domingo, 17 de noviembre de 2013

Diario de un feministo - Noviembre 17 - Tristeza

Noviembre 17

Tristeza


Ha pasado casi una semana desde que Itzamarai tomó la decisión de abortar. Y digo que tomó la decisión porque, cuando me envió un mensaje, ya había hecho la cita con la clínica. No importó mi sentir, y lo entiendo. Nuestra relación terminó fatalmente y si me envió un mensaje fue porque quería que supiera, y quizás que estuviera presente. Por eso fui, por eso la acompañé aunque en la clínica no me trataron del todo bien. Diré que las miradas, desde el policía de la entrada hasta la doctora, casi nunca cruzaban con la mía. Y si lo hacían, no era una mirada amable, más bien parecía una mirada que buscaba cultivar la culpa, la indiferencia. La incomodidad que sentía en ese lugar llegó al punto de sentirme como el único culpable, como si yo fuera quien la estuviera obligando para que abortara, que yo no lo quería…

No sé si lo quería, si deseaba ser papá en este momento de mi vida, si quería que Itzamarai fuera la madre de mi hijo, y no por dudar de ella (pues sé que hubiese sido una excelente madre) sino por la situación en cómo terminó nuestra última plática. A pesar de que la estuve buscando en la escuela, que le enviaba mensajes casi diarios y extensas cartas en correos electrónicos, no hubo manera de garantizar una respuesta. Y no la hubo, sigue como duda lo nuestro. Tampoco sé cuál fue el verdadero motivo de Itzamarai para abortar. Lo único que sé es que fue doloroso, un dolor que nunca sabré (como hombre) su intensidad.

Ella aceptó quedarse en mi casa al día siguiente de que fuimos a la clínica. Según me dijo, le argumentó a su mamá una cantidad de trabajo en la escuela y su amiga Vania le hizo el favor de decir que se quedaría en casa de ella. Yo salí del trabajo y de inmediato la alcancé en una estación del metro. Una hora más tarde ya estábamos llegando a casa, fuimos a comer al mercado, me pidió que comprara un par de medicamentos y un paquete de toallas femeninas (a sabiendas que me sonrojaba en demasía pedir esas cosas en una farmacia, y más si atendía una mujer) para el proceso que estaba por venir. Media hora más tarde, ya en la habitación, tomó el resto del medicamento. No pasaron ni veinte minutos cuando comenzó su dolor, y con ello, mi tristeza.

No podré describir nunca lo que sucedió esa noche. No sé si pude hacer lo mejor. Trataba de tranquilizarla, de decirle que ya había pasado lo peor, que era fuerte, que no volvería a pasar por eso, que me gustaría estar yo en su lugar y tantas otras cosas que por momentos funcionaban. Un par de ocasiones me veía, con sus ojos llenos de lágrimas y si mi recuerdo no me falla pude escuchar un claro “gracias por estar aquí” de su parte. Lo peor fue cuando empezó a sangrar. Tuve que tomar un par de playeras, humedecerlas con agua tibia y limpiar la sangre que no había podido absorber la toalla. También me tocó ayudarla a retirarle las toallas cubiertas de sangre, ayudarla a caminar al baño, taparla y abrazarla cuando le dieron escalofríos al final. No sabré nunca lo que se siente abortar, pero puedo decir que no es una experiencia agradable. Es algo triste, que ella consideró necesario (yo también) pero triste.


Hoy día no quiero pensar cómo lo viven aquellas mujeres que toman esta decisión respetable, pero que no cuentan con el apoyo de su pareja, de su familia, y son prejuiciadas y criticadas por la sociedad. Mujeres que abortan en lugares clandestinos, con métodos más dolorosos y en una soledad tan inhóspita como un vientre ahora vacío.

R. O.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Diario de un feministo - Noviembre 11 - Una despedida

Noviembre 11

Una despedida


Con la mirada en otra parte, él y ella se toman de la mano. Él no quiere estar ahí pero siente la inevitable necesidad de estar y ella tampoco quiere, querrá, quiso lo que está por pasar. Están sentados, a la espera de algo que no tiene marcha atrás. Ella quiere decirle algo, no que lo extraña, sino preguntarle qué siente. Él no sabe qué decirle, mide sus palabras como esperando, tras el examen minucioso de cada una, soltar las más reconfortantes, las de más empatía, las de más consuelo y arrepentimiento posible.

La señora entra por la puerta y la vista de ambos se dirige a la mujer que toma asiento frente a ellos. Todo el tiempo, todas las palabras, se dirigen a ella y él se pregunta si es invisible, si era necesario que estuviese en algo que, parecía, sólo era exclusivo de ella. Pero Itzamarai se lo recalcó en cada ocasión, en cada cruce de palabras previo: “nadie te obliga, no estoy pidiendo tu consentimiento, te lo digo porque consideré que debías saberlo”. La doctora le pide a Itzamarai que se recueste para hacerle un ultrasonido, debía de saber cómo estaba el interior de su vientre. Mientras ella miraba al techo, con un dibujo en tonos azules de algo que asemejaba la figura de una flor de loto; él observaba la pantalla de tonalidades blancas y negras y aunque no entendía muy bien lo que miraba la doctora sí sabía que en el vientre de ella había algo más que células, algo más que tejido. Era Cristian, así decidieron llamarlo.

De nuevo sentada al lado suyo, ya sin entrecruce de manos, Itzamarai escucha con atención las indicaciones de la doctora, los síntomas de alarma, los números de teléfono que debe de tener presente, los tiempos de las pastillas, lo que viene después etc. La doctora sale por los medicamentos, el primer par de fármacos, y con el dinero que él le entregó. Dice que tardará en subir unos minutos, como diciendo: “aprovechen este momento por si quieren despedirse”.

No pasa mucho tiempo después que la doctora sale para que él abra la charla, le pregunta si quiere que él primero diga algo y ella da el sí con un leve movimiento de cabeza, con las manos en su vientre. Y dice: “Bueno, Cristian, estamos aquí. No sé muy bien qué decir, tengo miedo de mis palabras pero estoy aquí, con ella, contigo. Perdona lo que estamos por hacer y ojalá tengas la oportunidad de regresar, aunque ya no sea con nosotros”. Ella sabe que él ha terminado y dice: “Pienso en ti, desde que me enteré y en todo este tiempo. Eres lo primero en que pienso al despertar y lo último al acostarme. Quiero lo mejor para ti pero ahora no puedo dártelo. Sé que me entiendes y que vendrás de nuevo, que serás totalmente amado”.

La doctora llega con los medicamentos. Itzamarai se seca un par de las lágrimas que no lograron contenerse en sus ojos. La doctora le entrega un par de pastillas y un vaso de agua. Él observa a ella, cómo toma un suspiro profundo, esperando que en la bocanada entre todo el valor y perdón del mundo. Itzamarai lleva las pastillas a su boca y toma el vaso de agua de un solo trago. Ya no hay marcha atrás.


Quince minutos después ellos salen de la clínica, se dirigen al metro, cruzan pocas palabras, sólo las necesarias. Él sabe que no puede contenerse, no desde todo lo que ha hecho, lo que le ha dicho. Le ofrece estar mañana con ella. Itzamarai lo mira y se descubre a sí misma mirándolo con un dejo de nula empatía; pero acepta y ambos toman un rumbo distinto.

R. O.

jueves, 24 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 25 - Lidia de amor

Octubre 24

Lidia de amor

Él despertó con una cruda insoportable. Era medio día o al menos eso era lo que sospechaba cuando miró hacia la ventana de su habitación. Buscó su celular, lo encontró apagado; intentó encenderlo, pero la batería se había acabado. Recordó que el día anterior tenía poca carga y lo dejó caer sobre la cama. Le dieron ganas de ir a orinar, se levantó de la cama con brusquedad y eso provocó que el dolor a la cabeza le regresara. En el camino pateó un par de latas de cerveza mientras pensaba en lo patético que resultaba la escena: borracho en su habitación.

Pasado un rato, encendió la computadora. No quería que lo molestaran, por lo que sólo buscó algo de música en Youtube y comenzó a hacer su quehacer (más patético aún). No se preocuparía, de momento, por el trabajo; bien podía pedir que tomarán su día de descanso de la próxima semana, casi nunca faltaba y como había escuchado alguna vez en la voz anónima de las muchas que habían en la oficina: “el mundo no se acaba si faltas un día”. Pero su mundo se había terminado, al menos eso creía. Ya sin la oportunidad de continuar con Viridiana. Pero, ¿qué lo obligaba a seguir con Itzamarai? Tal vez la responsabilidad, la culpa de saber que no podría dejarla así, en ese estado; prefería terminar con su amor platónico y resignarse a una vida de pañales, de peleas, de mala vida y de amor a otras cosas pequeñas. Entonces se percató que tenía un mensaje en su bandeja de entrada, un correo de ella.

Cada línea lo atravesaba, era como estar adentro de una caja mágica y el mago (en este caso Itzamarai), colocaba espada tras espada creando la ilusión de atravesarlo y partirlo en partes. Pero: ¿era una ilusión? No, no era ningún truco de magia. De hecho, la comparación era absurda. En realidad él era un toro y ella que se encontraba ya, una vez hecho el tradicional paseíllo, esperándolo para dar comienzo así al tercio de varas, a la lidia que tendría su fin. Y eso sucedió. La parte más enérgica, el tercio de banderillas, lo avivó como el toro que era. Todo este tiempo pensó que Itzamarai no se había dado cuenta, que él podía navegar en un oleaje, entre dos rumbos, y ser el dueño de los mares. Ahora se da cuenta que sólo fue un juego, que ella, Itzamarai, era el mar mismo, nunca una nave. Que sus grandes aventuras marítimas no eran más que un infantil chapoteadero. Ella lo supo y no le dijo nada. Después, en el tercio de muerte, estaba la explicación a la promesa; la explicación que le pidió mucho tiempo y que ahora, tras leerla, entiende que tenía que ser así, que él no quiso esperar. ¿Era cierto lo que le decía? Sí, la conocía, y sabía que aquellas palabras provenían de lo más sincero, de lo más profundo de ella.


¿Qué hacer ahora? No lo sabía, y no era novedad. Su indecisión había tocado fondo. ¿Tanto fue su egoísmo? ¿Era correcto lo que hacía? ¿Podría regresar aún con ella? ¿Y si ella ya no lo quería de vuelta en su vida? ¿Y qué hay con el embarazo? ¿Qué hay con el amor de tantos años? Sólo podía encontrar la respuesta en una persona: Fue en busca de Itzamarai.  

R. O.

Diario de un feministo - Octubre 23 - Un correo electrónico

Octubre 23
Un correo electrónico

Itzamarai llegó cerca de medianoche a su casa. Tenía preparada una coartada en caso de que su madre, como era costumbre cuando llegaba tarde, la hiciera subir a su habitación para darle explicaciones. No hubo necesidad. Abriéndose paso con cuidado, Itzamarai logró llegar a su habitación sin siquiera ser percibida por alguno de sus tres perros. Al llegar, se derrumbó sobre la cama boca arriba y dirigió la vista al techo. Tenía la mirada perdida, el estómago hecho jirones, una acidez asesina que le subía hasta el esófago y una respiración agitada que había logrado perlarle el rostro con un sudor frío. Un silencio poco común se apoderaba de la noche, los canes (muertos de frío) preferían quedarse juntos en un rincón, debajo de un mueble viejo, y los gatos de los vecinos, al parecer, no tenían la más pequeña intención de aparecer.

Recordó aquella novela de García Márquez en la que el autor equiparaba el cólera con el amor, pues sus síntomas cargaban casi las mismas consecuencias demoniacas de enfermar el cuerpo y el alma del paciente. Con esa imagen,  Itzamarai se reincorporó, se sentó al borde de la cama y se talló los ojos, ya bastante hinchados por el llanto. Estaba sola. La decisión, hermosa autónoma, se encontraba en sus manos y supo entonces que siempre debió de ser así. Las últimas semanas fueron agotadoras (física y emocionalmente), todo por haberse dejado arrastrar en las decisiones de su pareja. Si sabía algo, es que aquella situación debía parar.

Prendió la computadora y se dispuso a escribir un correo electrónico:

No tengo palabras para describirte el dolor que me ha causado tu partida. La reacción que tuviste fue digna de un patán que yo no conocía y que, honestamente, te agradezco hayas mostrado. Me da un poco de pena no haber tenido el tiempo de explicarte aquella promesa pendiente, pero me doy cuenta que incluso el esfuerzo por esclarecerte el escenario, hoy ya no tiene sentido.

Hace unas semanas me dirigí a tu trabajo. Dejé de entrar a algunas de mis clases para poder tener así un tiempo para nosotros, pues valoraba muchísimo tu empeño para que lo nuestro continuara aún con el dolor que te causaron las cosas que viste y te imaginaste. Esperé fuera, quería que cuando salieras tu gran sonrisa me recibiera con agrado, pero los minutos pasaron y supuse que era mejor ir a tu casa, esperarte y así salir, aunque sea en la noche, a caminar. Marqué tu número un par de veces y el que mandara inmediatamente a buzón me hizo creer que tal vez tu trabajo te absorbía a tal grado que preferías tenerlo apagado. Cuando llegué a tu casa tuve hambre, así que me dirigí a la fonda donde solemos (solíamos) comer y antes de llegar miré en contraesquina. Entonces te vi, la vi, los vi.

Reconozco tus gestos, tus movimientos, tus sonrisas cuando seduces a una mujer. Tu jefa Viridiana (si no me falla la memoria), sonreía encantada ante tus intenciones mientras comían plácidamente. Mis entrañas sugerían entrar al lugar, reclamarte por tus acciones, pero un dejo de duda me hizo esperar, pensar que tal vez “no era lo que yo creía”. Al salir, tus brazos se enredaron en su cintura y tus labios en los suyos lo clarificaron todo. El siguiente fin de semana, Vania tuvo la suerte de salir al mismo lugar de baile al que fuiste tú con ella. También vio los besos, las caricias, los movimientos de baile, de esa gran antesala erótica como la llamas tú.

Pensé en ti, en todo este tiempo, en aquello que durante más de dos años logramos construir y mantener como  algo casi perfecto. Pensé en tu dolor y en que era éste el que te había impulsado a iniciar una aventura. Pensé en que una vez aclarándote lo que viste, tú valorarías las cosas y que serías honesto conmigo. Me equivoqué. Tus evasivas fueron cada vez más frecuentes, tus métodos para ocultarlo todo cada vez más obvios y la lejanía de tu ser terminó por confirmarme que lo nuestro estaba llegando a su fin.

Después llegó el embarazo, intempestivo y como una forma en la que el destino se burlaba de nosotros. Es duro decirlo, pero sabía que podía esperarme una reacción tuya de ese tipo. Finalmente, la frustración es un elemento poderoso para hacernos decir estupideces tan ciertas como nuestro dolor.

Eres libre de irte, eso bien lo sabes. Lo que yo decida hacer con el embarazo es algo que sólo a mí me compete, pues como lo manifestaste ayer: “debí de haber cuidado mi vida”, mis metas y con quién tomaba riesgos. No, esto no significa que el bebé no sea tuyo, eres la única persona con la que podía pensar en estar.

Si aún te queda duda de la promesa, ya no es necesario que la sepas, pero aún así te lo digo, porque es una promesa y yo las cumplo. Hace cuatro años, una emboscada de porros me golpeó saliendo del colegio. Me dejaron tan malherida que mi vida jamás fue la misma. Viví con miedo, bajo persecución y señalamiento hasta que finalmente desistí en terminar mi educación en esa institución. Esa noche, Ángel, Nayeli y yo iríamos a una reunión colectiva de la radio en donde trabajábamos los tres. Misteriosamente ambos cancelaron y tuve que partir sola al destino. No llegué.

Pasaron los meses, repasé  cada detalle sucedido en mi cabeza, una de las últimas frases que escuché antes de caer inconsciente fue “y valora en quién confías”.  Supe entonces que alguno de mis amigos o ambos me habían entregado. Me alejé de todo y no quise saber de ellos. Con Nayeli la relación se volvió distante y gélida pero nunca perdí el contacto. Esperaba que un día ella pudiera decirme la verdad. Tenía esa corazonada.

No fue lo mismo con Ángel. Cuando él me reencontró por Facebook, las ganas de tener una respuesta volvieron con rabia infinita, no descansaría hasta saber cuál de los dos había planeado todo. Tuve que hacerle creer poco a poco que su intención de años se concretaba, que me había enamorado de él, que estaba dispuesta a amarle sin reproches. No me enorgullezco del método, pero ante la oportunidad de conseguir por fin la respuesta a mis dudas no pude (más bien no quise) evitar que todo siguiera andando.

Jamás dejé que me tocara, ni siquiera le entregue un beso; todo fue una estrategia para conseguir el fin. Confronté a ambos en separado y por fin supe que él fue quien, a cambio de su propio pellejo, me entregó a mis agresores.

No pude decirte todo en ese momento porque era algo complejo. Tanto, que temía cometer el más mínimo error, y con ello todo el esfuerzo se vendría abajo. Por eso los mensajes, por eso el misterio, por eso mi silencio. Era mi derecho saber qué había ocurrido y poder así tomar las decisiones correctas. Odiaba despertar por las noches, después de una larga pesadilla, en la que todo lo sucedido volvía con realismo siniestro a mi mente. Dudo que lo entiendas, pero quería que lo supieras.

Tienes otra vez tu vida. Inicia de nuevo, que nosotr@s haremos lo propio. Aunque es una lástima que no estés aquí para ser partícipe de lo que venga, es mejor así.  

Una vez, después del fallecimiento de mi padre, discutimos por una tontería, pero te dije algo que aún sostengo: no te necesito. Te amo y este sentimiento queda aún con el dolor de tus acciones, pero ha llegado la hora de asumir mi camino y posiblemente el de la persona que ambos engendramos.

Sé feliz.
Itzamarai.


Sintiéndose acartonada, Itzamarai envío el mensaje. Estaba sola y era hora de enfrentarse consigo misma. 

R. O.

martes, 22 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 22 - Destinosotros

Octubre 22

Destinosotros

“Podré culpar a todos los dioses y diosas, a la madre naturaleza y a las cadenas evolutivas; podré reprocharle a la vida y a las circunstancias; podré acusarte a ti, pero nada de lo anterior cambiara el destinosotros en el que ahora estamos.

Quisiera cambiar, por ejemplo, el que ya no me hables, el que deje de verte, que los besos se den sólo en la memoria, jamás de nuevo. Quisiera cambiarte de rostro, de cuerpo, de nombre; quitarte todos los momentos dichosos y trasladarlos a alguna otra parte, para alguna otra persona. Quisiera cambiarme, no ser lo que hago ahora ni lo que pienso enseguida, ser un desconocido para mí; perderme en la muchedumbre que cruza una avenida y cuando logre cruzar sea otro, otra.

Será mejor que no me engañe, aquí estás, aún sigues. Será mejor aceptar como son las cosas, buenas o malas pero son. Será mejor decirle a ella, pobre, que no habrá destinosotros, que no hay sueños, que no hay promesas pactadas. Adiós besos a escondidas, adiós tiempos en hoteles. Adiós amaneceres de borracheras en su casa. Adiós vida plena. ¿Por qué renunciarte? Quizás por el paternalismo que cargo desde siempre, quizás la cobardía de abandonarla, quizás mis ganas de dejar esto y hacer otra cosa, quizás el dolor, quizás la estupidez, quizás nada.

Es mejor así, vivir una vida sin vivirla, aparentar un gozo inexistente, disfrutar aburrimientos y tragarse corajes sonriendo. No hay destinosotros que se compare o tal vez todos se comparan, todos los destinosotros se forman igual: a desgana, pura mentira, hipocresía rentable, qué se le va hacer siempre. qué se le va a hacer del mundo.


Nada de forjarse destinosotros juntos, nada de bebés que aparecen por mandato divino, rato cachondo o lujuria violenta; nada de recién nacidos por la madre naturaleza, por oxidados ciclos de vida ni por apremiante paternalismo que no sirve; nada de una vida nueva y defender la vida aunque arruine dos porque es una vida y cómo de dejarla a la suerte, pero se dejan a la suerte siempre al destino y a la divinidad: ironía desmedida. Que venga o que muera, ya no importa, total, el destinosotros está trazado, lo trazamos o se trazó con cada paso. Qué más da, basta con no querer un destinosotros juntos, para tenerlo a costa de lo que sea”.       

R. O.

lunes, 21 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 21 - Destino

Octubre 21

Destino

Ella le dijo que no podía verlo mañana, quería ver a una amiga suya y sabía que sólo los días domingos podría encontrar un espacio para verla. Él no insistió, cumpliendo su última voluntad antes de terminar con la relación. Sí, se había inclinado por Viridiana. No encontraba ningún motivo suficiente para quedarse con Itzamarai. Prefería cortar por lo sano, como quien dice, y tenerla como un maravilloso recuerdo, una experiencia amorosa (pero experiencia al fin). Era su corazonada. Así, no habría por qué explicar promesas, no tendría por qué continuar una relación que perfilaba a convertirse en una monotonía triste y desencajada, como tantas otras. Además, estar con Viridiana le pintaba un mejor futuro, un futuro donde (imaginaba) ambos fundaban una editorial propia y después de mucho trabajo, mano a mano y codo a codo, disfrutarían de una vejez plena. Era momento de saltar del barco que se hundía y caer al mar con salvavidas, salvavidas que mucho antes ya traía puesto.

Se quedaron de ver al día siguiente. Encontró a Itzamarai preocupada, quizás haya intuido lo que quería decirle. “Es mejor así”, se repetía él a sí mismo cada que la duda lo asaltaba. Ella le dijo que también tenía algo qué contarle. De nueva cuenta le concedió a ella la palabra, no había por qué hacerla enojar desde un principio, “es mejor así”. Itzamarai lo tomó de las manos, se acercó más y le dijo: “estoy embarazada”.

-¿Qué?
-Que estoy embarazada.
-No, eso no puede ser.
-Pues es.
-¡Por qué no te cuidaste!
-¡Oye, esto es de ambos!
-¿Ambos? ¿No será mejor decir de quién sabe quién?
-¿Qué dices!
-Claro, por eso no quieres explicarme nada de tu pinche promesita ésa.
-Eso nada tiene que…
-¡Claro que tiene que ver! ¡Era tan obvio, por qué no me di cuenta?
-¿Sabes qué? Ayer no se equivocó Nayeli: ¡puras chingaderas contigo!
-Ah, ¿son chingaderas? Chingaderas son creerte santa y sólo eres una pu

Itzamarai lo abofeteó con una fuerza que descubrió hasta ese momento. Era la furia de saber que él no respondía como esperaba, que la creía otra cosa que nunca sería, una frustración de escucharlo como si estuviera hablando con Ángel y no con él. ¿Será que no lo conocía tan bien? ¿Era, al final de cuentas, igual que todos?


Él salió de la habitación del hotel, donde quedaron de verse, sin siquiera volver a mirarla ni tomar su chamarra que había dejado colgada en el perchero. Itzamarai, hecha trizas, se quedó llorando en la habitación hasta que su mamá le llamo por teléfono preocupada porque ya era tarde y aún no regresaba. Él caminó hacia su casa sin importar cuánto tardaría, si llegaría. Por fin había reunido el valor necesario para tomar una decisión y aceptar las consecuencias… menos ésta. Ya no pudo decirle: “ando con alguien más”. 

R. O.

domingo, 20 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 20 - Una menos

Octubre 20

Una menos

La noche anterior había sido larga. Iztamarai pasó al menos seis horas pegada a la computadora resolviendo pendientes de la escuela y del colectivo en el que se encontraba. Ambas tareas demandaban mucha de su energía y su atención, pero aún escribiendo sus  deberes, Itzamarai  no podía dejar de pensar en su relación, en la promesa que aún no podía cumplir, en la letanía en la que su compañero se había sumido desde aquel día en que, mirándola a los ojos con rabia gélida, le cuestionó su relación con Ángel.  Aquel asunto se complicaba aún más con el paso de los días. Nayeli, su amiga, respondía con evasivas cada vez que con sutileza Iztamarai le pedía un tiempo para tomar un café y ponerse al día. ¿Será que Ángel ya la había puesto sobre advertencia? ¿O sería más bien que ella por sí sola sentía que el momento de hacerle frente a la verdad se acercaba? Nayeli conocía a Iztamarai. Era necia, contundente y perspicaz, un descuido cualquiera haría que su amiga comenzara a desenterrar la historia que juró no volver a tocar.

Aún con su juramento, había algo de lo que Nayeli había sido siempre consciente: la verdad sale a flote por mucho que se le quiera sumergir en el olvido. En ese momento, el timbre del celular la sacó de su letargo. Era Itzamarai, quien en un mensaje le decía que tendría la tarde libre y que necesitaba urgentemente hablar con ella. Al parecer se había metido en un aprieto pues sus palabras delataban una ansiedad poco común en su amiga.

“Te puedo ver a las 4, a esa hora salgo de trabajar. Metro Hidalgo, donde siempre. ¿Todo bien?”

Recibió un seco “ok” y su preocupación aumentó. Dudaba grandemente que el asunto de la reunión versara en lo que estuvo pensando instantes antes. Aunque la distancia entre ella y su amiga había crecido con los años y con las circunstancias, Nayeli apreciaba mucho a Iztamarai y no podía dejarla a la deriva en momentos de necesidad.

Su jornada laboral transitó sin mayores noticias, a veces se preguntaba qué hubiera pasado si en vez de tomarle gusto al dinero hubiese seguido con la escuela, tal vez no tendría que soportar un trabajo monótono y mal pagado. Con un suspiro anhelante, Nayeli continuó acomodando la mercancía del OXXO en sus respectivos anaqueles. Esperando con todas sus fuerzas no tener que darle explicaciones a Itzamarai en unas horas.

Itzamarai apresuró el paso, sus compañeros la saludaban por los pasillos de la escuela; sin embargo, no se detuvo con ninguno, se limitó a brindarle una sonrisa con quien se cruzara en su camino y salió casi corriendo para alcanzar uno de los taxis colectivos que la llevaría al metro más cercano de la universidad. Sabía que la oportunidad de hablar con Nayeli no podía ser desperdiciada; después de todo, haber logrado ese tiempo había costado muchos descolones de parte de su amiga y una fúrica espera  que le había carcomido por días el seso.

Cuarenta minutos después, llegó con el corazón desbocado entre la prisa y la tensión de lo que ocurriría a continuación. Nayeli ya se encontraba en  el lugar acordado y al ver a Itzamarai sintió una vorágine violenta que no supo disimular más que con una sonrisa cansada y un abrazo escueto de bienvenida. Caminaron hacia la salida mientras Nayeli le observaba con detenimiento.

–Estás bien pinche ojerosa. Esa carrera va a acabar contigo –le dijo.
–-No es tan malo cuando le encuentras el gusto –respondió.

Itzamarai estaba distinta, había algo en su mirada que cambió,  una luz que ni el cansancio lograba consumir, se percató que su amiga tenía algunos kilos menos de peso y su presencia era más fuerte, más segura. Mientras recorrían la Alameda Central se hicieron preguntas varias para recuperar los meses perdidos, que si la escuela, que si el trabajo, que si los amigos, todo parecía ir recortando la brecha entre ambas y destensando el ambiente. Llegaron a una banca debajo de un árbol e Itzamarai hizo una pausa en la conversación para sentarse.

–¿Ya me vas a decir qué te pasa? –preguntó Nayeli.
–Tengo un problema enorme, no sabía a  quién acudir… Necesito que me acompañes a un lugar.
–¿Ahorita? ¿Pues qué pasa? –volvió a preguntar, ahora un poco asustada.
–Creo que estoy embarazada, Nayeli.

El silencio cayó entre ambas. Con lágrimas en los ojos, Itzamarai miró a Nayeli en espera de un consuelo, pero Nayeli no sabía por dónde empezar, por lo que terminó haciendo lo mismo, seguir preguntando:

–¿Estás segura?
–No, por eso necesito que me acompañes a comprar una prueba rápida y a hacérmela ya. Me he sentido con síntomas raros estos días. Tengo náuseas en la mañana sin haber comido nada, no tolero algunos olores de comida y estoy cansada todo el tiempo. Además tengo un retraso de días, pero yo soy muy exacta. Es muy seguro que lo esté.
–Esas madres luego no salen bien, no hay nada mejor que acudir con un médico. Yo tengo una amiga que…
–No –Itzamarai la interrumpió–, necesito hacerlo hoy, tengo que tener al menos una respuesta.
–Y tu güey, ¿ya lo sabe?
–No, no pienso decírselo hasta que esté segura, además, las cosas con él no están nada bien. Tengo miedo de que si le digo, todo se vaya a la mierda en un segundo.
–Pero, ¿y luego? ¿Crees que no se haga responsable?
–No es eso… es que… tengo que explicarte muchas cosas.

Caminaron hacia el Eje Lázaro Cárdenas, en silencio, pero con los brazos entrelazados, como cuando entradas en los diez y tantos paseaban por los pasillos del bachillerato, platicando de casi cualquier cosa y riendo a carcajadas.

–¿A dónde iremos? –volvió a cuestionar Nayeli.
–Pensé en ir a Tlate, ahí hay una farmacia y unos baños muy cerca.

Llegaron en metro a su destino. Itzamarai iba callada, distante y con los ojos llorosos. Nayeli no acertaba cómo consolar a su amiga (no sabía si lo que quería era consuelo), lo único que logró hacer fue sobar la espalda de su otrora mejor amiga y abrazarla mientras le decía que todo estaría bien. Mientras compraban la prueba se tomaron fuertemente de los brazos y se dirigieron al baño para que Itzamarai, pudiera por fin salir de dudas.

Nayeli se quedó afuera, pensaba qué es lo que ella haría si estuviera en la misma situación. Definitivamente no se veía con un hijo, no en ese momento y no con la pareja con la que estaba. No porque fuera su novio fuese malo, sino porque ella creía en que si iba a tener familia tenía que estar segura con quién hacerla. ¿Qué chingados le había pasado a su amiga? Después de todo, Itza no era tonta, sabía que si le daba vuelo a la hilacha tenía que a cuidarse. ¿Habría fallado el método? Es más: ¿se cuido?

Itzamarai salió temblorosa con la prueba en la mano.

–¿Ya está? ¿Qué pasó?
–Faltan unos minutos para se pueda ver.  Dos minutos según dice la caja.
–Tranquila. Mejor cuéntame qué fue lo que pasó ¿no te cuidaste?
–Fue un descuido, te dije que tenía que explicarte muchas cosas –dijo Itzamarai mientras salían del baño.
–Pues ya dímelas. Me parece increíble que siendo como eres te pasen estas cosas.

Itzamarai tomó asiento en una jardinera que encontraron cerca del baño y con un suspiro miró duramente a Nayeli y le soltó de pronto lo que había esperado por mucho tiempo:

–Vi a Ángel hace quince días. Estuvimos hablando…
–No me vengas con chingaderas, Itza, eso no es discusión ahorita –dijo Nayeli esquivando la mirada de Itzamarai, queriéndose levantar del lugar.
–Déjame hablar –la serenó Itzamarai–. La charla no resultó como hubiera esperado. Fuimos a un bar del centro, hablamos por horas y terminamos encamados en un hotel de mala muerte de la zona. Días después tuve sexo con mi novio. En ambos casos no me cuidé y en todo caso si esa madre –señaló la prueba de embarazo– sale positiva el gran pedo es que no sé quién es el que me embarazó.

Nayeli tenía los ojos muy abiertos, no podía creer lo que estaba escuchando, Itzamarai no se caracterizaba por ser una santa, pero no la creía capaz de semejante descaro. En ese momento, Itzamarai tomó la prueba de embarazo, que estaba boca abajo, y la volteó para ver el resultado. Dos líneas azules y perfectamente definidas aparecieron en el recuadro del resultado. Ambas callaron por un segundo y de inmediato Itzamarai soltó un gemido lloroso derrumbándose sobre el hombro de Nayeli quien atinó sólo a abrazarla y llorar con ella.

–Nayeli, necesito que me digas la verdad: ¿qué fue lo que pasó esa noche en la que me golpearon?

Itzamarai tenía los ojos enrojecidos y la cara desencajada por la desesperación, miraba a Nayeli como si en ella encontrara la salida a su dolor.

–Itza, ahorita no es momento, tienes que tranquilizarte…
–¡No me mientas más! –irrumpió Itzamarai– ¡Lo sé todo! Ángel me dijo cómo  tú y tu estúpido novio planearon todo! ¿Cómo pudiste? Yo confiaba en ti, Nayeli. Eras mi mejor amiga y me traicionaste. ¿Pensabas en mí cuando sabías que me estaban golpeando? ¿Sabes el infierno que fue estar en el hospital y tener que ver cómo mi madre se partía de dolor cuando supo todo? ¡Dilo de una buena vez!

Nayeli frunció el ceño y se levantó como una ráfaga. Su rostro estaba enrojecido, crispado y desencajado. No podía creer lo que escuchaba. No podía creer que en medio del fuego cruzado entre Ángel e Itzamarai ella estuviera en tierra de nadie siendo culpada de todo aquello de lo que creyó ocultar por tanto años.

–¡Cómo se te ocurre creerle a ese hijo de puta?, ¡te encamaste con tu verdugo! Yo esa noche me fui con mi novio de la escuela porque tuvo un problema, pero quien te entregó como carne de cañón fue tu querido Ángel. Él lo planeo todo, fue él quien a cambio de su pellejo dejó que te hicieran mierda. Cuando yo supe lo que te pasó inmediatamente lo encaré y él no pudo con la culpa, me lo contó todo ¡Todo Itzamarai! No tengo que recordarte que yo estaba metida en un aprieto, si yo te decía quién había sido iba a ser a mí a quien hicieran añicos, lo sabes ¡debiste de haberlo sabido!

Los gritos de ambas mujeres atrajeron la atención de la gente que transitaba por la jardinera. Sabiéndose vistas por muchas miradas, todas incómodas, ambas tomaron sus cosas y caminaron hacia el ágora casi sin darse cuenta, siempre en silencio. Al llegar se sentaron frente a frente.

–¿Por qué, Nayeli? Todos estos años me hice trizas pensando lo peor de ambos.
–Era asunto muerto, juré no decírtelo nunca.
–¿Aunque supieras que yo desconfiaba de ti?
–No me chingues, ¿querías que se repitiera tu historia conmigo? Itza, yo estaba atada de manos, además, él siempre dijo que estaba muy arrepentido. Mira nada más cómo, me embarró en su pendejada.
–Lo siento. Pero todo fue raro y todo apuntaba a ti o a él.
–Y sin embargo le creíste a él.
–No del todo, por eso te busqué tanto tiempo, por eso quería que tú me dijeras qué es lo que había pasado después de todo.
–Y ahora tienes un chamaco en la panza que podría ser de él.´

Itzamarai la miró a los ojos con la claridad de quien abre el corazón entero.

–Es mentira. Del único del que puedo estar embarazada es de mi novio. Siento mucho haberte mentido, siento mucho que las cosas tuvieran que ser así, pero necesitaba la verdad, mucho más ahora con esto. No podía tomar una decisión con la cabeza abrumada por  lo que pasó. Gracias por decir la verdad, amiga, de verdad gracias.
–Si serás cabrona –dijo Nayeli, ya con una carga menos en la espalda–. Ya decía yo que lo suyo no era posible. Jamás le habrías hecho caso. No me vuelvas a hacer una chingadera de éstas Itza.
–Mientras tú me prometas que nunca más volverás a ocultarme nada tan trascendente, yo no lo vuelvo a hacer –dijo Itzamarai con una sonrisa.
–¿Qué vas a hacer ahora con lo que traes ya en la panza?
–No lo sé –un veto de duda apareció en la mirada de Itzamarai–, ya te mantendré al tanto. Necesito hablar con mi novio, esto nos complica todo el panorama. Aún más.


Juntas regresaron rumbo a la estación del metro Tlatelolco. Con la promesa de encontrarse pronto, de ya no distanciarse por prolongado tiempo, ambas tomaron rumbos contrarios. Después de lo que pasó, Itzamarai se sentía fuerte y con la cabeza fría, tendría que dar el golpe final con Ángel, pero de eso ya tendría tiempo después. Ahora sus pensamientos navegaban en cómo iba a darle la noticia a su novio. Recostó su cabeza en la pared del vagón del metro y cerró los ojos por unos minutos, algo crecía en su vientre, mejor dicho, alguien crecía y la duda que aparecía en la duermevela era ¿qué destino tendría aquella nueva vida?

R. O.

sábado, 19 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 19 - Decidir

Octubre 19

Decidir


Habiendo pasado una semana desde la pérdida de su abuela, a quien siempre considerará como su segunda madre, él sabe que llegó el momento de tomar una decisión. Toda la semana fue gris, sin querer platicar con nadie al respecto, faltó el día lunes a su trabajo para asistir al entierro y se entristeció aún más porque, cuando llegó al panteón, ya habían enterrado el cuerpo. Ni siquiera pudo despedirse por última vez. Al mirar la lápida, la cruz negra, fría, metálica; le promete a su abuela, le promete al mundo, dejarse de convencer por ideas ególatras y actuar a sabiendas de las consecuencias. Primero fue su madre, después su abuela, aún conserva a sus hermanas y tiene ya una sobrina pequeña; todas ellas (salvo la madre, quizás) ha tenido el inconveniente de no encontrar al hombre adecuado. ¿Por qué aparece en la mente de él querer ser un hombre adecuado? ¿Para darle gusto a quién? ¿Saldará así una deuda que él mismo se somete a pagar? No lo sabe, pero la idea de hacer algo lo reconforta.

Él está por decidirse, al fin, entre continuar con Itzamarai o abandonarla a su suerte y construir la propia bajo el cobijo de Viridiana; o bien, decirle a ésta que aquella aventura había terminado, que no podía seguir siendo y así entregarse por completo a Itzamarai. Todo este tiempo justificó sus acciones creyendo que eran parte de una crisis, una duda que tarde o temprano aclararía, pero ese “tarde o temprano” se fue haciendo más y más largo. A estas alturas sabe que Itzamarai sospecha algo y él, que se consideraba el rey de los mares, rompeolas de amores, se encuentra a la deriva, con la necesidad de soltar alguna de las anclas que le permitan quedarse en un punto. Sin embargo, ninguna lo convencía del todo, quería tomar la mejor decisión y en su mente hacía ensayos sobre los posibles futuros que tendría con una o con otra, ya no con ambas. Por un momento pensará que debe de quedarse con Itzamarai, que la mejor prueba de amor es la que han construido, no importando los problemas en los que se han encontrado sino el valor y amor que tuvieron para confrontarlo. Otro momento pensará que será Viridiana, que ella llegó a su vida por un motivo, un motivo que se fue perfeccionando para dar el paso decisivo, intentar algo de nuevo, desde cero, porque lo anterior ya no servía.

Todo el día estuvo sopesando aquella decisión. Ante sí había una balanza donde en cada uno de los extremos se encontraba una de ellas, intentando pesar más que la otra, darle más valor por su historia, su olor, su sonrisa, su amor, su todo. Dicen que cuando uno se encuentra en un dilema parecido, donde no se sabe por cuál de los dos caminos se debe de transitar, se debe de escuchar al corazón; una corazonada, como quien dice, que no es más que la intuición, un don que tenemos poco desarrollado. Así, si se toma con el corazón, uno se dará cuenta inmediatamente de que fue la decisión correcta, pues aparece ante nosotros una levedad que quita todo el peso, toda la responsabilidad. Una vez decidido, ya no se puede echar para atrás, queda seguir caminando. Entonces y finalmente, dueño de sí mismo, de esa corazonada, decide llamarla por teléfono, y cuando ella le contesta al tercer tono del timbre telefónico, dice:


– Hola, Itza. Bien, gracias cielo. Oye: ¿podemos vernos mañana?

R. O.

domingo, 13 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 13 - Pérdida

Octubre 13

Pérdida


La noticia nos tomó por sorpresa a toda la familia. Papá se encargó de decirme: acaba de fallecer tu abuelita. No daba crédito a ninguna de las palabras de mi padre. Sé que todos morimos, que no hay nadie que se haya librado de aquel destino; sé que mi abuela ya estaba entrada en años, sé que tenía que pasar, pero ella gozaba de buena salud, había dejado muchos años antes su vida estresante y disfrutaba plenamente del dinero de su jubilación; tenía su casa, y en ésta la acompañaba una tía con su familia; en pocas palabras, no había nada, salvo la muerte natural, que la desapareciera del mundo. Simplemente ya no estaba.

Llamé a Itzamarai para darle la noticia. Me alcanzaría más tarde para acompañarme a mí y al resto de la familia al funeral. ¿Cómo debe de prepararse uno para las despedidas? No quería saber. Mientras acompañé a mi papá a comprar una corona de flores para llevarla, platicamos sobre cómo se sentía. No era fácil perder a una madre: yo ya lo había vivido. Por un momento pensé que su pelo, entrecano, se hizo más blanco; un abrupto golpe del tiempo, quizás. Horas más tarde llegaron a la casa Mariana, Silvia y su hija. ¿Cómo explicarle a una niña de apenas un par de años lo que significa la muerte? Una vez que jugué con ella, para que dejara de hacerle cosquillas, me dijo “ya me morí”: ¿piensa que morir es algo como el sueño, del que se puede despertar a voluntad? Ojalá fuese así de sencillo.

Hasta el momento en que Itzamarai llegó a la casa, media hora después que mis hermanas, me percaté de algo en lo que no había reparado: la llame a ella y no a Viridiana. Cualquiera me hubiera acompañado, a Viridiana la podía presentar como mi novia y a Itzamarai como una amiga, la familia no estaba enterada de mis asuntos emocionales, dudo que les interesara. Pero ahí estaba ella, dándome el pésame, el más cálido de los abrazos; como si las circunstancias nos estuvieran dando una pausa, un momento donde no importaba los problemas que tuviésemos. Más allá de los conflictos estaba la empatía del duelo con el otro.


Llegamos casi al anochecer. De inmediato papá se fue al ataúd donde yacía su madre. Nadie quiso detenerlo, nada lo hubiese detenido. Saludamos a los tíos, primos y demás familiares. Es lamentable, pero en esas ocasiones uno se reúne con toda la familia; a veces quisiera estar en una familia que se frecuenta más seguido y no en velorios, de esas que se reúnen una vez al mes para comer o algo así. Pero no lo tenía, y con la muerte de la abuela aquel sueño mío parecía menos probable. Después del rosario, me senté con Itzamarai a mi lado en una de las esquinas de la casa, con café en mano. De nueva cuenta, como leyendo mis pensamientos, ella sabía que no tenía que decir nada, bastaba su presencia, su mano entrelazada con la mía, para comunicarnos el más fugaz de los pensamientos. Sí, sé lo que diría mi abuela si supiera la vida donjuanezca en la que andaba metido. Ya me hubiera dado una reprimenda, de aquellas que nunca se olvidan. En mi país: si a las madres se les tiene respeto, a las abuelas se les tiene obediencia. Miré a Itzamarai y me di cuenta, entonces, por qué seguía con ella y no la había dejado para andar con Viridiana; lo nuestro era un vínculo que va más allá del simple noviazgo. Por primera vez me sentí tonto y culpable. Dicen que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer, y creía en esas palabras porque eso era mi padre y mi abuela. La mía, si llegara a ser un gran hombre, tenía entrelazada su mano con la mía. 

R. O.

sábado, 12 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 12 - Pedir imposibles

Octubre 12

Pedir imposibles


Desperté con una sensación poco agradable. Pensé que se trataba de la cruda, propiciada por la borrachera, pero no me sentía mal en ese sentido: no tenía la boca reseca o un dolor de cabeza insoportable. Faltaba un par de horas para entregar la habitación del hotel y Viridiana se encontraba en el baño (poco tiempo después escuché el sonido de la regadera). ¿Era una cruda moral? Si lo era, me parecía hipócrita aquella sensación: ¿para qué tenerla ahora si ya había sucedido lo que tenía que suceder? De forma inevitable me vino a la mente cómo le estaría yendo a Itzamarai.

En un mundo donde se dice que todo tiene un precio, me preguntaba cuál era el precio que debía de pagar por la situación en la que me encontraba. ¿Había que pagar algo? Comenzaba a ser insufrible, cambiante. Días antes me sentía el rey de los mares por saber navegar los mares más embravecidos, los mares del amor; ahora me sentía con miedo al agua. Un niño que no sabe lo que quiere, que debe elegir entre dos dulces porque no se puede quedar con los dos. ¡Qué situación tan más absurda comparar a aquellas dos mujeres con dulces! Seguía indeciso y si hay algo que puedo detestar en una persona es su indecisión. Me convertí en lo que más detestaba: no en un mujeriego, sino en un indeciso. ¿Por qué no podía ser como en un principio? Un principio donde estaba feliz por andar con Itzamarai, donde no había secretos ni infidelidades ni promesas futuras de explicación. Al salir del hotel me despedí de Viridiana, no tenía ganas de estar con nadie más ese día. Ella lo tomó a mal, y en parte tenía razón, no podía desecharla así porque sí. Algo me decía que sabía con certeza lo que me pasaba, que tenía novia, que le estaba siendo infiel con ella, y toda la sarta de mentiras que me inventé. Pero aún, si sabía lo que estaba haciendo: ¿por qué seguía conmigo?

Vagando por el centro de la ciudad me pregunté si Itzamarai sabía algo. Mi ego me decía que ella no sabía nada, que no sospechaba de nada, que tenía una vida muy ajetreada como para ponerse a pensar si la engañaba; seguía teniendo las mismas atenciones con ella y mi amor no había cambiado por los problemas que tuvimos. También recordé lo que pensé ayer, pedía imposibles o más bien no sabía qué pedir… ¿necesitaba pedir algo? Tal vez que todo aquel vórtice de emociones se detuviera. Esa confusión inusitada de amo a Itzamarai pero me es infiel pero sigo estando con ella pero me cojo a Viridiana pero ella se está hartando pero no me lo dice pero tampoco le explico pero no sé cómo decirle que ando con Itzamarai…


Tropecé con un niño, o más bien ambos tropezamos con el otro. Él estaba jugando y se dio la vuelta muy rápido sin avistar quién pasaba alrededor, yo estaba tan frustrado por la situación, tan sin saber qué hacer que no me percaté ni por dónde caminaba. Yo me llamo Santiago, dijo, y me llevé ese globo de ahí (me señaló un local). Después salió disparado, con una sonrisa enmarcada por sus ojos. Parecía haber hecho la travesura del siglo, algo tan inocente como robar un globo. Me reí, estaba ensimismado en mi persona; por primera vez no quería ser yo. Ser otro, quizás, un niño cuya mayor travesura hasta ahora era robar un globo. 

R. O.

viernes, 11 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 11 - Amor dividido

Octubre 11
Amor dividido

Viridiana me llamó por la mañana, quería que saliéramos a bailar. Aproveché que Itzamarai tenía todo el día ocupado (exámenes por la mañana, reunión de su colectivo por la tarde, recursamiento de materias en la noche) y que al día siguiente debía de cubrir una brigada en su práctica, por lo que al salir de la escuela se iría con Vania a la casa de ésta para avanzar con sus pendientes escolares. Hice ejercicio por la mañana, fui rumbo al trabajo (en el metro) y mataba el tiempo del recorrido leyendo La casa pierde de Juan Villoro (habiendo terminado la saga de Harry Potter, me quedó esa bendita ansia lectora de devorar libros).

Viridiana y yo no coincidimos durante el trabajo. Me dediqué a corregir una entrega sobre la figura de Álvaro Obregón (un especial de la revista de historia a la que habíamos asistido Viridiana y yo el día de la presentación). El tiempo restante, hasta que saliera ella de trabajar, lo dediqué a continuar con el libro de cuentos de Carlos Fuentes que me habían encargado para los primeros días de diciembre. El oleaje del mar en el que navegaba estaba tranquilo, había logrado mantener la situación, el simulacro sentimental, a flote entre Viridiana e Itzamarai. Eso sí, tampoco podía confiarme, tenía que ser riguroso en mi método (contestarle a Viridiana cuando no estuviera Itzamarai y viceversa, por ejemplo). Hace mucho que no salía a bailar y, en una ocasión en el departamento de Viridiana, bailamos una pieza de salsa y me quedé intrigado porque ella bailaba, a mi gusto, mucho mejor que Itzamarai y eso, por mucho que intentarla negarlo, me excitaba: para mí el baile, en especial la salsa, es la antesala erótica del sexo.


Llegamos en el coche de ella a un salón de baile por el centro histórico. Para evitar una llamada inoportuna de Itzamarai, decidí apagar el celular (podía argumentar que me quedé sin batería). Pedimos un par de cervezas y de inmediato salimos a la pista de baile, como si ambos necesitáramos descubrir al otro en esa forma, con esos pasos. No creía lo bien que ella y yo nos acoplábamos en la pista. Itzamarai, aunque bailaba, sus movimientos eran toscos; pero con Viridiana era distinto, ella movía sus caderas al ritmo de la música y parecía anticipar cada una de mis órdenes, cada una de las vueltas. Entre los tragos y la música se nos fue la noche; decidimos quedarnos en un hotel (corríamos el peligro de encontrarnos en el camino con un alcoholímetro) donde pudiéramos aparcar el coche. Ya instalados, salimos a buscar un minisúper para comprar dos six de cervezas y así continuar con la monumental peda que nos estábamos poniendo. En ese estado, Viridiana tomó la iniciativa, algo que me encantaba; sin embargo, ya en el acto, me di cuenta que había algo inexplicable que no terminaba de gustarme del todo. No era culpa, estaba seguro, pero al parecer el deseo se había acabado; si había algo que me condujo a estar con Viridiana era el deseo de poder serle infiel a Itzamarai como ella lo era conmigo. Era irónico: me placía bailar con Viridiana, pero no me gustaba cómo hacía el amor; e Itzamarai no bailaba bien, pero me encantaba hacer el amor con ella. ¿Por qué no se podía tenerlo ambas cosas, baile y sexo, en una sola? Así no habría necesidad de andar con ambas. Podía estar feliz con una, la que conjuntara ambas cosas, poco importaba lo demás.       

R. O.  

martes, 8 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 8 - Abandonostalgia

Octubre 8
Abandonostalgia

“Nadie leerá nunca estas palabras que por fin, después de un cuarto de siglo, te escribo. Nadie sospechará que reclamo a diario tu ausencia, que espero todas las tardes de todos los días a que la puerta se abra en punto de las seis de la tarde y aparezcas ahí, sonriendo. Tu abandonostalgia se introdujo por todos los poros de mi piel, y por si no bastara, entró hasta mis sueños, que a la fecha sólo son un par, sin ningún indicio que me diga que habrá más.

En el primero había una discusión en casa, algo que se salió de las manos. Yo estaba en mi cuarto y al escuchar tal alboroto bajé para intentar resolver la situación. Entonces estabas ahí, sentada en una de las sillas del largo comedor de madera, con la sonrisa de siempre, como si no sintieras remordimiento alguno por tal abandonostalgia en que me dejaste, segura de que con tu impoluta presencia se desvanecerían los conflictos y se mermarían los disgustos. Me volví hacia ti y no podía creerlo; más bien, lo creía, fue tan real que cuando desperté descendí rumbo a la sala con la esperanza de encontrarte ahí, pero no estabas. En el sueño te señalé, enfadado, diciéndote que no podías estar ahí, que no podías ser tú; tu calma me exasperó, es la única calma de todas las posibles que ha logrado desesperarme en todos estos años. Esa colmada tranquilidad con que solucionabas todo, incluso la muerte, siempre me resultó insondable; aquel nulo rastro de preocupación, si acaso reconocible por tus gestos, nunca lograré traducirlo en palabras. Hoy soy tú: la misma calma voraz, los mismos ojos tocados por la gracia, la misma sonrisa de hoyuelos, como esperando que al repetir tus formas logren consolarme de tu abandonostalgia.

El segundo fue más tangible que el primero, más atemporal. Tu abandonostalgia me condujo a la necesidad de creerte viva aún. Como si se tratara de la trama de una película, vuelta de tuerca digna del realismo mágico, mi familia descubrió que no estabas muerta, que había sido un error médico-forense, que te encontrabas aún con vida pero debíamos de sacarte de inmediato del ataúd. Y eso hicimos. Saliste con un semblante demacrado, apoyada de mis hermanas, pero sonriendo, siempre sonriendo. Días después te encontrabas bien, la vida en familia se recomponía. Todo marchaba de maravilla y una noche, como las primeras de mi infancia, me recosté a tu lado y sentí tu cálida presencia angelical, tu personalidad desprovista de temores, de preocupaciones, de muerte. Allí me quedé, a tu lado, sabiendo que todo estaría bien, durmiendo en el sueño; despertar y darme cuenta de la necesidad de seguirte soñando. 


Nadie entenderá nunca por qué te escribo hasta ahora, por qué sin escribir tu nombre, por qué mi temor de pronunciarlo. Quizás, tu abandonostalgia es la manera de seguir estando sin estar, de seguir aconsejando sin aconsejar, de seguir cuidando sin cuidar, de permanecer maternal, de continuar sonriendo sin boca sin labios sin dientes; una metamorfosis digna de todas las literaturas, convertida en navecita blanca, Silvezca, delgada, jamás nerviosa. Así serán todos mis ocho de octubre de todos los años que resten: llorándote ya sin llorar, esperándote ya sin esperar, recordándote ya sin recordar, soñándote ya sin soñar; amándote ya sin tu abandonostalgia”.

R. O.

lunes, 7 de octubre de 2013

Diario de un feministo - Octubre 7 - Terminar de una vez

Octubre 7
Terminar de una vez

Aproveché que no vería a Itzamarai hasta el miércoles para continuar con mis planes. El día anterior, ya en casa y recostado en la cama, me preguntaba sobre lo que estaba sucediendo con mi vida en lo sentimental. Tenía que llegar a un puerto seguro, orientarme y tomar curso fijo en medio del naufragio de mis amoríos. No era sencillo, aquella situación jamás la hubiese imaginado antes; víctima de una baja autoestima, nunca pensé tener la posibilidad de andar con dos mujeres al mismo tiempo, y sobretodo exhumar mis más profundas pasiones, que consideré perpetuamente enterradas, para revivirlas con el elixir de cada par de piernas que se abrían a mi antojo, con sólo decirlo. Aquella misma parte que había desenterrado, el otro yo frente al espejo, quería mantener la situación tal como estaba; no era necesario decir nada, mantener el teatro guiñol donde yo movía los hilos de las dos muñecas que satisfacían cada uno de mis gustos, sintiéndome completo y merecedor de la situación. No es malo lo que hago, pensé, mientras ellas estuvieran contentas y yo no levantara la más mínima de las sospechas podría mantenerme en ese oleaje emotivo. Tanto Itzamarai como Viridiana se mantenían distantes sin que hiciera nada, pues una con la escuela y la otra con su trabajo no tenían tiempo para preguntarse qué con mis repentinos cambios de planes, de actitudes e incluso de fantasías sexuales. Ambas eran muy atractivas y cada una tenía cosas que la otra no. Recordé lo que alguna vez me dijo mi amigo Luis: “El concepto de amor que cada uno tiene es similar a un numero. Supongamos que para ti el amor es un 16, pero tu pareja nunca llegará a ese número –de hecho, ninguna persona será el número que buscas– será cuando mucho un 10; de ahí que busques completar el número, ese 6 restante que bien puedes encontrar en una amante”. Por primera vez en la vida había complementado ese número: ¿qué necesidad había de restarlo yo mismo? ¿No lo merecía? ¿Qué hay de los que tienen toda una vida bajo la misma forma? ¿Por qué ellos sí y yo no? Era el rey de los mares, nada podía salir mal.


Continúe dándole largas al asunto porque la otra parte de mí decía que estaba equivocado, que tarde o temprano saldría a la luz mi situación y me quedaría como “el perro de las dos tortas”. Esa parte de mí me reprochaba que hiciera lo mismo que le hacían a mis hermanas, que era hipócrita decirles que me iba muy bien con Itzamarai cuando tenía a Viridiana, quien me tendía más que sus brazos para cuando no estuviera mi novia. Mis hermanas eran nobles de corazón, eso me constaba, y sus parejas eran indeseables. El primero con un juego infantil de andar y no andar (pero culeándose a alguien más) y el otro que había dejado a su suerte a su hija en manos de una madre con la que nunca supo entablar algún acuerdo. Ellas se lo buscaron, me dijo mi otro yo, pero: ¿realmente se lo habían buscado? Qué tal si ellas, como Itzamarai, depositaron todo su amor y confianza en la persona esperando ser correspondidas de igual forma. Entonces no conocían a su pareja: ¿Itzamarai me conocía? o más bien ¿qué conocía Itzamarai de mí? De algo estaba seguro, mis hermanas nunca hubieran engañado a sus parejas, pero mi novia no me había demostrado la misma fidelidad que ellas, no desde que descubrí sus mensajes de celular con Miguel o ese extraño episodio con Ángel que prometió explicarme y hasta el momento no lo ha hecho. Sí, aquello era colocar el dedo en la llaga, esa tenue pero abismal diferencia colocaba a mis hermanas y mi novia en polos opuestos. Yo no había empezado, fue ella, y yo continuaría haciendo lo que hacía hasta que ella dejara de engañarme y me explicara de una vez por todas sus falsedades, sus simulaciones de novia fiel y amorosa. Llegado a esa conclusión, ganando una parte de mí por sobre la otra, regresé a mi trabajo habitual; le envié un mensaje a Viridiana para decirle que la alcanzaba por la tarde en su departamento. Podía jugarme el pellejo, total: si terminaba con Itzamarai ahí estaba Viridiana, pero si ya no le veía caso a continuar con mi novia: ¿por qué no había terminado con ella de una buena vez?

R. O.