golpearon?
Itzamarai tenía los ojos enrojecidos y la cara desencajada
por la desesperación, miraba a Nayeli como si en ella encontrara la salida a su
dolor.
–Itza,
ahorita no es momento, tienes que tranquilizarte…
–¡No
me mientas más! –irrumpió Itzamarai– ¡Lo sé todo! Ángel me dijo cómo tú y tu estúpido novio planearon todo! ¿Cómo
pudiste? Yo confiaba en ti, Nayeli. Eras mi mejor amiga y me traicionaste. ¿Pensabas
en mí cuando sabías que me estaban golpeando? ¿Sabes el infierno que fue estar
en el hospital y tener que ver cómo mi madre se partía de dolor cuando supo
todo? ¡Dilo de una buena vez!
Nayeli frunció el ceño y se levantó como una ráfaga. Su
rostro estaba enrojecido, crispado y desencajado. No podía creer lo que
escuchaba. No podía creer que en medio del fuego cruzado entre Ángel e
Itzamarai ella estuviera en tierra de nadie siendo culpada de todo aquello de
lo que creyó ocultar por tanto años.
–¡Cómo
se te ocurre creerle a ese hijo de puta?, ¡te encamaste con tu verdugo! Yo esa
noche me fui con mi novio de la escuela porque tuvo un problema, pero quien te
entregó como carne de cañón fue tu querido Ángel. Él lo planeo todo, fue él
quien a cambio de su pellejo dejó que te hicieran mierda. Cuando yo supe lo que
te pasó inmediatamente lo encaré y él no pudo con la culpa, me lo contó todo
¡Todo Itzamarai! No tengo que recordarte que yo estaba metida en un aprieto, si
yo te decía quién había sido iba a ser a mí a quien hicieran añicos, lo sabes
¡debiste de haberlo sabido!
Los gritos de ambas mujeres atrajeron la atención de la
gente que transitaba por la jardinera. Sabiéndose vistas por muchas miradas,
todas incómodas, ambas tomaron sus cosas y caminaron hacia el ágora casi sin
darse cuenta, siempre en silencio. Al llegar se sentaron frente a frente.
–¿Por
qué, Nayeli? Todos estos años me hice trizas pensando lo peor de ambos.
–Era
asunto muerto, juré no decírtelo nunca.
–¿Aunque
supieras que yo desconfiaba de ti?
–No
me chingues, ¿querías que se repitiera tu historia conmigo? Itza, yo estaba
atada de manos, además, él siempre dijo que estaba muy arrepentido. Mira nada
más cómo, me embarró en su pendejada.
–Lo
siento. Pero todo fue raro y todo apuntaba a ti o a él.
–Y
sin embargo le creíste a él.
–No
del todo, por eso te busqué tanto tiempo, por eso quería que tú me dijeras qué
es lo que había pasado después de todo.
–Y
ahora tienes un chamaco en la panza que podría ser de él.´
Itzamarai la miró a los ojos con la claridad de quien abre
el corazón entero.
–Es
mentira. Del único del que puedo estar embarazada es de mi novio. Siento mucho
haberte mentido, siento mucho que las cosas tuvieran que ser así, pero
necesitaba la verdad, mucho más ahora con esto. No podía tomar una decisión con
la cabeza abrumada por lo que pasó.
Gracias por decir la verdad, amiga, de verdad gracias.
–Si
serás cabrona –dijo Nayeli, ya con una carga menos en la espalda–. Ya decía yo
que lo suyo no era posible. Jamás le habrías hecho caso. No me vuelvas a hacer
una chingadera de éstas Itza.
–Mientras
tú me prometas que nunca más volverás a ocultarme nada tan trascendente, yo no
lo vuelvo a hacer –dijo Itzamarai con una sonrisa.
–¿Qué
vas a hacer ahora con lo que traes ya en la panza?
–No
lo sé –un veto de duda apareció en la mirada de Itzamarai–, ya te mantendré al
tanto. Necesito hablar con mi novio, esto nos complica todo el panorama. Aún
más.
Juntas regresaron rumbo a la estación del metro Tlatelolco.
Con la promesa de encontrarse pronto, de ya no distanciarse por prolongado
tiempo, ambas tomaron rumbos contrarios. Después de lo que pasó, Itzamarai se
sentía fuerte y con la cabeza fría, tendría que dar el golpe final con Ángel,
pero de eso ya tendría tiempo después. Ahora sus pensamientos navegaban en cómo
iba a darle la noticia a su novio. Recostó su cabeza en la pared del vagón del
metro y cerró los ojos por unos minutos, algo crecía en su vientre, mejor dicho,
alguien crecía y la duda que aparecía en la duermevela era ¿qué destino tendría
aquella nueva vida?
R. O.